junio 19, 2014

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Hacer ciudad

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Partamos por el título: Hacer ciudad. Esto ya es controversial, porque se podría decir que todos los habitantes de una ciudad la hacen día a día, con sus costumbres, decisiones y, por qué no, con lo que desean, piensan y sueñan. Se podría decir también que algunos seres privilegiados “hacen más ciudad” que otros, por el hecho de tener mucho dinero –como el señor Paulmann y su Costanera Center, acá en Santiago de Chile–; por el hecho de tener influencia –como los señores Le Corbusier y Robert Moses en París y NYC, respectivamente–; o por tener buenas razones políticas para rehacer una ciudad –básicamente salubridad y represión–, como el barón Haussmann en el París de 1850. Sin embargo, en este documental del uruguayo Guillermo Amato, ganador del festival de cine y arquitectura Arqfilmfest 2013, de Santiago, no todos “hacen ciudad” y mucho de lo que hacen en la ciudad en verdad la destruye, la deforma, o la enajena.

 

Sin embargo, la película no es sobre ellos. No son más que una enfermedad declarada; algo dado. Una elección consciente del realizador es no mostrar a los dueños de las inmobiliarias ni a los funcionarios municipales y estatales que permiten el crecimiento inorgánico de la ciudad protagonista de este documental, Ciudad de México. No es que estas personas no tengan algo que decir sino “que tal vez representaban un interés político o comercial, lo cual anulaba esta idea de darle seguimiento a la subjetividad de personas vinculadas al trabajo y a la reflexión sobre un aspecto puntual de la ciudad”, dice Amato. En otras palabras, quienes no hacen ciudad no aparecen en esta película porque sus motivaciones no son suyas propias ni tienen que ver con la ciudad, sino con intereses de otra naturaleza. En otras palabras, sólo se puede hacer ciudad cuando hay un compromiso personal con la ciudad y con mejorarla para sí y para los demás.

 

Las personas que hacen ciudad en este documental son seis arquitectos y urbanistas mexicanos cuyas trayectorias, rutinas e ideas son seguidas de manera paralela, aunque a veces confluyen en ciertos nodos. “Se trata de personas que hemos conocido en las charlas y en los trabajos previos a la realización el documental. Ellos nos interesaban por sus actividades, sus ideas y por sobre todo por sus ideales vinculados al hacer ciudad”. Ideas e ideales. Una de las grandes gracias de Hacer ciudad es la franciscana sencillez con que se planta ante estos arquitectos y se pone al servicio de sus ideas y sus visiones para que estos lleguen con total claridad y casi sin mediación al espectador. ¿Importa esto? Sí, muchísimo, y no sólo porque siempre es interesante saber lo que piensan personas inteligentes e inquietas, sino porque las ideas e ideales son también el lenguaje en el que se piensan las ciudades, del cual las piedras, vidrios y cementos no son más que registros de dispar caducidad.

 

tapa dvd
 

Las ideas que flotan por Hacer ciudad son diversas en sus alcances, materiales, espacios y factibilidad, aunque todas parten de un diagnóstico devastador sobre la situación del D.F. Las hay que tienen un carácter furtivo y guerrillero, como prótesis pensadas para mejorar un espacio puntual a bajo costo. Hay otras que se inmiscuyen en las casas de las personas para fundirse con los sueños de esas personas. Hay otras que buscan en el pasado ciertas orientaciones para el presente, y hay una que hasta sobrepasa el gigantismo de la vieja Tenochtitlan para devolverle a Ciudad de México el lago que alguna vez tuvo la capital del imperio azteca. “Fue muy emocionante recorrer las periferias informales de la ciudad y los campos vacíos donde se encontraba el lago de Texcoco. Esto significó conocer mejor algunos lugares de la ciudad que se vinculaban a la memoria, a la exclusión y a su potencial de transformación”, cuenta el realizador. Con ello, Amato resalta otro elemento que el sentido común –vestido de buen urbanismo– puede hacer por una ciudad herida, deformada, torcida y convertida en un virus: si vamos a cambiar las cosas, hay que hacerlo con lo que existe, con lo que hay. Hacer ciudad tiene entonces esa vocación de búsqueda, de ver a gente que persigue en su entorno las soluciones para los problemas grandes y pequeños de la ciudad más grande del mundo. Y aunque duele decirlo, las soluciones que plantea la película son tan interesantes precisamente porque los problemas son de una profundidad y complejidad abrumadoras.

 

Cuando se acaba el metraje de Hacer ciudad, el pensamiento prolonga la película de muchas maneras. ¿En qué quedarán todos los esfuerzos de estos arquitectos? ¿Será llenado nuevamente el lago Texcoco? ¿Se volverá el urbanismo un tema de discusión pública, con propuestas que le hagan contrapeso a la mano del mercado en el uso del suelo? ¿Se darán cuenta alguna vez las víctimas cotidianas del Transantiago de que sus cotidianas miserias son causadas por un mal urbanismo? Hacer ciudad no termina, sino que prolonga su matriz de problemas y soluciones a la propia ciudad que uno habita y padece. Hacer ciudad no sólo muestra sino que instruye al recordarnos el material utópico del que están hechos la ciudades, el que les han dado su particular forma a lo largo de la historia. Por algo la ciudad clásica es distinta de la ciudad medieval-burguesa, la que difiere de la ciudad cortesana-barroca y que a su vez se distingue de la ciudad industrial, porque cada una era animada por creencias distintas, por concepciones distintas de lo que es el hombre y de cómo debe relacionarse con los demás. ¿Qué noción del hombre y de su convivencia hay detrás de los engendros urbanos latinoamericanos como Ciudad de México, Sao Paulo, Buenos Aires o Santiago? Hacer ciudad tiene incluso un potencial revolucionario al recordarnos que lo que la ciudad hace con nosotros sí puede ser distinto. Distinto y mejor.

 
Escucha el Podcast de Juan Pablo Vilches y Christian Ramírez sobre Hacer Ciudad.

 

ACÁ PUEDES VER HACER CIUDAD

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