agosto 29, 2014

Artículo parte de las sección: Filias y Fobias

Draft Day y La Venus de las pieles

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Filias y Fobias es la columna quincenal que Javier Porta Fouz, director de la revista El Amante (Argentina), aporta exclusivamente para Cinépata. Filias y Fobias es también el título de un libro que compila sus textos críticos sobre películas, directores, actores y otras hierbas, el que será publicado en 2014 por Ediciones UDP.


 

Son dos películas de extraordinaria intensidad. Dos películas concentradas temporalmente: una casi en tiempo real –aunque hay por lo menos dos situaciones menores que lo alteran–, la otra transcurre durante una extensa jornada laboral. Son dos películas de dos grandes directores: uno que tiene prestigio, premios, reconocimiento desde hace décadas; otro que para muchos equivocados es (o fue) apenas un director de algunos enormes éxitos de Hollywood. Son dos películas que no se han estrenado en cines ni en Chile ni en Argentina, aunque una de ellas se editará en DVD en octubre –al menos al este de la cordillera– con el título de Decisión final. Estoy hablando de estas dos películas: La Vénus à la fourrure (La Venus de las pieles) y Draft Day. Los directores: Roman Polanski e Ivan Reitman. La de Polanski formó parte de la competencia oficial de Cannes 2013. La otra, cosecha 2014, no es de esas películas que van a los festivales. Las dos son más que recomendables. Y debo decir que con el correr de los días –en realidad, a las pocas horas de verla– la de Reitman se agiganta hasta ocupar el lugar de la segunda o tercer mejor película de 2014 hasta el momento (Jersey Boys parece difícil de destronar).

 

Draft Day es sobre football americano. Bueno, no, no es sobre el juego, apenas se ven algunas jugadas. Es sobre el tenso día al que alude el título, el día en el que los equipos profesionales eligen a los jugadores que vienen de las universidades y a otros que son contratados por primera vez. Por mi parte, no tenía ni idea de qué cosa era el Draft Day ni sabía de su existencia. Pero la jornada no es solo lo descrito en este párrafo sino también un show, un negocio en sí mismo, un espectáculo institucionalizado y televisado y tan sorprendente como revelador.

 

Uno de los triunfos de la película de Reitman (que ya con la anterior No Strings Attached demostraba estar en pleno manejo de sus capacidades cinematográficas) es que nos mete en ese mundo y nos lo hace conocer sin ser nunca una cinta didáctica. El poder de describir y narrar del cine clásico parece actual con directores como Reitman, porque sabe contar, y sabe que cuando se narra con esta convicción el relato crece, se llena de ecos, de sentidos, sin caer jamás en la literalidad. Al contar un día de trabajo, al contar la pasión por el deporte desde un ángulo inusual –el centro de la película es el manager general de la institución– Reitman entrega una película sobre el mundo laboral protestante y el modo de entenderlo de quienes lo viven de manera apasionada y con esa ética particular. Esa decisión de los personajes, esa resiliencia que el cine estadounidense nos enseñó.

 

Decisiones y negociaciones previas, preocupaciones familiares y de pareja, el pasado y diversos reproches, todo se arremolina sin confusión alguna alrededor de Kevin Costner, un actor de una superioridad evidente. Costner y Reitman tienen espalda para hacer una película de suspenso deportivo, suspenso laboral y decisiones vitales, con una narrativa concisa que –segurísima de sí misma– se permite incluso florituras visuales como la de dividir y luego unir la pantalla. Una película que cuenta su historia y, claro, como todo gran cine, cuenta también un modo de ser de un país. En Estados Unidos recibió críticas tibias.

 

dvd

 

La Venus de las pieles, basada en la obra de teatro de David Ives a su vez basada en la novela de Leopold von Sacher-Masoch, es una de esas películas en las que Polanski se viste de entertainer perverso, un traje que le queda muy bien. Aquí, como en Perversa luna de hiel (Bitter Moon), su mujer Emmanuelle Seigner domina y magnetiza a la cámara. De hecho, a más de 20 años de esa película La Venus de las pieles parece erigirse en una demostración de cómo la señora Seigner puede crecer –aún más– en potencial erótico. Y hay varios puntos de contacto entre una película y otra (la irritante La muerte y la doncella no es la comparación indicada), incluso hasta una referencia directa como el cuchillo arrojado al piso (en Bitter Moon era una navaja).

 

La Venus de las pieles es una película sobre la relación entre una actriz y un director, sobre la manipulación, sobre los vasos comunicantes entre realidad y ficción y sobre el poder de la seducción (y la actuación como su sinónimo evidente). Y, entre otras cosas más, es una película sobre Emmanuelle Seigner, una actriz descomunal pero no en el sentido de cuánto puede actuar, cuánto puede cambiar en el decir, en el gesto, cuánto puede seducir con la voz y la mirada y con esos ojos así maquillados, con esa mirada hermosamente cansada que tiene desde joven y todo lo que quieran agregar.

 

Los más grandes actores y actrices hacen eso, es decir, usan sus características físicas y las manejan a la perfección, pero además hacen que la cámara y los espectadores los sigan, los veneren. Quieren que sea una necesidad bien arraigada que tengamos el deseo irrenunciable de saber cómo van a terminar ellos en esas películas. Costner y Seigner ostentan ese nivel, que va más allá de la actuación: son actores que saben vivir en el cine, a los que es fascinante verlos moverse, respirar. La película de Polanski –que tiene sólo dos protagonistas– combina a Seigner con otro de los grandes actores franceses de la actualidad: Mathieu Amalric, otro evidente animal de cine. Polanski deja que Seigner se adueñe de la película, que domine, que la fascinación por el espacio (un teatro parisino al que se llega en medio del frío y del viento después de un largo y majestuoso travelling) se convierta en la fascinación por cómo ella y sus curvas ocupan el espacio, lo subyugan.

 

Los grandes actores pueden adueñarse de los lugares, y si los directores –los sabios como Polanski o Reitman– hacen que la puesta en escena juegue su favor sin descuidar la narración, se generan estas performances ardientes que enamoran. Estas dos películas –que merecían llegar a las salas de cine del sur– son de esas en las cuales el brillo de los actores no compite con la fluidez narrativa: son películas en las que los actores se destacan porque el personaje y su mundo (el que crean o el que los precede) están antes que cualquier exhibicionismo histriónico. Los directores son así potenciadores, integradores, quienes ordenan los elementos para que estos desordenen, agiten nuestro mundo previo y nos recompensen con relatos memorables.

 

 

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