agosto 4, 2014

Artículo parte de las sección: Latam

La copia feliz del Edén

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No son pocas las evidencias para decir que los chilenos estamos desinteresados de la política y, con mayor énfasis, los políticos. Sin embargo, me parece que hablar de este desinterés generalizado a estas alturas del partido es una perogrullada, algo que no suma nada al debate para dar el tan necesario paso adelante y reconstruir la confianza. Y en este sentido me pareció curioso que el director del documental La copia feliz del Edén, Cristián Tàpies, haya elegido tratar este tema en su trabajo.

 
Una curiosidad teñida de una desconfianza pesimista. “Ahh, otro documental de esos”, pensé. Por suerte, me equivoqué.

 

Filmado durante el 2012 en la ciudad de Valparaíso, La copia feliz del Edén sigue las campañas de cuatro candidatos independientes por la alcaldía de la deslucida joya del Pacífico. Campañas que a decir verdad tienen mucho más de quimera que de otra cosa ya que, como se desprende de las distintas entrevistas a los porteños, no solo existe un ambiente de descontento generalizado para con la política, sino que además hay un desconocimiento asi absoluto de los candidatos independientes.

 

Es que es muy poco lo que pueden hacer Jorge Bustos (IND), Francisco Marín Castro (PI), Yuri Zúñiga (ILB) y Carlos Johnson Bordai (PH) ante los monstruos políticos locales Jorge Castro Muñoz (UDI) y Hernán Pinto Miranda (PDC). Monstruos invisibles y omnipresentes (y en su mayoría por malas razones), acaso del peor tipo de monstruos.

 

Así las cosas, La copia feliz del Edén no solo se encarga de retratar esta tan bien conocida sensación de desconfianza por parte de la ciudadanía, sino que también muestra la profunda confusión e incongruencia que existe dentro de los mismos candidatos, y que va en desmedro de sus propias campañas.

 

Tomemos como ejemplo la parte cuando los cuatro candidatos independientes se “enfrentan” a la ciudadanía en una reunión para exponer sus propuestas. De entre la multitud, una abuelita les pregunta que por qué no aúnan fuerzas y presentan una candidatura en conjunto. La gente aplaude. Al escuchar esto, cada uno de los candidatos guarda silencio pero en sus caras vemos que rechazan la idea de plano. Con posterioridad, los candidatos comentan sobre el estado actual de la izquierda: Zúñiga (o el compañero Yuri) se manda flor de comentario al decir que no hay organización de la izquierda a nivel local. Lo mejor de todo es que lo dice como si fuera un problema que él no pudiera solucionar. La ironía se hace presente en esta parte, puesto que si bien esto es verdad (no hay organización alguna), pareciera que no hay ninguna disposición para armar un proyecto en conjunto. Solo hay pelambres, egos inflados y mucha mala onda solapada entre cada uno de los candidatos independientes.

 

Luego, el documental se embarca en un viaje en la búsqueda del origen de la indiferencia civil. Para esto, discurre en opiniones tanto de la gente de a pie como de sociólogos, que llegan, no muy sorprendentemente, a concluir que todo partió en 1973. Es curioso que solo se entreviste a gente con más de cuarenta años, pero también hay que decir que el argumento igual se sostiene porque los más jóvenes votan aun menos (y probablemente por otras razones).

 

En todo caso, Tàpies va un poco más allá de lo obvio.

 

Bergman utilizaba el humor para tratar ideas complejas acerca de la naturaleza humana, para, en cierta forma, “suavizarlas” y crear un acercamiento más amable hacia ellas. Tàpies lo ocupa para decirnos algo que nos va a incomodar muchísimo y que a lo mejor sabemos en nuestro subconsciente y no queremos escuchar: que quizás (y solo quizás) una porción de la culpa también reside en nosotros.

 

Y es que entre tantas elucubraciones e ideas sobre por qué esto partió en esa fecha, algo se cuela. Una nueva reflexión a la que ningún especialista apunta, acaso por sufrir del mismo tipo de mal que los políticos. La reflexión nace de la mirada ocurrente de Tàpies, quien parece decirnos que quizás la apatía por la política también pasa por una constante vuelta al pasado, por ese gesto obsesivo-compulsivo de meter el dedo en la llaga con el único objetivo de señalar que estamos heridos, como un hipocondriaco.

 
Aquí, el director mira la paja en el ojo ajeno y la viga en el ojo propio, porque las caricaturas dentro del mundo político no se distinguen demasiado de las del mundo civil. Y lo que sale de este ejercicio es algo fresco, ya que, en el fondo, uno termina por darse cuenta de que no hay mucho contraste entre el ambiente en que se mueven los políticos y la gente común: ambos grupos están de acuerdo en que se necesitan aunar fuerzas pero ninguno está dispuesto a salir de ese individualismo exacerbado y paralizante.

 

Ellos no están dispuestos a dejar los egos a un lado para decir “sí, dejo mi campaña con el objetivo de trabajar en conjunto e intentar hacer un cambio”. Nosotros no estamos dispuestos a tratar de dejar de mirar esos años con esa mirada melancólica-colérica y sustituirla por una nueva y más constructiva.

 

Si es cierto eso que dicen que un país tiene los políticos que se merece, el cambio entonces no puede recaer únicamente en ellos sino en todos nosotros.

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