septiembre 25, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

Ida y Calvary

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DIOS ESTÁ EN TODAS PARTES

 

Durante este año, que según Hollywood es el año de La Biblia, L’Osservatore Romano, el diario del Vaticano, calificó como la mejor película sobre la vida de Jesús de Nazaret a El Evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini, director marxista, ateo y gay, como recalca cierta prensa; no la vaticana, por cierto. En todo caso, es una muestra más de las aspiraciones del Papa peronista a ir a contracorriente.

 

Más allá del pronóstico de Hollywood, la Biblia, Dios y la religión conforman un tópico constante en películas de cualquier latitud y tonelaje. En 2014 se puede ver a Russell Crowe como Noé, a Christian Bale como Moisés y a Brad Pitt como Poncio Pilatos. Y pienso ahora mismo en otros cuatro ejemplos notables de otros tiempos y lugares: Bajo el sol de Satán (Pialat), De dioses y hombres (Beauvois), La misa ha terminado (Moretti) y El exorcista (Friedkin). Sin embargo, de lo que hablaré ahora es de dos ejemplares más recientes, de 2013: Ida de Pawel Pawlikowski y Calvary de John Michael McDonagh.

 

Calvary es una película con nervio. Hay un desvarío en cada personaje, dobleces que mantienen ocultas sus intenciones, y desvelos abortados. Narra la historia de un sacerdote de pueblo, el cura James (Brendan Gleeson), a cargo de una parroquia en un punto costero en el norte de Irlanda. En los primeros cinco minutos se revela el sentido de toda la historia: en plena confesión, un anónimo (aunque no para el cura, que sabe perfectamente quién es; ya se sabe, pueblo chico…) lo amenaza de muerte. Le da una semana de plazo.

 

El motivo lo confiesa él mismo: a los siete años, dice, probó el semen por primera vez. No el propio, claro; el autor de la aberración fue un sacerdote, que durante cinco años, y día por medio, lo violó oral y analmente. Hoy ese cura está muerto. Pero él busca venganza. “Lo voy a matar a usted, padre, porque no ha hecho nada malo, lo voy a matar a usted porque es inocente”, le dice entonces el anónimo al cura James.

 

Calvary-Poster

 

Lo que pinta como un thriller o un dramón circunscrito a capillas y entornos psicopáticos, se despliega hacia el sentido contrario: por los terrenos de algo parecido a una comedia oscura y explosiva. Tampoco es una comedia de enredos. Mantiene un equilibrio de humores lo más parecido a la vida posible. Y eso la engrandece. Nihilismo cómico, dicen acá. Sobre todo por el cura James, un tipo sereno pero arranques de desparpajo de sobra y temple de vida vivida.

 

La historia está dividida en los siete días que separan al cura James del domingo siguiente, cuando se cumple el plazo impuesto por el vengador anónimo. A medida que transcurren los días, nuestro cura James se va desquiciando, en un proceso lento, casi imperceptible. Pero es inexorable: a ratos parece estar diciendo “pueden irse todos ustedes a la mierda”, como el cura de Moretti de La misa ha terminado. Pero en rigor está claro que no es eso; en esa cuesta abajo se acentúa un cierto sentido del ridículo, una capacidad para calibrar la espesura humana.

 

El cura James es un pastor de humanos, pero el rebaño es un ente con doble fondo: lo que sale de ahí son recriminaciones, mentiras, cuchillazos al alma. El cura y su iglesia son receptores de las quejas de todos los males acumulados por años: los sacerdotes pedófilos, el silencio de la iglesia frente al nazismo, la bendición de bancos que rematan viviendas de morosos, el pacto con la clase alta por dinero para pagar capillas…

 

En la vorágine en que se convierten los siete días de espera hay una perpendicular y se llama Fiona, interpretada por la increíble Kelly Reilly. Nuestro cura la presenta en el bar de la esquina a los parroquianos: es su hija, dice, y cuenta la breve historia de cómo un cura como él pudo engendrar una hija como ella. Fiona se ha pegado una escapada de Dublín, en busca de un remanso para recuperarse de una depresión. La relación filial también tiene cuentas pendientes y el cura James las intenta solventar de algún modo.

 

La presencia de cada personaje aporta una cuota de teatralidad, pero el conjunto es natural y espontáneo. El monaguillo malas pulgas y pintor, el marfileño mecánico y mujeriego, el aristócrata rancio devenido en alcohólico y derrochador, el bartender izquierdoso y anticlerical… Todos tienen reservada una participación en el teatro de operaciones de ese pueblo costero, Sligo, en el norte de la isla, donde la exuberante naturaleza juega un papel, digamos, sobrenatural. Y todos tienen algo en común: las cuentas pendientes con la iglesia católica, pagarés que le tiran a la cara al cura James cada vez que pueden.

 calvary-kelly-reilly-brendan-gleeson

 

El teatro no es casual, por supuesto. Es efectivamente un teatro de operaciones porque de allí tiene que surgir el futuro asesino, el hombre abusado que le prometió la muerte al cura James. Una galería de sospechosos que se asemeja a una trama de Agatha Christie. El calvario del cura es interior, él sabe de quién se trata, y sólo se dedica a quemar los días a la espera del domingo siguiente, ideando la fórmula de hacerle frente.

 

Hay una lectura irlandesa en la historia que cuenta la película. La de los abusos sexuales que han sido denunciados y enjuiciados en un país con un catolicismo muy arraigado. Pero sucede que esto ocurrió no solo en Irlanda sino en México, en Estados Unidos, en Chile. Porque Dios está en todas partes.

 

Calvary me hizo pensar, claro, en Doubt con Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman. Brendan Gleeson y PSH se parecen un montón físicamente, quizá incluso con la misma fuerza expresiva y talento escénico. Puestas en un plano similar ambas películas, el humor le gana el gallito al drama circunspecto. Quizá sea una máxima para cualquier clase de obra, en cualquier circunstancia y bajo cualquier pretexto. Lo doy firmado.

 

*

 
La austeridad cromática de Ida calza perfecto con el tono pausado y medido para contar los pasos de una novicia católica polaca, Anna (Agata Trzebuchowska), que descubre de sopetón que es judía.

 
A pocos días de tomar los votos, la madre superiora del convento donde Anna se ha criado y donde se apresta a pasar el resto de su vida, le revela la existencia de una tía y la manda al pueblo a conocerla. La tía Wanda Gruz (Agata Kulesza) le revela a su vez otro gran secreto: Anna es judía y se llama en realidad Ida Lebenstein. Sus padres murieron durante la ocupación nazi.

 

Ida por un lado y la tía Wanda Gruz y su mundo, por el otro. En ese contraste vive gran parte de la película: una jueza deslenguada, descreída, amarga, que fuma sin parar, promiscua, seguramente atea; una mujer bohemia que pese a su rudeza se revela absolutamente entrañable. La tía Wanda viene de vuelta de la vida y su máxima parece ser: a mí no me vengan con tonteras. Adopta inmediatamente a Anna (a fin de cuentas su llegada es como una segunda oportunidad) y la guía en la búsqueda de los restos de sus padres asesinados, con desinterés y dedicación, en una roadmovie por pueblos perdidos de la Polonia de los años 60.

 

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En Ida hay Bergman, sin honduras de sobra ni florituras románticas bobaliconas. (“Quería huir del cine actual”, dice acá Pawlikowski). No cede a los excesos metafísicos ni un minuto, pero da espacio para que se despliegue la ruta de fe que decide seguir la Anna inexperta en los asuntos turbios de la vida.

 

El diálogo de Anna es interior y permanece oculto. Aunque hay señas que van emergiendo de su pozo profundo. Suena ‘Naima’ de Coltrane en un momento, porque nuestra novicia se ha metido a un sucucho donde tocan jazz y la melodía cadenciosa del maestro de Hamlet la seduce. Así Anna descubre la sensualidad. Así Anna encuentra algo que no sabíamos que estaba buscando. ¿Pero, lo sabía ella?

 

Los votos quedan, de pronto, en suspenso. No se sabe si las malas juntas han tenido algo que ver en eso, pero la tía Wanda no lo hace nada mal: la tienta, le muestra cosas y la empuja hacia ellas. Tía Wanda es un portento, pero Anna no sabe de esas cosas; aunque sí, claro, ya ha escuchado ‘Naima’ y algo de esa melodía dionisíaca se le ha quedado grabada en la mente. La ruta personal del desafío que se ha impuesto se va aclarando poco a poco, en silencio, medido con regla y dibujado con compás.

 

¿Dónde radica la rudeza de la tía Wanda? Sus frases son filosas y contundentes; ya ha repasado todos los argumentos de la vida y no está satisfecha con ninguno. En cada cigarro que se fuma extingue los papeles de una vida distinta, mejor, más amable, floreciente.

 

Sentadas las dos en la maleta trasera del auto blanco en que viajan, en un descanso a la vera del camino se produce el siguiente diálogo:

 

Anna: ¿Quién eres?
Wanda: Hoy por hoy, nadie. Pero en el pasado fui fiscal. Importantes juicios públicos. Incluso envié a la muerte a varias personas.
Anna: ¿Quiénes?
Wanda: Enemigos del pueblo. Fue a principios de los años 50. Wanda la Roja, esa soy yo.

 

Tanto en Calvary como en Ida, los protagonistas, cura y novicia, se enfrentan a lo cotidiano, en historias principalmente relacionadas con los vicios de la religión y no con Dios ni su existencia. Y tal como les ocurre a los sacerdotes del monasterio donde transcurre De dioses y hombres, que se hayan entregados a la vida ascética, esta no los ha eximido ni de la muerte ni del dolor. El cura James y la novicia Ida lo saben, claro, todo el mundo sabe algo así, pero pareciera que en algún ellos se creyeron a salvo de lo peor de la especie. Estas películas se muestra cómo dejaron de hacerlo.

 

 

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