febrero 8, 2011

Artículo parte de las sección: Latam

Nadar Solo

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La ausencia de la esperanza

 

Este es el mundo de los torpes, inseguros, solitarios, perdidos, rechazados. Un lugar en donde el tiempo pasa lento, carcomiéndote los pies al caminar, y las elecciones varían entre nada y nada.
 
Un sitio eriazo con ganas de transformarse en basural, en donde se habla poco y se tartamudea bastante, estando la comunicación aplastada por la impulsividad de zanjar diferencias o ajustar cuentas, de hacerse respetar en medio de los escombros. Una zona cero ajena a la vida misma, en donde el estoque se lleva escondido bajo la polera, estando el suicidio a la vuelta de la esquina.
 
Es tan triste, es tan terrible, es tan lamentable, que es como mirarse en un espejo que dan ganas de romper de un solo golpe, ensartándose los pedazos en el puño, para luego lamerse la sangre soltando una carcajada que logre exorcizar, finalmente, todo el castigo llevado por años surtidos de penurias.
 
Esto no es Holden errando por Nueva York. Aquí el adolescente está más jodido que en Salinger. Acá la rebeldía está trazada desde una inadaptación pasiva, con total ausencia de esperanza.
 
Martín tiene algo así como diecisiete años. Forma parte de una banda, pero la banda no forma parte de su vida. Se trata de un tipo solo como una raya, que fluye como ectoplasma, sin apegarse a nadie ni nada. Quienes lo rodean están siempre en segundo plano: sus amigos son pocos, varían entre uno y cero. ¿Su familia? Su familia también es borroneable. Tanto que sólo se define por el lazo con otra figura de vigilar y castigar: el colegio.
 
— ¿Cómo andas?
— Todo bien.
— ¿El colegio?
— El colegio, uhmm…
— ¿El colegio?
— El colegio…
 
Al colegio no quiero ir. Al colegio lo quiero eliminar. Al colegio lo odio. Me está enfermando. Me está corroyendo. Me está apartando aún más de lo apartado que ya estaba. De él tan sólo quiero escapar para buscarme algún lugar en el cual ser persona. En donde no me sienta ninguneado y rechazado.
 
Madre, si tan sólo supieras que últimamente todas las mañanas me disfrazo de escolar para vagar por ahí hasta rendirme y tirarme en cualquier lado. Que en los parques los jardineros ya me ubican por ser el que siempre clava la mirada en el suelo, yendo encorvado. Transportando la desgracia de llevar una vida que apunta hacia ningún lado.
 
Que mis días pasan lentos, quemándome vivo, que luego de contemplar el río al que me llevabas de pequeño, pienso: podría esconderme ahí un rato y tratar de nadar esa corriente. Y si el río me gana, bueno, tal vez se trató de mi último intento de adecuarme a una.
 
Arranca Nadar Solo. Largometraje debut de Ezequiel Acuña, dueño de casa en Cinépata.

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