septiembre 29, 2014

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¿Para qué sirve escribir sobre cine?

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El cine es demasiado poderoso para dejarlo pasar así no más. Nos afecta tanto que insistimos en defendernos de él y retenerlo con palabras al mismo tiempo.

 

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Eisenstein, S. El sentido del cine, Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1974.

 

¿Para qué sirve escribir sobre cine? Una pregunta quisquillosa, tendenciosa y, por qué no decirlo, hasta presumida. Es como llover sobre mojado, embadurnar lo cremoso y redundar sobre lo obvio ¿no? Al menos eso me enseñaron en la universidad, cuando una película es buena debe hacerse entender por sí sola. No puede estar el director en todas las funciones tratando de explicarla, ni mucho menos se le otorga un libreto al público para seguir su argumento, como sucede en la ópera. Así como una buena persona se reconoce por las promesas que es capaz de cumplir, un filme se define por las historias que nos hace creer. Entonces ¿por qué se escribe tanto sobre cine? y lo peor, ¿por qué llevo dos años en esto sin más motivos que el de hacer que el lector lea sobre lo que ya ha visto o quisiera ver?

 

A sabiendas de que este será mi último texto al respecto en un buen tiempo, me he propuesto tratar de resolver esta duda, un poco pendenciera eso sí, pero ¿qué más da? Al fin y al cabo, si el lector llegó hasta aquí también debe estar buscando una respuesta satisfactoria y por ello le ofrezco eso: mi acorralado intento de darle una respuesta, una entre muchas. El caso es que me voy a esforzar por dejarle una idea que pueda llevar en su conciencia la próxima vez que esté sentado en una sala, en el sillón de su casa, en un avión o donde sea que se encuentre ante la obra de un director al cual tal vez nunca llegue a conocer, pero que aun así ofreció mostrarle su mundo a través de imágenes, sonidos y palabras.

 

Cuando de arte se trata, no faltan los cerebros que tratan de diseccionarlo todo hasta su mínima expresión. Es el sine qua non de la cultura, el acto obligado de reducir la subjetividad del artista a un mensaje supuestamente comprensible para todos, pero por lo mismo un poco domesticado. Un mensaje por sí mismo con tal potencial de transformar los pensamientos de otros que debe ser contenido, controlado y comprendido. Es una batalla mítica entre lo dionisiaco de la creación y lo apolíneo de la comunicación, una coexistencia, un diálogo, una repulsión, una mímesis o el simple paralelismo de una que necesita de la otra para realizarse a sí misma. El cine no podía ser la excepción, y ante su impresionante capacidad de materializar lo inimaginable, resulta imprescindible traducirlo a todas las expresiones posibles, enfrentarlo con todo lo que se tenga al alcance para evitar que se apodere de la humanidad… ¿Le suena exagerado? Si es así, lo invito a cerrar los ojos y pensar en el más placentero de sus sueños. Ahora, abra los ojos ¿Acaso lo que proyectó en su cabeza no resulta muy similar a estar dentro de una película?

 

En aquellos tiempos en que la literatura gobernaba la imaginación, la simple idea de dos personas imaginando lo mismo resultaba absurda; era como observar nubes en el cielo y mientras uno veía un caballo el otro veía un tenedor. Así de sencillos e intangibles resultaban los sueños de los demás, una reconstrucción simbólica de sus vivencias, de sus cosas, de su memoria. En cambio ahora, si esas personas se miraran a los ojos y quisieran darse un beso perfecto, ya todos tendríamos una idea muy similar de cómo debería ser, con el atardecer justo atravesando sus bocas o con la lluvia citadina mojando su ropa; y si se puede, por favor que sea en cámara lenta, con una canción melódica de fondo y que después salgan los créditos, para no enterarnos de los prosaicos detalles que envuelven estas escenas.

 
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Un ejemplo como el anterior es apenas el lugar común más común de un espectador promedio, y aun con eso, resulta bastante embarazoso darse cuenta de lo poco preparada que está nuestra imaginación para enfrentar lo explícitamente visual del cine. Yo mismo he besado a alguien bajo tales circunstancias y cuando hay sol pica un poco, bajo la lluvia hace bastante frío, mi banda sonora se ha limitado al ruido desordenado de los automóviles, al moverse en cámara lenta cuesta coordinarse, y no quiero ni recordar las veces que he visto a otros intentándolo porque me parece estar mirando hasta los trocitos de comida que tienen entre sus dientes. Soñar a escala cinematográfica es una batalla perdida, la vida no es como en las películas y cuando lo parece, seguramente nos saltamos justo los detalles que la hacen llamarse vida. En principio esto no debería resultar tan malo cuando somos capaces de distinguir la diferencia, pero por debajo de esa frontera con cada cinta se filtran muchos estereotipos intrusos, sentimientos aprendidos, frases de cajón y cientos de ideas altamente volátiles que se escabullen con facilidad ante el cambio de escenas. El cine es peligroso y no tomarse un tiempo para reflexionar sobre él puede contaminar la visión que tenemos sobre la realidad.

 

La televisión y la publicidad han hecho esto durante décadas, pero su intento de dominar el mundo es un tanto torpe y su parafernalia es de muy mal gusto. Semiótica para provocar el apetito, erotismo para vender ropa y sensacionalismo para atrofiar democracias; sin embargo el cine, EL CINE, por sí mismo es mucho más elegante y preciso. No importa si proviene de una brillante cabeza latinoamericana o de un ruidoso estudio de Hollywood, el cine es el francotirador demencial de la contracultura, el verdugo de la personalidad y el arma más letal contra el día a día. El porqué de esto salta a la vista: durante dos horas de un bombardeo intelectual, una persona cualquiera sale de las salas creyendo que el mundo podría ser distinto, incluso observa a su alrededor y le parece algo nuevo, o algo ajeno a él, como una especie de cápsula donde solo hay que agitar el piso para llenar el vacío con lucecitas, música y escarcha. Cualquiera puede atribuirle a este fenómeno el logro más precioso de un filme: salir de él y contemplar la vida como si fuera una alucinación donde nuestras vivencias tienen un sentido profundo, un hilo conductor para el amor en una película romántica, para la felicidad en una comedia, para el altruismo en un documental, para la fantasía en una animación, para el enigma en un suspenso y hasta para la adrenalina en una cinta de terror. Este revoltijo de emociones en tan corto tiempo solo puede tener como explicación a una sobredosis sensorial que crea universos paralelos, solipsistas y narcóticos, los que estimulan la disociación intelectual a cambio de una ficción insostenible con el paso del tiempo.

 

El cine no es una adicción en términos explícitos –el solo pensarlo resulta exagerado– pero a través de él sí se han moldeado los pensamientos de muchos de nosotros y gracias a ello ha gestado importantísimos cambios culturales desde su aparición frente al público. ¿Recuerdan esa crónica sobre la primera película de la historia donde los espectadores salían corriendo al creer que iban a ser arrollados por un tren? Desde el principio los directores supieron del gran poder en sus manos, la humanidad sería arrollada y llevada al país de nunca jamás, y hasta ahora, nos siguen atropellando con sus irrealidades tan verosímiles, con sus colores tan relucientes y con sus filosofías tan inmaculadas… Por eso es necesario enfrentarlos. Escribir sobre cine es un acto de resistencia. Es oponerse ante su constante intento por hundir la realidad y hacernos flotar con invasiones extraterrestres y ensoñadas épocas cortesanas. Ellos, los creadores de esas grandes obras, siempre han querido quebrar la linealidad del tiempo, construir mitos, hacer inmortal una historia de la forma más real posible para que se entremezcle con lo más ordinario de nuestra cotidianidad. Sin embargo, no hay película que dure una vida y por ende, hay que producir y producir cientos y cientos de dosis al año, aglutinarnos con bellas imágenes y espumosos dogmas espirituales para mantener ese extraño estado emocional donde todo es posible.

 

Escribir sobre esto no se acerca ni un poco al complejo proceso de hacer una película, pero todo aquel que se ha puesto al servicio de la literatura cinematográfica, desde las sinopsis promocionales hasta los inmensos decálogos, sabe que lo hace por una buena causa, como un buen soldado. Casi ninguno de nosotros va en contra del cine explícitamente dicho, es más, de alguna manera rendimos un pequeño tributo a estas epifanías de 24 fps, pero a su vez, en nuestro interior, en el mío, tal vez en el de cada uno de los escritores que hemos trabajado en este portal, y en el mundo de la opinión y la crítica sobre las películas, hay un acto de rebeldía. Una que combate esa plenitud concentrada, ese totalitarismo sensorial y –a veces– de genialidad que nos aturde, en un intento por desglosar la nimiedad más insospechada, la conspiración más ociosa, el plano más insignificante de su continuidad, porque buscamos resolver la magia y tratar de explicársela a usted aunque matemos el encanto en el proceso.

 
Gracias al lector por leerme hasta aquí; gracias a Fuguet, a Valdivia, a Nuncio, a Juan Pablo y a Laura por enlistarme años atrás en esta ofensiva cinépata, en este loable esfuerzo por comprender el cine hasta sus entrañas, y no para embalsamarlo sino para arrancarle una pluma a sus inmensas alas para con ella aprender a pilotear cada película por nosotros mismos.

  • http://pinturasvxa.blogspot.com Alejo Olguín Arévalo

    Un acto de resistencia. Verbalizar la realidad -y no cabe duda de que cada película puede presentarse como una realidad nueva, un objeto traído desde el mundo subconsciente al conciente- y no sólo tendenciarla con intenciones ideológicas, sino como la necesidad de generar un nuevo relato a partir de los fragmentos o totalidades de una producción cinematográfica. Ese relato personal debe ser el mismo que alguna vez pasó por las cabezas de tantos directores, y destilar algo de ese relato implícito, constituyó (eso dijeron algunos) la principal labor de los directores para transcribir sus imágenes a la realidad del cine. Escribir debiera hacernos encontrar con otros vagabundos cargadores de imágenes sueltas, porque si estamos rescatando estas cosas, es porque le hemos encontrado un valor más allá de la factualidad pasiva de apreciar una película. Saludos y gracias por el motive.

  • Paulina Arancibia Cortez-Monro

    No entendí mucho la verdadera razón pero me quedo con esta frase: “Cuando de arte se trata, no faltan los cerebros que tratan de diseccionarlo todo hasta su mínima expresión”,
    porque se aplica también para quienes escriben de libros.

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