agosto 28, 2014

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Editorial Agosto

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Función privada

 

Empezaremos hablando de una película “privada”, una que casi unánimemente es recordada con cariño y gratitud por quienes la han visto, pero solo cuando alguien más la saca a colación. Es difícil encontrarse con gente que espontáneamente hable de esta película, porque sus admiradores parecen conservarla y atesorarla en el espacio íntimo de su memoria, tan privado como la primera vez que se toparon con nuestra “cinta heroína”: The Shawshank Redemption.

 

Porque, hay que recordarlo, esta película fracasó en los cines. La debacle de su exhibición en Estados Unidos –hace 20 años– redujo las perspectivas de éxito comercial en las salas de otros países, lo que no impidió que después se convirtiera en la película más arrendada de la historia del formato casero y que hoy figure en IMDB como la mejor película de la historia según la votación del público. Sí, por sobre El padrino y Vértigo. Esto es particularmente remarcable porque ambos clásicos superan a la cinta de Frank Darabont en dos aspectos importantísimos. Primero, a nivel masivo muchísima gente ha oído hablar de Hitchcock y otros tantos han oído hablar de Coppola, pero a Darabont lo conoce apenas una cierta cinefilia militante de la tradición clásica de Hollywood. Segundo, El padrino fue una película exitosa en las taquillas y que además ganó el Oscar; mientras que a Vértigo no le fue particularmente bien en los cines, pero dio mucho de qué hablar y encontró defensores (como Chris Marker y Brian de Palma, por nombrar algunos) que prolongaron su estela y su importancia pública hacia otras direcciones. The Shawshank Redemption, en cambio, fraguó su popularidad por caminos muy distintos: con el privado gesto de un boca a boca donde los amigos se cuentan un secreto, el que se expande por todas partes pero sigue siendo un secreto. ¿Por qué? Porque esta película nunca fue un suceso público, el tiempo en que se estrenó no coincidió con el tiempo en que se habló de ella, ni con el tiempo en que fue efectivamente vista.

 

El de esta película es un caso extremo de inexistencia pública, a pesar de tener la mejor de las valoraciones de quienes la han visto; un caso que ilustra el hecho de que “la vida social” de las películas requiere de una sincronía de exhibición-ruido-taquilla como para que estas existan e influyan… cuando pueden.

 

Con la hegemonía de las películas de franquicias de superhéroes y de otros blockbusters de origen similar, las películas “adultas” y prácticamente marginales de la cartelera tienen ínfimas posibilidades de generar un ruido, un efecto, de ser un tema de conversación que cumpla parte de la función pública del cine: ser un espejo de la realidad capaz de sugerir caminos para mejorarla. Si Rosetta (de los hermanos Dardenne) hubiera sido estrenada en el contexto cinematográfico que tenemos en Chile hoy, tal vez habría pasado sin pena ni gloria y no habría sido un catalizador de un posterior cambio en las leyes laborales, como ocurrió en Bélgica. Lo mismo habría pasado con Scum (de Alan Clarke) y los borstal en Inglaterra, o con Tropa de Elite (José Padilha) y el BOPE en Brasil. En este contexto, Machuca (Andrés Wood) no habría instalado tan lacerantemente el tema de la desigualdad en la arena política nacional.

 

Y claro, las películas con potencial relevancia pública son y serán un acorralado subconjunto de la minoría de películas acorraladas por los blockbusters y por el doblaje, por lo que las verán unos pocos, mientras que otras películas de semejantes características simplemente no llegarán a la gran pantalla. Y claro, podremos bajarlas o verlas por Youtube, dándose la paradoja de que las películas de importancia pública las veremos en funciones privadas.

 

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