julio 1, 2014

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In memoriam: Paul Mazursky, maestro

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Un burgués pequeño, pequeño

 

Es curioso cómo funcionan las cosas, cómo se impone la sincronía, cómo de pronto quedas algo helado porque un nombre -una persona- que ha estado en tu mente, en tus actos, en tus conversaciones y planes, que se volvió una suerte de referente visual de tu última película, de pronto toma vida -se vuelve palpable- con su muerte. Hace menos de un mes me llegaron tres libros: uno es la novelización (sí, la novelización, a partir del guión) de una de mis cintas favoritas: Willie & Phil.

 

¿Quién la dirigió? Paul Mazursky, claro.

 

Willie & Phil está entre mis top cinco. A veces es la uno. Tengo el afiche. No está en torrent pero me conseguí una versión digital de un VHS. La vi la semana pasada. Y ahora se muere su creador. No me atrevo a decir que Mazursky es mi director favorito pero le tengo un cariño inmenso, un respeto enorme y me parece que, a su modo, está entre los grandes. A veces tropezó en grande (la sensacionalmente personal y desatada Alex in Wonderland) y después hizo cintas correctas (Enemigos: una historia de amor) pero lo que hizo en los 70s es impresionante. El final de La mujer descasada está entre los grandes finales y las grandes tomas de esa era. Lo mismo va para la toma final de Willie & Phil. El grado de humanidad y su deseo de escudriñar las emociones y ansias de sus personajes en Harry y Tonto o Blume in Love o su propio Amarcord: Barrio bohemio o Next Stop, Greenwich Village acerca del traumático viaje desde su Brooklyn judío natal hasta el barrio de los artistas de Manhattan en los años 50. Junto con ese extraño artefacto me llegó tanto el guión de Jules et Jim como la novela de Henri-Pierre Roché, base de la cinta de Truffaut. En la cinta de Mazursky, que se la relaté a un amigo nuevo que no la conocía, dos tipos (Wille y Phil) se conocen a la salida del Bleeker Street Cinema donde han ido a ver una reposición de Jules et Jim. Esa cinta los une y esa cinta es la que enriela sus vidas pues a lo largo de los años 70s los dos amigos se verán inmersos a un triángulo muy parecido al de Jules et Jim. ¿Puede el cine influir tanto tres vidas? Mazursky, ayudado por el fotógrafo sueco Sven Nykvist, arma una cinta en extremo romántica y sentida pero que no es una suma de citas cinéfilas. No es la historia de un grupo de cinéfilos como en la reiterativa y full frontal The Dreamers de Bertolucci. Acá el cine pega una vez, pega e influye y marca a dos tipos vulnerables y quedan tan impresionados por Jules et Jim, que -sin quererlo casi- terminan dejando que sus vidas se desarrollen como el guión de unos de sus filmes favoritos. La semana pasada me propuse escribir algún día un ensayo largo llamado Jules, Jim, Willie y Phil, jugando con el título del debut de Mazursky, la ultra exitosa y escandalosa cinta Bob, Carol, Ted and Alice de 1969 acerca de dos matrimonios amigos que deciden ceder a las pulsaciones de su época y del círculo liberal al que pertenecen y lanzarse a experimentar el intercambio de parejas. Para eso, decidí volver a ver algunas cintas de Mazursky (La tempestad, la bizarra y felliniana Alex in Wonderland, cinta a lo 8 y medio que tiene cameos de Fellini y Jeanne Moreau) acompañado de un libro de entrevistas al director que le hizo Sam Wasson (lo encontré, por casualidad, hace dos años en Sao Paulo).

 
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Hoy, a los 83 años, murió Paul Mazursky y me parece que por acá el día se puso más invernal y la niebla está ingresando más tupida. Se ha ido un cineasta que nunca tuvo miedo de filmar historias cercanas, que nunca temió quedar como copión o poco original; que creyó en sus personajes y los llenó de dudas y fisuras; que entendió que la mejor puesta en escena es aquella que deja respirar a la historia; que se sentía más cercano a la comedia y a la ternura que a la violencia y al drama terminal; que celebró las emociones, el diálogo, a los actores que conocía tan bien y que transformó el tono menor y las ansias de la burguesía en su territorio. A través de cintas como Harry y Tonto; Blume in Love (acá se llamó Los amantes de Venecia); Bob, Carol, Ted and Alice; Una mujer descasada; Next Stop, Greewich Village y -sobre todo- en la entrañable e irrepetible Willie & Phil, Paul Mazursky midió la temperatura de la sociedad donde nació y pudo poner en pantalla y apostar por el tipo de historias que, en otras cintas, son más bien aquella información por la que se atraviesa rumbo al desenlace.

 

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Las mejores historias de Mazursky no tenían tanta narrativa como personajes y sensaciones y emociones. Parejas que se separan, un anciano a la deriva, parejas que se juntan, la amistad como amor final, la dependencia filial, la posibilidad de vivir otra vida que la que te tocó. Esos eran los temas de Mazursky y por un breve tiempo, entre 1969 y 1982, pudo plasmar su visión. Después, logró incrustar su tono en comedias o producciones que no pudo controlar, pero aun así comedias no del todo logradas como Moscú en Nueva York (tontamente atacada en su momento por reaganiana) o Un loco suelto en Hollywood (su remake de Boudou se salvó de ahogarse de Renoir) hoy parecen filmes inmensos si se les compara con lo que expulsa Hollywood de sus factorías. Mazursky vivió y fundó y pudo gozar de los 70s, pero también de algo que ya no existe: hacía filmes acerca de adultos (quizás inmaduros, quizás a la deriva) para adultos y apostó por contar esos filmes con mirada, respeto, comprensión y una sensibilidad indudablemente europea.

 

Su muerte no es del todo impensable (era acaso esperable), pues lo cierto es que el Paul Mazursky que me importa, el Paul Mazursky que admiro y respeto y espero imitar, el Paul Mazursky que considero un maestro y un grande del “drama liviano de costumbres”, había dejado de escribir y dirigir hace mucho tiempo.

 

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Uno de los “errores” de Mazursky fue su obsesión (tal como Willie, tal como Phil) por cintas como Escenas de la vida conyugal de Bergman; Jules et Jim de Truffaut; 8 y medio y Amarcord de Fellini y Umberto D. de De Sica. Todos esos filmes fueron “rehechos” por Mazursky. En 1982, optó por modernizar La tempestad de Shakespeare y colocó a Cassavettes en una isla griega junto a Susan Sarandon, Molly Ringwald y Raúl Julia. La sensibilidad de Jean Renoir trató de incrustarla en Beverly Hills y la de Ingmar Bergman la llevó a un mall (la fallida pero no por eso menos jugada Escenas de un mall, con Woody Allen y Bette Midler como protagonistas). Todas sus cintas fueron en extremo americanas, totalmente ancladas a su época (nada más de su época que Una mujer descasada, un filme profeminista que “escandalizó” en su momento) y, a pesar de su inspiración original, tenían el sello de Mazursky: cintas centradas en las relaciones interpersonales de gente de la clase media.
 

Su opción por ese tipo de cine, por un cine de personajes y emociones, anclas, su capacidad de mirar y captar las señales y las mareas de la sociedad, lo hizo un cineasta privilegiado. Apoyado, como lo fue en los 70s, pudo llevar al extremo la sentencia de su admirado Renoir: “Una de las tragedias de la vida es que todos creen que tienen la razón”.

 
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Paul Mazursky, incluso en cintas como Luna sobre Parador o El pickle (un extraño ajuste de cuentas personal acerca de un cineasta fracasado que debe rodar una cinta comercial de ciencia-ficción), siempre humanizó, trató de entender, se negó a juzgar, confió en el poder de la cámara para captar lo que un actor puede transmitir.

 

Si el director de uno de tus filmes favoritos, una cinta que te ha moldeado y acompañado e inspirado muere, entonces tienes que escribir algo aunque pensabas escribir algo más adelante.

 
Esto es lo que escribo, Paul. Mereces más.
 
No tenía más fuelle, no tenía más tiempo.
 
Mereces un ciclo, te lo debo.
 
Pero por ahora, gracias.
 
De verdad.
 

 

 

 

 

  • Milos

    Dato interesante es que uno de los más fieles colaboradores de Mazursky era Pato Guzman (no el documentalista), su Production Designer (Director de Arte)

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