abril 4, 2014

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MR. EBERT VA A LONDRES

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Peregrinaciones

 

Es probable que nunca olvide esa tarde de enero de 1998 en Londres. Luego de caminar muchas horas, entré en el parque más amplio de la ciudad, Hampstead Heath, un parque que es bosque y es campo, un parque donde la sensación de ciudad se olvida a los pocos minutos de andar por sus senderos.

 

Y en Hampstead Heath, al final de una tarde soleada de invierno, llegué por casualidad a un gran espacio vacío, una colina alta y verde llamada Parliament Hill. La visión que hay en la cumbre de esa colina es amplia y emocionante. El viento sopla y parece que la altura es mucho mayor de lo que en verdad es. El centro de Londres se ve a lo lejos. Y se ve el cielo, por todas partes.

 

Parliament Hill es un lugar especial y por ello pienso que debería estar mucho más filmado de lo que está. Hay, sin embargo, algunas escenas que tienen lugar en esta locación, como un diálogo entre Judi Dench y Cate Blanchett en Notes on a Scandal o alguna aparición de Michael Caine en una película de la Guerra Fría que creo recordar que es The Whistle Blower o la escena final de un extraño film musical de 1966, Les Bicyclettes de Belsize.

 

Fue el azar de caminar sin rumbo durante horas por una ciudad infinita el que me llevó a descubrir ese lugar de Londres. Con los años esa colina se transformaría en un lugar especial, entrañable. El destino de una peregrinación reiterada. El centro de un ritual y de una evocación constante.
 

Ebert

 
Roger Ebert, el gran crítico de cine de Chicago, fue además un caminante infatigable y azaroso de ciudades, un amante de Londres y un anglófilo.
 

Ebert fue un crítico famoso pero entrañable y así fue evocado por Christian Ramírez, aquí en Cinépata. A pesar de su fama y, de alguna manera, su omnipresencia, mi descubrimiento de Ebert fue tardío y también por obra de cierta casualidad. Fue a través de Twitter, esa ventana que acelera el azar, que llegué a leer a Ebert y sus críticas en el Chicago Sun-Times y luego a conocer su página web.

 

En su página, aún hoy activa, siempre había (y hay) lugar para otras voces. De hecho, uno de los primeros textos que allí leí (Mr. Rogers goes to the movies), no es de Ebert sino de un crítico inglés, Scott Jordan Harris, que reseña dos documentales sobre Mr. Rogers, otra persona entrañable, conductor de programas de televisión para niños, los programas con los que yo crecí, en mi infancia en los Estados Unidos. Harris habla de Mr. Rogers y cita a Ebert para decir que en las películas aquello que emociona hasta las lágrimas no es la tristeza sino la expresión de una gran bondad.

 

Enseguida encontré en Ebert una complicidad, una conexión, la posibilidad de un diálogo. Esa conversación que surge luego de ver una película. Una idea que Héctor Soto describe mejor que nadie. Y como todas las críticas de Ebert estaban (y están) colgadas en su sitio web, se me hizo costumbre buscar qué había dicho ese señor de Chicago sobre las películas que me habían ido marcando con el tiempo. Buscaba esas palabras como una confirmación.

 

En Ebert a veces se borraban las distinciones entre la vida y el cine. En su texto sobre Manhattan, escribe que Woody Allen sabe que las canciones son la banda de sonido de nuestras vidas.

 

Cuando me enteré de la muerte de Ebert, me puse triste como hace más de diez años me entristeció enterarme de que había muerto Bolaño y yo estaba tan cerca de él, en la mente y en la geografía, en Barcelona ese 15 de julio de 2003. Ese día, cuando sin saber todavía lo que había pasado, entré en una librería del Paseo de Gracia y compré un ejemplar de los Detectives Salvajes para regalar a un amigo que vivía y vive hoy en Madrid. Fue un acto de agradecimiento. Ese día replicaba el gesto que mi amigo había tenido en Londres unos meses antes, en octubre de 2002, cuando entramos en Daunt Books, enfrente de Hampstead Heath y me regaló un libro de David Lodge.

 

Pensé en Bolaño estos días y en ese día, allá lejos y hace tiempo, en Barcelona. Pensé en Ebert y en Londres y en Chicago, esas ciudades extendidas en el plano.

 

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Conexiones

 

Hay un momento en que la empatía que se puede generar con un crítico (o para el caso con un escritor o con un director) pasa a otro plano, un plano que excede el motivo original de esa conexión. De pronto se empieza a descubrir que el diálogo entablado excede lo cinematográfico o lo literario. Se comparten gustos por canciones o por lugares. Se siente (o se vive) de modo parecido.
 
¿En qué momento la conexión que se había generado con Ebert había superado las películas y sus críticas sobre las películas? Fue el 15 de julio (otra vez el 15 de julio) del año pasado. Ese día, por pura casualidad gatillada por Twitter, me topé con un artículo sobre Ebert publicado en Slate y escrito por Katie Engelhart, el que presenta a un Ebert apasionado por Inglaterra, un visitante asiduo y obsesivo de Londres.

 
En Charing Cross 84, Helen Hanff cuenta que una vez había escuchado a alguien decir que aquel que va a Inglaterra encuentra exactamente lo que fue a buscar. Ese parece ser el caso de Roger Ebert, quien escribió un libro sobre su anglofilia, llamado The Perfect London Walk junto con Daniel Curley, profesor suyo en la Universidad de Illinois. El libro es una bitácora con instrucciones precisas para que todos podamos hacer la caminata perfecta por Londres, cuyo punto culminante está en la cumbre de Parliament Hill.

 

Allí peregrinaba Ebert cada vez que llegaba a Londres, ya fuera que nevara o lloviznara o que hubiera un sol de verano o que fuera uno de esos días inolvidables y bellos de otoño (su estación preferida) o primavera. Ebert decía: “Hay lugares donde me siento y pienso: estuve aquí antes, estoy aquí ahora y estaré aquí de nuevo”.

 

En su diario, Ebert cuenta la primera vez que llegó a la cima de Parliament Hill, allá en 1966. También cuenta que ha vuelto muchas veces y que camina por Londres en su mente. Ebert describe el azar de sus caminatas por Londres, salir con la idea de un destino genérico pero sin un rumbo demasiado claro con la sola excusa de encontrar una buena taza de chocolate caliente y de pronto toparse con algo fascinante que no sabía que existía. Pasa lo mismo al escribir, dice Ebert.
 

Parliament Hill es el lugar al que yo he estado peregrinando durante todos estos años, desde aquella remota tarde de 1998. Algunas veces he regresado allí en la realidad, muchas más veces he retornado en la mente.

 

Sentidos

 
Cuanto más pasa el tiempo, más pienso que las cosas tienen sentido recién después de ocurridas y en eso la vida se parece a las películas. En las grandes películas es solo al salir de la sala, luego de haber sido prácticamente echado tras ser el único que queda viendo los títulos hasta el final, que empiezo a intuir qué ha pasado. En las mejores películas las fichas se van acomodando de a poco y al pasar los días, los planos y la banda de sonido siguen presentes y las ideas se van conectando, y de pronto se advierte que se está ante un episodio inolvidable.

 
Leer a Ebert en 2013 me ayudó a entender qué había buscado (y qué había encontrado) yo en Parliament Hill varios años antes, la importancia de las peregrinaciones y de los rituales, pero también del azar y de lo inesperado.

 

  • http://www.marianoorosco.blogspot.com/ Mariano Orosco Zumarán

    Amigos, envié un comentario hace unos minutos, pero veo que ha sido marcado como spam (tal vez porque incluía algunos enlaces) y además ya no figura aquí. Espero que lleguen a leerlo y, si pueden, lo repongan aquí. Estamos en contacto.

    • Nicolas Eliaschev

      Mariano, vi tu comentario en Facebook. Gracias por compartir esos textos tan buenos de Ebert. Saludos, Nicolás Eliaschev

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