julio 2, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

Drew: The Man Behind the Poster

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Uno de los temas que le fascina al cine es el cine. Era que no. El cine al final es imagen, y sin imagen –sin espejos– al narcisismo le cuesta florecer. El arte más cercano al cine es –creo– la literatura, porque ambas al final se la juegan por contar historias, crear personajes y construir mundos nuevos. Esto contribuye al ejercicio de crear a su alrededor artefactos o documentales o fanzines o elucubraciones que rozan lo que ahora se llama no-ficción. Básicamente se trata de indagar en la creación, el proceso o, para hacerle un guiño a la nueva novela de Fresán, la “parte no inventada”. Fue el cine el que inventó el documental del making of (a veces como obra maestra, a veces como vil pieza de marketing) y fue “la industria” la que se dio cuenta de que el comentario del director o de los partícipes transforma el retorno al filme en algo más que una revisión: te permite ingresar y saber, quizás, más de lo conveniente. En efecto: el cine fabrica tantas historias que, al crear otras sobre él mismo, algunas de éstas flotan en la superficie y se transforman –gracias a la máquina de la ansiedad, la trivia y el mito– en cintas hechas y derechas que a veces superan o están a la par del original que están reflejando. Recordemos colosos como Hearts of Darkness o Burdens of Dreams, dos inmensos documentales acerca de dos inmensos filmes (Apocalypse Now y Fitzcarraldo, respectivamente). O basta mirar la reciente Jodorowsky´s Dune que lleva la moral making of al extremo, puesto que Jodorowsky nunca filmó Dune y aun así la cinta de Frank Pavich es un gran documental y –quizás– la mejor de todas las cintas de Jodorowksy (leer aquí en Cinepata.com el notable artículo de Juan Pablo Vilches y descargar acá la cinta en sí).

 

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Lo cierto es que al cine se le da bien el subgénero selfie (cine sobre cine, sea ficción o documental o especulación, como la irresistible Room 237 acerca de El resplandor), no sólo por el tema visual sino porque estas cintas acerca del “backstage” son –antes que nada– buenas historias: raras, desconocidas, de redención o simplemente inmensas pero vistas desde un ángulo nuevo. Y como son acerca del cine, cuentan con imágenes para ilustrar la narración. Y no con cualquier imagen de archivo o footage nuevo, sino con imágenes (casi todo celuloide, pero también en digital) cargadas de emoción e historia, y que de alguna manera ya están en el disco duro personal del fan que accede a la cinta cinéfila-selfie. Así, la historia de un obeso travesti deja de ser un ejercicio de explotación queer y termina transformándose (entre otras cosas) en una revisión de la curiosa y mitificada obra de John Waters (el documental I´m Divine). O, para citar otra obra cinéfila-selfie, un documental acerca de un eterno actor secundario como lo es Harry Dean Stanton se transforma en una verdadera elegía, pues lo que estamos viendo es un viaje a través de muchas décadas hacia cierta sensibilidad outsider y vaquera (¿París, Texas?, ¿la Ruta 66?) que ya está desapareciendo (Partly Fiction: Harry Dean Stanton).

 

Es curioso (o quizás no tiene nada de sorprendente) que estos documentales (y tantos más) funcionan mucho más que el otro subgénero hermano cinéfilo que son “las películas de cómo se hicieron tales películas” que han ido apareciendo últimamente con cierta insistencia. Filmes como My Week with Marilyn (cómo se rodó El príncipe y la corista) o Saving Mr. Banks (cómo se armó el rodaje de Mary Poppins) o Hitchcock (el lado oscuro de Psicosis) no funcionan del todo porque compiten mano a mano con las imágenes reales (Michelle Williams no es Marilyn Monroe, Scarlett Johansson no es Janet Leigh) y cometen el torpe error de intentar condimentar historias que por sí mismas son “más-grandes-que-la-vida”. Quizás la mejor de las cintas acerca de cómo se hizo una cinta es Ed Wood, porque la cinta en que se basa es demencialmente mala y, por mucho que ha sido fetichizada, lo cierto es que pocos la han visto entera o sienten un lazo real con ella. Lo mismo sucede con los actores que participaron en ella, incluyendo un Bela Lugosi terminal. Lo que sucede en Ed Wood no es menor: la opción casi bressoniana de Tim Burton (la hizo antes de transformarse en Tim Burton) y su voluntad de aterrizar la locura y lo camp y lo bizarro de la historia, y el filme real, legitiman y hacen más verosímiles las andanzas de Ed Wood y su tropa de freaks. La cinta no es tanto acerca del backstage de la filmación de Plan 9 sino acerca de un creador que necesita filmar a toda costa. El resultado es tan notable como precioso y terminó por alterar la historia: lo que ahora se recuerda de Plan 9 del espacio exterior y de la obra de Wood es lo falso, lo filmado y concebido por Burton, lo que el director nuevo inventó o reprocesó (Martin Landau desangrándose en el set de carton piedra mientras recita un diálogo que parece de Shakespeare; Ed Wood y Orson Welles mano a mano en un bar).

 

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El otro día vi una cinta cinéfila-selfie y me hizo pensar en todo esto. Se trata de Drew: The Man Behind the Poster, un documental bastante pedestre, sin demasiado vuelo cinematográfico, pero que supera su puesta en escena y triunfa en su propósito de coronar a un desconocido (Drew Struzan) y darle el valor de arte a los afiches de cine (tanto los que él ha pintado como los afiches en general).

 

Los VHS y los DVDs aparecieron y se disiparon, pero el afiche no ha desaparecido (aunque ahora se imprimen menos). El afiche es al final lo que queda de un filme. Es la prueba fehaciente de que aquello que vimos pero no pudimos tocar existe y sigue con nosotros. Quizás ese fue uno de los grandes aportes del VHS y de sus hermanos más estilizados como el DVD y el Blue-Ray. La película pasaba a ser física, palpable y podía estar en tu pieza, en una colección en un repisa o amontonada con otras en una caja bajo tu cama. El DVD inventó los box sets, la elegante y sofisticada The Criterion Collection, los special editions. Pero todos estos soportes, incluyendo ahora los nuevos (VOD, iTunes, torrents, Netflix y streaming) dependen de un afiche para separar a un filme de otro. El poster es al final la cara del filme y en ese rostro está todo el ADN de la narración. Como dice Guillermo del Toro en la cinta sobre Struzan, el afiche es lo que abre la puerta de entrada al deseo de ver una cinta (afiche, logo, arte, todo nace del mismo germen) y el afiche finalmente se alza como una suerte de trofeo que te recuerda la experiencia.

 
Quizás por eso los afiches son tan cotizados y cuelgan en paredes de casas y oficinas y productoras de cinéfilos, productores, cineastas, actores y fans en general. Drew: The Man Behind the Poster, de Erik Sharkey, intenta dos cosas: mitificar y celebrar el arte de Struzan (el hombre que le puso el arte al término key art, que es el término aplicado a todo el material publicitario ligado a la promoción de una película) y, por otra parte, resaltar el valor que tienen estos afiches tanto para los cinéfilos como para el mundo del arte con A mayúscula. Lo primero lo logra más y para ello cuenta con el propio Drew, hoy semiretirado pues su arte es caro, lento y hecho a mano (Struzan pintaba los afiches al óleo, era un tipo pre Photoshop) y una serie de fans famosos (George Lucas, Spielberg, Harrison Ford, Michael J. Fox). La importancia que tiene un afiche para un realizador o un cinéfilo no está tan lograda, pero al ir viendo la obra de Struzan es imposible no conectar y recordar gran parte de los hits americanos de los 70 y 80. Si bien Struzan ilustró afiches para cintas serie B y hasta legitimó comedias vulgares como la saga de Locademia de policía, es su asociación con Lucas y Spielberg y Carpenter la que lo transformó en una suerte de leyenda y fue lo que hizo que cineastas más jóvenes como Frank Darabont o Guillermo del Toro hayan querido estar asociados con él.

 
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Veamos algunos de sus codiciados afiches: La guerra de las galaxias (los 6 episodios); toda la saga de Indiana Jones; The Goonies; la trilogía de Volver al futuro; Batteries not included; Coming to America con Eddie Murphy; La cosa de Carpenter; Rescate en el Barrio Chino con Kurt Russell; Negocios riesgosos con Tom Cruise; Rambo: First Blood y Blade Runner. Entre sus afiches de cintas menos exitosas está Buddy, Buddy, la última de Billy Wilder; Borderline con Charles Bronson y la comedia California Suite. Frank Darabont, uno de los productores y fans y entrevistados, le pidió en los 90 que hiciera el afiche de Sueños de fuga y no hay filme de Darabont sin afiche de Drew Struzan: The Green Mile y The Mist. Tanto Stephen King como Struzan son clave en la obra de Darabont y en The Mist, justamente, el actor Thomas Jane interpreta a un pintor de afiches de películas que luego debe enfrentarse a una niebla maligna. Su capacidad de empatizar con la “moral Spielberg” y la fantasía infantil lo hicieron la persona indicada para las primeras cintas de los Muppets, para un afiche extra de E.T. y luego para encargarse de una de las cintas de Harry Potter y de las cintas de Guillermo de Toro. Algunos expertos en diseño gráfico sostienen que sus mejores afiches son de películas que fracasaron a nivel artístico o comercial como Tarzan, el hombre mono con Bo Derek o Ser o no ser, el remake de la comedia de Lubitsch que hizo Mel Brooks.

 

El documental es una suerte de hagiografía; un merecido homenaje y termina en un Comicon con fans esperando para que Drew Struzan les firme sus afiches originales (costosas primeras ediciones, algunos de ellos). Y viendo la cinta, recordando los filmes que Struzan ilustró, recordando la emoción de ver un afiche por primera vez en el foyer de una cine, la cinta me hizo conectar con un mundo pasado, con mis afiches (los de mis películas y los afiches que he logrado obtener y coleccionar con el tiempo) y con lo importante que fueron como piezas publicitarias. Acá en Chile, los afiches, tanto de Struzan como de otros, se reproducían en lienzos gigantescos que colgaban de algunos cines (como el Santa Lucía, Metro, Lido, El Golf, Las Condes) o que se colocaban a la entrada de los cines. Esos lienzos, firmados casi todos por un tal Solís, a veces estaban muy bien hechos o a veces fallaban de manera graciosa. Muchas veces eran intervenidos y tenían el título local. Recuerdo claramente el de El enigma de otro mundo de Carpenter (cuya génesis es unos de los mejores momentos del documental), ahí en la entrada de los cines Central y Huérfanos.

 

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Desde no sé cuando que, cuando me toca estar en una conversación que tiene que ver con ir calificando y jerarquizando películas, me he percatado de que tiendo a usar la siguiente frase: “Sí, está buena, me gusta mucho, pero no sé si tendría un afiche de ella en mi casa”. ¿Qué hay detrás de esa sentencia? Supongo que lo que quiere decir –lo que quiero decir– es que tal o cual cinta puede ser una obra maestra pero quizás le falta emoción o no tiene ciertos ingredientes (secretos y no tan secretos) para que el lazo con ella sea visceral. Al final, un afiche es como una foto, una carta, una postal, un chaleco viejo. Si uno lo mantiene y lo conserva, si uno lo expone y lo luce, es que el filme –bueno o malo o mediocre– es importante para uno. Quizás por eso tuve y tengo el de Manhattan y de Interiores. Por eso tuve Alien y La marca de la pantera y Cada amigo un amor. Ahora tengo Libertad condicional y Willie and Phil. Tengo en la bodega El joven manos de tijera porque ya no me interesa y regalé Obsession de De Palma, pero mantuve y enmarqué Estallido mortal. He traído en un tubo Enter the Dragon con Bruce Lee para un amigo y sigo buscando un original de Los cuatrocientos golpes y por cierto que poseo el mejor de todos los afiches que hay de La ley de la calle. El otro día un amigo me comentó que tener tan a la vista los afiches de las películas que he filmado podría ser malinterpretado como narcisimo. Pensé un rato y dije: quizás, pero por eso no cualquiera entra a mi casa; y otra cosa, ¿sabes por qué la gente hace películas? Para tener afiches. No sé si eso es cierto pero me atrae la idea de que sea verdad. Quizás en parte lo es. Es lo que queda; es lo tangible. Es el trofeo. Es el recuerdo. Eso hice, es el recuerdo de un par de años de trabajo. Ahora me falta el precioso afiche que Margarita Thomas y Juan Pablo Riveros crearon para Locaciones. Espero ansioso que me llegue y ahora me toca pronto ir a ver las propuestas que ellos dos tienen del nuevo proyecto.
 

  • Pedro Lara

    que seco fuguet

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