septiembre 18, 2014

Artículo parte de las sección: Latam

El gran circo pobre de Timoteo

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La primera vez que oí sobre el “Circo Timoteo” fue un día de navidad. Habré tenido como siete u ocho años, cuando un par de tíos dijeron entre risas que sería una buena idea ir “algún día de estos” al mentado espectáculo. El comentario fue recibido por el resto de mis parientes con recelo cordial: todos sabían lo que pasaba en el “Timoteo”, así como el peso que esto tenía dentro de la tradición oral nacional. Nadie se atrevió a tachar la idea de descabellada porque, pese a todo, respetaban al circo. Yo, por mi parte, no tenía la menor idea de lo que era el “Timoteo”. Eventualmente, alguien me contó de qué se trataba el circo y la cantidad de años que llevaba en actividad. Al saberlo se despertó en mí un respeto matizado con cierta indiferencia. ¿Cómo explicarme mejor? Honestamente, un espectáculo circense con travestis no me llama la atención. Ahí está la indiferencia. Pero dada la cantidad de años que llevan funcionando, los respeto.

 
Ahora, gracias al documental El gran circo pobre de Timoteo (2013) de Lorena Giachino Torréns, le tengo muchísimo más respeto, y la indiferencia lamentablemente se transformó en triste simpatía.

 

El documental abre con una historia narrada por René Valdés –uno de los creadores del circo–, de la que bien podríamos decir que resume toda la tesitura de lo que veremos en el resto del metraje. René, entre las pausas dramáticas pero nunca forzadas que demuestran el dominio de su arte, nos cuenta cómo uno de sus artistas murió después de una presentación. “Yo creo que es la mejor muerte, así con la gente aplaudiendo, haciendo lo que le gustaba”, concluye René. Luego hay un corte y entramos de lleno al día a día del “Timoteo”.
 
Los perros que vagan por entre las casas rodantes, los artistas que almuerzan sentados sobre tarros de pintura y que no paran de reírse, los peligrosos trabajos para armar y desarmar la carpa, el silencioso rezo de don René antes de salir a escena y, por último, todo el chabacano glamour del show en sí. Todas estas imágenes se van sucediendo con regularidad a lo largo del documental y nos hacen ver que dentro del “Timoteo” existe una microcomunidad bastante estrecha, que poco tiene que envidiarle a una familia.

 
Sin embargo, esta secuencia de sucesos, este eterno retorno a lo hechos, lejos de conformar una vigorosa rutina forjadora de éxito –como sí sucede, por ejemplo, en el documental Avant (2014) del uruguayo Juan Álvarez Neme– parecen ser más bien las tristes notas de una canción de despedida. Don René ya está pensando en el retiro, en que tiene que cuidarse porque el cuerpo ya no le da para tantos trotes. Incluso, no ve muy lejos la muerte.

 
Recuerdo una secuencia: los empleados del circo están armando la nueva carpa que, después de tanto pensarlo, don René se animó a comprar. En un momento de descanso en medio de la faena, don René dice con suma tranquilidad: “Para mí que uno se muere y ahí se queda”.
 

Pero pese a todo el ambiente que se vive en el “Timoteo” y las reflexiones de don René, el espectáculo continúa, y de buena forma por lo demás. Con más voluntad y cojones que cualquier otra cosa, los artistas de este circo se esmeran en mantener la máquina funcionando. No importa si llueve o nieva, la “loca de la cartera” y sus convidados siguen sacando risas de los espectadores, reforzados por la buena respuesta del público y por una importante dosis de fe religiosa, la que viene a ser otro puntal que mantiene junta a esta gran familia pobre.

 
Risas, lágrimas, trabajo y fe, todo esto captura la cámara de Giachino. Siempre desde una postura respetuosa y nunca sensacionalista. Y esto es un punto a destacar en este documental, ya que siendo el único circo de travestis con tanta popularidad en nuestro país, explotar conscientemente esta característica hubiese sido caer en el peor de los simplismos, mientras que caer en la condescendencia ante su exotismo también hubiese sido un error. Gianchino gravita sobre los artistas a una altura constante, lo que se traduce en la más absoluta objetividad para contar y mostrar. Y si bien son ellos mismos quienes cuentan su historia, Giachino logra esquivar lo secundario para quedarse con lo primordial de este grupo humano.

 

El gran circo pobre de Timoteo es una observación antropológica de estos artistas, como dijo su directora. Sí, de eso no hay duda, pero lo que también es este documental es el retrato de un estilo de vida –y de entretención– que lamentablemente está en vías extinción.

 
Por su capacidad de registrar certeramente este tipo de fenómenos y sucesos, el documental chileno sigue avanzando a paso firme, ojo con eso.

 

  • Juan

    atroz pelicula. lo peor

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