septiembre 29, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

Harry Dean Stanton: Partly Fiction

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Los ecos de su mente

 

La mayoría de los documentales, sean del formato que sean (clásicos o experimentales o incluso los que se llaman ensayos), al menos intentan que el espectador salga de la sala o del visionado sabiendo algo más del tema que el cineasta optó por escudriñar. Uno puede ver propuestas tan diversas como las de Werner Herzog (el cineasta como protagonista) o Frederick Wiseman (el autor ausente-presente), pero el resultado o la meta final es más o menos la misma: ingresar a un submundo o dentro de una persona a la cual no teníamos acceso. Es cierto: no es necesario saberlo todo (hoy ningún cineasta o documentalista se propone esa meta) y está más que validado el no tener que ser objetivo (mientras más arbitrario, mejor ¿no?) pero aun así permanece el deseo y, de alguna manera la convicción, de que no sería errado iluminar ciertas zonas, compartir uno que otro descubrimiento, esparcir información nueva o relevante acerca del sujeto o del tema que se optó por documentar.

 

En el caso de este “documental” con aires de requiem u obituario fílmico (quizás eso es lo que es: una suerte de homenaje a un tipo que ha vivido mucho y bien) llamado Harry Dean Stanton: Partly Fiction, la directora suiza Sophie Huber la tiene complicada porque al sujeto central de su cinta no le interesa hablar. Es lacónico y distante y, sin embargo, entrañablemente afable y tierno a pesar de su supuesta rudeza. A los 88 años, el actor Harry Dean Stanton ha aprendido algunas cosas y ha visto más. Y entre lo que le ha quedado claro es que para qué analizarlo todo, para qué darle tantas vueltas, para qué hablar de más. En un momento el propio David Lynch mira al actor y le pregunta: “¿Cómo te gustaría ser recordado?”. HDS lo mira y, como en unos de sus primeros westerns, le responde: “¿Importa?”.

 

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La verdad es que sí: importa y la verdad es que a Harry Dean Stanton se le recordará. O se le echará de menos. Ya no hay actores u hombres así. Gente parca, sencilla, que se hizo a sí misma y que se sienten más obreros del cine que actores tocados por musas o dioses. HDS: Partly Fiction es una cinta cinéfila-selfie sobre el eterno actor secundario que terminó siendo algo así como la estrella indiscutida del afuerino-indie. Su techo y su suelo y su apuesta están en su título. Mitad verdad, mitad ficción y sobre todo mito y misterio y un aura de impenetrabilidad que es –por cierto– infinitamente atractiva y cool. Uno finaliza HDS: Partly Fiction no sabiendo muchos detalles o datos sobre Harry Dean Stanton y menos aquello que lo hace a uno hacer tic, pero uno sí queda prendado de él. Uno logra ingresar al Planeta Harry Dean Stanton y es un agrado estar ahí. La verdad es que HDS tiene algo inasible (tantos años, tantos roles, tantas mujeres, tanta soledad, tantas cosas vividas) y por eso este breve acceso a su mundo y a su intimidad se siente como un privilegio y un honor. Si uno era fan, se vuelve groupie; si uno reconoce su cara de tantas películas pero sabía poco de él, es posible que uno termine inscrito en la inmensa legión de creyentes de este Dios llamado Harry Dean Stanton (si bien en La última tentación de Cristo de Scorsese interpretó a Pablo, está claro que perfectamente pudo ser Jesús, a pesar de que ya estaba pasado de años).

 

Fue el desaparecido Roger Ebert al que se le ocurrió la regla “StantonWalsh” (lo cita en uno de sus libros) y que consiste en que “no puede existir una cinta del todo mala que tenga en su elenco a Harry Dean Stanton o a M. Emmet Walsh”. De ser así, entonces Libertad condicional (Straight Time de Ulu Grosbard, de 1978 con Dustin Hoffman como un convicto que sale libre) sería una gran gran película (de hecho, lo es y está entre mis favoritas).

 

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Harry Dean Stanton fue –es aún– un actor secundario, un tipo duro pero tierno, con una cierta belleza ruda masculina de carreteras secundarias y moteles de mala muerte, con aroma a Oeste y desierto, ojos profundos y jeans gastados, que solo una vez tuvo la oportunidad de ser protagonista: tuvo a su cargo nada menos que el rol de Travis en Paris, Texas de Wim Wenders, el clásico filme acerca de la desolación americana escrito por Sam Shepard. No cabe duda de que Paris, Texas ayudó a consagrar a HDS en ese panteón que los americanos tienen para sus antihéroes outsiders: Burroughs, Kerouac, Patti Smith, Bukowski, Fante, Cash y tantos más. Los que son parte de ese mundo tienen algo extra. Y eso lo sabe incluso Deborah Harry, la mismísima Blondie, que le dedicó un tema (“I Want That Man”) y que en el filme insinúa coquetamente que tuvo un leve affaire con HSD. En el testimonio de Blondie queda clara la gracia de este actor que prefiere estar más atrás que el resto del elenco y que, en definitiva, es imposible de atrapar (“I want to dance with Harry Dean/ Drive through Texas in a black limousine”). Blondie, la que todos los hombres desearon, se obsesionó en los 80 con HDS y ni la canción logró que cayera (del todo) en sus brazos. Tal como Leonard Cohen, que por estos días cumple 80, HDS pertenece a una raza extinta de lady´s men que no sirven para maridos o siquiera para novios, pero sí para affaires en moteles o en sitios exóticos húmedos y que pululan por bares, restaurantes que no cierran y sets de filmación.

 

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En HDS: Partly Fiction lo que sabremos del gran (sí, gran) y legendario (sí, legendario) Harry Dean Stanton será parcial, y quizás la mitad o más de lo que sabremos de su vida y de su pasado será ficción. A diferencia de otros documentales acerca de actores, acá los clips de sus películas terminan siendo fragmentos de su vida y funcionan como home-movies o found footage revelando mucho más del personaje en sí que las propias confesiones del actor a la cámara. En otras palabras, Harry Dean Stanton: Partly Fiction no es tanto acerca del actor y su vida sino más bien una aproximación a un hombre que no desea develar demasiado para no romper el mito que él mismo se fue armando con trozos de cine. El mismo HDS lo dice: “me interpreto a mí mismo todo el tiempo… en cámara y fuera de cámara. No sé hacer otra cosa. ¿Qué más puedo hacer?”.

 

¿Será tan así? El filme nos convence de que –en efecto– HDS es así. El método lacónico del actor realmente no es un método: es simplemente un tipo lacónico y claramente alguien de su generación que no fue a terapia. La forma en que la quieta cámara captura, en un impresionante y expresionista blanco y negro, el ajado rostro del actor es clave. En una suerte de tira y afloja por no revelar, se cuelan o se le escapan trozos y momentos de su vida. Tanto evitar ciertos temas y emociones termina por revelar mucho más que esas agotadoras crónicas investigativas o, lo que es peor, esos reportajes “con acceso total” que intentan abrir el corazón del sujeto y terminan con no revelar nada más que las pulsaciones del director en cuestión.

 

Pero ahí está, claramente más joven pero nunca del todo (HDS es de esos actores que nunca fueron realmente jóvenes) en clásicos como Cool Hand Luke con Paul Newman o en la caminera Two-Lane Blacktop; ahí aparece como un agente del FBI en El Padrino II, y con Nicholson y Brando en el western The Missouri Breaks de Arthur Penn. Si los 70 fueron la era del cine de Hollywood, pues ahí estuvo HDS apareciendo en todo tipo de cintas: desde Cockfighter con Warren Oates bajo las órdenes de Monte Hellman o en el debut como cineasta del novelista Tom McGuane en 92 in the Shade junto a Peter Fonda. Fue parte de la troupe de Sam Peckinpah en Pat Garrett and Billy the Kid y también estuvo con Warren Oates de nuevo en Dillinger. Antes de que los 70 terminaran fue uno de los tripulantes del Nostromo en Alien y aportó lo suyo a The Rose, la ficticia biografía de Janis Joplin con Bette Midler. John Huston lo reclutó en 1979 para Wise Blood, su gótica cinta acerca del sur religioso (basado en la novela de Flannery O´Connor) y cuando a Bob Dylan se le ocurrió dirigir Renaldo y Clara, por cierto que llamó a Harry Dean Stanton. Y eso solo fueron los 70.

 

still-of-harry-dean-stanton-in-alien-(1979)

 

Harry Dean Stanton quiere hacernos creer que no tiene corazón y no está dispuesto a abrirlo pero, claro, es obvio que lo tiene y al final lo comparte (hasta se le escapa, con mucho humor, que por filmar una cinta en un lugar lejano, Tom Cruise le quitó a Rebecca DeMornay). El documental es extremadamente simple y consiste en filmar “no-conversaciones” de HDS con la directora (su ex novia, unos cuarenta años menor que debuta con este colosal testimonio) y con visitantes como Kris Kristofferson y David Lynch (con el que trabajó una serie de veces en filmes como Wild at Heart, Twin Peaks: Fire Walk With Me y en la escena final de The Straight Story). Todo esto ocurre en la sencilla casa –con toques de su Kentucky natal– de HDS en las colinas de Hollywood. También hay entrevistas a otros actores y directores. Y clips de sus filmes, por cierto. HDS en los 80 estuvo en Escape de Nueva York de Carpenter; en La chica de rosa como el padre de Molly Ringwald; en One From the Heart de Coppola; en Repo Man de Alex Cox; y de nuevo bajo las órdenes de Carpenter en la estupenda Christine.

 

Y puesto que conversa poco, la directora Sophie Huber tuvo que idear estrategias para terminar armando una puesta en escena muy austera que se ajusta a la persona, al personaje y al mito. Es más: si algo logra este documental es mitificar aun más a HDS y dejarlo literalmente en el cielo, aunque mucho más allá de las estrellas, puesto que él nunca fue una y a la edad de 88 años es poco probable que lo sea. Es mucho más: es uno de esos actores cuyo nombre pocos conocen, pero todos reconocen por haber aparecido en cientos de filmes y programas de televisión (la historia del cine americano y todos los grandes ídolos están vinculados a HDS). Stanton es de ese tipo de hombre-común que no tiene nada de común y por preocuparse tan poco por su apariencia y onda terminó teniendo mucho más look y aura y onda que los centenares de galanes y galancetes que envejecieron mal y desaparecieron en su paso a la gloria. Terminó rebosando de esa calma y ese deseo de hacer poco pero hacerlo bien. Pudo ser amigo de Lynch y Scorsese y Hellman y Carpenter pero no tuvo problemas en aparecer en Sueña un pequeño sueño con los dos Corey o apoyar al excéntrico John Milius en sus sueños fascistas teen de Red Dawn (la original). Por eso, ya veterano, Sean Penn casi exigió incluirlo en las cintas donde actuaba (Fear and Loathing in Las Vegas, por ejemplo) o que dirigió (The Pledge).

 

Harry Dean Stanton se hizo célebre por casi no existir, por ser más que un extra pero menos que un galán, por nunca robar una escena pero hacer que en todas las escenas en que estuvo el espectador no pudo dejar de mirarlo. Se sabe: el misterio es mucho más seductor que el desnudo frontal. El que esconde algo termina por hacer que aquellos que miran terminan deseando más.

 

Lograr que HDS cante al son de una guitarra de un amigo que está en el living pero fuera de cuadro es una de las grandes ideas de Sophie Huber, y es lo que eleva al documental a algo casi sagrado y tremendamente emocionante. La voz ronca, algo débil, que a veces tirita y denota alcohol y tabaco, hablan por Stanton. Al cantar baladas, algunas en castellano, la tristeza y abandono de las letras se vuelven su discurso. Interpreta, sí, pero usa las palabras de otros para contar su vida. Y ahí está, anciano pero aún rebelde y forajido, con cerca de 60 años de cine en sus ojos y cara, cantando temazos como Blue Bayou, Help Me Make It Through The Night (del filme Fat City de Huston, donde no actuó) y, sobre todo, Everybody´s Talking, el tema central de Midnight Cowboy, un filme que a pesar de no haber contado con la presencia de HDS, perfectamente pudo tenerlo viviendo en unas de las habitaciones infectas de ese hotel para perdedores de Times Square. Los temas son tan notables que se editó un disco con estas canciones tocadas en su esencia mínima.

 

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Harry Dean Stanton: Partly Fiction demuestra que HDS es un maestro, y captura sin piedad pero con gran empatía a un tipo que entendió que actuar en el cine es básicamente estar. De tanto interpretar a tipos de “la onda Harry Dean Stanton”, HDS se transformó en Harry Dean Stanton. Y es que Harry Dean Stanton se transformó en Harry Dean Stanton porque al final es un personaje (qué gran personaje es el tipo de frase que se usa solo para ciertos individuos, sean o no sean actores) y el personaje lo armó usando mucho de los personajes que le tocó interpretar (errantes, silenciosos, ajados, misteriosos, solitarios) a lo largo de más de seis décadas. Este filme-elegía es acerca de Harry Dean Stanton, sí, pero tiene algo de Como plaga de langosta, la novela de Nathanael West acerca de los extras de Hollywood. Las secuencias de HDS andando en la parte de atrás de un auto por las noches de Los Angeles son hipnóticas, sensuales, curiosas e inolvidables. No todo es verdad en lo que dice o evita, y Huber no logra contarlo o explicarlo todo acerca de este enigmático actor, pero triunfa donde otros documentales parecidos se hunden: no documenta el hombre sino el mito. Y cuando la directora le pregunta acerca de cosas más duras, HDS hace lo que hizo tantas veces en el cine. Calla, mira, evita. Y lo hace de forma maestra.

 

  • Brett Thompson

    Corrección: Sean Penn actuó en “Leaving Las Vegas” en la cual HSD no aparece. Johnny Depp actuó en “Fear and Loathing in Las Vegas”, en la cual si, HSD aparece.

  • Erik Vandrien

    Al fin una buena nota acerca del viejo Harry a quien desde hace tantos años ubico y disfruto con su tan singular forma de trabajar y ser :)

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