marzo 7, 2014

Artículo parte de las sección: Multisala

Doble función en el Castro Theatre

Escrito por

Etiquetas: , , ,

 

La plaza Harvey Milk está en Castro, el distrito gay de San Francisco, justo sobre la estación del metro. Esa plaza bien podría llamarse Sean Penn o Gus Van Sant. Seguro mucha de la gente que la visita a diario, o quién sabe, quizás incluso muchos de los que viven en el barrio, llegaron allí por Milk, la biopic que cuenta la vida de la primera persona abiertamente homosexual en ser elegida para ejercer un cargo público en los Estados Unidos. Yo, por lo menos, llegué por Milk.

 

La vi en Miami en el 2008, a pocos días de su estreno, en las salas de un mall gigante. En realidad fue una proyección del azar. Tenía la noche libre, mi única noche en Miami pues estaba de paso, y decidí gastarla en el cine, dispuesto a ver lo que fuera. Esa noche vi dos películas, Milk y El Sustituto, de Clint Eastwood, con Angelina Jolie haciendo todo lo posible por actuar como una mujer madura. Recuerdo que antes de comprar las entradas le pregunté al tipo de la boletería, dos o tres veces, si estaba seguro de que no me perdería el comienzo de la segunda función y él me dijo que no me preocupara, en el rostro una sonrisa que pudo ser de complicidad, burla o compasión. Recuerdo que Milk me gustó más, mucho más, que El Sustituto.

 

Cinco años después llegué a “Frisco” –como le decía Kerouac– y en Castro la cara de Harvey Milk, el verdadero, se reproducía en tiendas y en bares, en restaurantes y en boutiques: si el rostro de Sean Penn en el afiche lo volvió un momento inolvidable del cine, su vida real, potenciada sin duda por la cinta, lo ha transformado en un símbolo patrio. Castro es, obvio, un planeta gay, una especie de mundo bizarro para un heterosexual del tercer mundo que pone a prueba tus principios supuestamente liberales y posmodernos. Uno se cansa pronto de ver revistas mostrando hombres musculosos y de piel aceitada en tanga, o los maniquíes con pupera (polera sin mangas) a rayas, estilo marinero y ceñida al torso inanimado. Además, confieso, me cansé de ver tantos hombres delgados, bien vestidos y bien peinados, cosas que para mí son imposibles. Pensé en la introducción de un capítulo de Seinfeld en la que Jerry, durante su clásico monólogo, dice: mis amigos piensan que soy gay porque soy flaco y mi apartamento está limpio.

 
castro_theater
 
En el número 429 de la calle que da nombre al distrito hay un letrero enorme que dice CASTRO, en vertical, hacia abajo, flotando sobre una marquesina. Es el Castro Theatre, también conocido como movie palace: el palacio de las películas. La construcción es de 1922, tiene 1407 butacas y programación alternativa. Mientras en la vía pública se multiplicaban afiches de El Gran Gatsby, The Hangover III y After Earth, el cine de Castro, que cambia de títulos prácticamente todos los días (la noche anterior, por ejemplo, habían pasado Grease en formato sing-along), ofrecía una doble función protagonizada por Spring Breakers, de Harmony Korine, y Enter The Void, la cinta de Gaspar Noé modelo 2009. Casi cinco horas de cine y de corrido.
 

Hay quienes conocen ciudades tachando los nombres de sitios emblemáticos en una lista, llegando y sonriendo y subiendo las fotos para comprobar que sí, están ahí donde dijeron que iban a estar, y sí, el lugar es increíble y somos muy felices. Otros vamos a las salas de cine dondequiera que estemos, incluso a las de las cadenas que son todas iguales, y conocemos la ciudad por ese lado. Una película también es el lugar y el momento en que la viste. Una ciudad también es las películas que viste mientras estabas allí.

 
La función arrancó con música. El sonido de un órgano antiguo, como de película muda o juego de la NBA, empezó a salir por pipas metálicas que se abrían y se cerraban como las escamas de un pez de bronce a los costados del escenario. La pantalla aún estaba cubierta por un telón de terciopelo rojo y desde la fosa –es, después de todo, un teatro– se levantó un Wurlitzer modelo Hope-Jones Orchestra, original, fabricado en Cincinnati antes de 1922. El órgano tenía cuatro pisos de teclas, coronados por una hilera interminable de botones en la parte superior, y el señor que lo tocaba parecía tener, a su vez, una hilera interminable de años sentado frente al Wurlitzer. La gente aplaudía y gritaba y silbaba como en un evento deportivo cuando, moviendo los zapatos de pedal a pedal, el organista subía el volumen y aceleraba el trote de sus dedos, sacudiendo los hombros con gesto tropical. Tras veinte minutos de ininterrumpido virtuosismo, el anciano se levantó, miró al público, hizo una reverencia y se retiró arropado por una ovación en dolby surround.

 

Primera función: Spring Breakers
 
La calma llegó con la oscuridad. El telón de terciopelo rojo se corrió hacia los lados y aparecieron los créditos fosforescentes de Spring Breakers. Harmony Korine ya no es ese niño flaco, medio jorobado, que a los 19 años escribió el guión de Kids para Larry Clark y que, en el show de David Letterman en 1995, cuando se estrenó la película y él ya había cumplido los 22, aún estaba pasando por cambios de voz y apenas respondía a las preguntas del anfitrión con algún chiste malo, rascándose los muslos de los nervios. Ahora Korine tiene 40 años, canas en la barba, una voz todavía incómoda y una carrera como pocas: ha hecho películas, instalaciones, libros de fotografía, fanzines, antologías de chistes malos. Y filma mejor que antes.
 

“Nosotras podemos hacer esto, sólo piensen que es un videojuego”, dice una de las chicas de Spring Breakers para convencer a sus amigas de asaltar una cafetería y conseguir dinero para largarse de vacaciones a la soleada Florida. En la secuencia inicial, un festejo playero con cervezas y culos y tetas meneándose en la arena, Korine muestra un paraíso salvaje y dañado, un lugar en el que pasarán muchas cosas de las que nadie podrá acordarse después: es esa juventud norteamericana que no puede beber hasta los 21 años, que empieza tarde y por eso se revienta. El Spring Break, que para nosotros serían las vacaciones de semana santa, es una licencia en la vida de las cuatro Lolitas protagonistas que Korine filma con las ganas de un adolescente pajero y la nostalgia de un viejo verde: en shorts, en bikini, topless, borrachas y jaladas, dejando espacio para momentos de ternura, amistad y reflexión en los paréntesis de sobriedad.

 

spring-breakers-518e27fe36417
 

“Miren todas mis cosas, éste es el sueño americano”, dice Alien, un rapero que mantiene su carrera musical traficando drogas, cuando le pone el pecho a dos clases distintas de perfume Calvin Klein. De acento y moral hip-hop, llevado a cabo por un James Franco de rastas y dientes de plata que merece hands in the air like you just don’t care, Alien es el videojuego hecho realidad, un personaje casi fantástico que vio Scarface demasiadas veces (está en loop en la tele de su cuarto, frente a la cama llena de armas), que cree que será joven por siempre y que canta Britney Spears sentado al piano que tiene al pie de su piscina. Ese momento, contra todo pronóstico, es conmovedor: las protagonistas, convertidas en la troupe personal de Alien, bailan prendidas a sus armas como si fueran románticos tubos de pole dance, sus cabezas cubiertas por máscaras fosforescentes, un unicornio sobre los ojos, y Alien invoca el espíritu del ángel caído en el pozo sin fondo de los frappuccinos de Starbucks. Luego, un trío bajo el agua. Alien es todo lo que los videos de rap prometen. Alien es América.
 

Si algo queda de niño en Harmony Korine son las escenas en las que provoca por provocar, sin más afán que llamar la atención, como un chico solo que necesita compañía. Pero aun entonces, cuando los cuerpos pegajosos después de un día en la playa se mezclan en hilos babosos de licor, cuando el rastro de coca en el abdomen de una niña camina hacia su ombligo, hay un pedazo de revancha personal. Los colores de Spring Breakers, los tonos de los bikinis y esas luces disco que aparecen incluso durante el atardecer, son el brillo alegre y corrupto en los anhelos de sus personajes. El mismo brillo de muslos tensos en esos planos que se meten entre las piernas. La piel de las chichas que quise tocar desde mi asiento antes de que terminaran de convertirse en película.

 

Segunda función : Enter The Void.

 

Hubo un tiempo en que todos hablaban de Irreversible, la cinta de Gaspar Noé que cuenta de adelante hacia atrás la historia de una feroz violación y sus consecuencias. Yo también la vi pero no podría volver a verla y he aprendido a desconfiar de las películas que no podría volver a ver. Debí haber pensado en eso antes de embarcarme en las tres horas que involucra Enter The Void y evitarme la entrada al vacío. La pregunta, entonces, es, ¿por qué no me salí de la sala? Las razones, varias, tienen que ver con el cine y con todo lo demás también.

 

Para cuando llegué al Castro Theatre llevaba un par de días en San Francisco. Estaba en una misión periodística y debía regresar a mi país con un artículo para la sección viajes. En un acto de rebeldía y pereza, decidí no hacer una lista de sitios importantes sino, a partir de ciertos intereses personales, andar un poco a la deriva y dejar que fuera la ciudad la que me hablara. Fracasé miserablemente. A las pocas horas estaba tratando de descifrar el mapa que me habían dado en el hostal buscando, precisamente, esos lugares que todo el mundo dice que hay que visitar. Anduve cuadras colina arriba y colina abajo, como una mascota extraviada, y encontré poco hasta que encontré el cine.

 

Viendo Enter The Void o, mejor dicho, obligado a pensar en otras cosas mientras la veía, me di cuenta de que me había quedado en la sala para evadir lo que debía enfrentar fuera de ella. Sí, es verdad, aunque bastaron pocos minutos para saber que no me gustaría o que, digamos, no era mi tipo, me decía una y otra vez dale una oportunidad, se va a poner buena, se va a poner mejor. Sí, es verdad, había un complejo que no me permitía abandonar la sala: nadie se levantó, nadie se fue, ¿era yo el único que no entendía lo que estaba pasando? Y sí, también es verdad, de haberme ido del cine en ese momento, no habría sabido dónde ir. Y no quería estar perdido de nuevo.
 
kwIUsDZgP3JUqWEuk5X3lt5XzBi
 
En la cinta de Noé, un joven instalado en Tokio con aspiraciones de DJ y realidades de junky/dealer, muere en el baño de una discoteca. Esto pasa en los primeros diez o, a lo mucho, quince minutos de película; todo lo demás, tooodo lo demás, es el alma del tipo repasando los días anteriores a su muerte y buscando entre sus recuerdos de infancia (una infancia traumática, marcada por la muerte de sus padres en un accidente) el origen de la bondad. Horas antes de llegar al cine, yo había deambulado como esa alma en pena por las calles de San Francisco, diciéndome, antes de doblar cada esquina, dale una oportunidad, se va a poner buena. Lo mismo que le decía a Enter The Void porque, mal que mal, se lo estaba diciendo a mi día, a mi vida. Entré al cine sabiendo que si las películas estaban buenas mi día estaría solucionado, no por mí, es verdad, pero solucionado. Puede que dejar el destino en manos de una película sea irresponsable, cobarde, la manera más patética de no hacerse cargo de tus asuntos, pero es una forma de arreglar las cosas.

 

Mientras veía Spring Breakers tenía la sensación de que el día de naufragio había cobrado sentido. Ahí estaba, divirtiéndome y morboseando a las Lolitas mientras mis manos hacían, inconscientes, gestos torpes de gangsta rap, un ritmo que James Franco comprendió y absorbió para su papel, pero que no es apto para blancos. Viendo Enter The Void, en cambio, los cuestionamientos hacia la razón y el resultado de mi viaje volvían en primer plano, con esa perturbada voz en off que hace eco en la cabeza, incorpórea como la del narrador de la cinta, diciendo esto no se está poniendo bueno. Una película en contra puede hacerte sentir que todo lo que pasa fuera de la pantalla tampoco está funcionando. Y, repito, no salía de la sala de cine, era incapaz de hacerlo. Ahí adentro podía –pude, lo hice– echarle la culpa a Gaspar Noé, podía putearlo y decirle “me estafaste, cabrón, déjate de instalaciones, esto no es el museo de arte moderno, haz el favor de contarme algo”. Allá afuera el único responsable de la trama era yo.

 

Me banqué las tres horas de película hundido en mi butaca, consciente de que eso era, al fin y al cabo, hacer algo, mientras que volver al hostal era, en términos formales, hacer nada y para eso bien podría haberme quedado en casa, a miles de kilómetros de distancia. Enter The Void, lo reconozco, tiene momentos sorprendentes y una fotografía increíble con tendencia a la hiperactividad (trivia: Benoît Debie, el fotógrafo, es el mismo de Spring Breakers y será el encargado de encuadrar How To Catch a Monster, el debut de Ryan Gosling como director). La película entera podría haber sucedido dentro de una maqueta fluorescente, como ocurre hacia el final (uno de tantos momentos en los que crees que ya, ya mismo termina, pero no, sigue), y apoyarse con más confianza en el afecto que el DJ siente por su hermana menor, en cuyo útero termina resucitando (así como lo oyen), un desenlace que, por otro lado, se huele por lo menos a una hora de distancia. Pero el cine de vanguardia le tiene miedo a los sentimientos y yo tenía miedo a enfrentar los míos.

 

La doble función en el Castro Theatre terminó pasada la media noche. El consuelo fue doble, al final de Enter The Void hubo un suspiro de alivio colectivo y un par de risas resignadas que sólo podían significar una cosa: habiendo tantas otras cosas que hacer… Pero claro, fuimos al cine justo para huir de esas cosas. La otra parte del consuelo era saber, estar seguro, de que lo conveniente era regresar al hostal, dormir temprano para despertar temprano y, ahora sí, aprovechar todo el día conociendo lo mejor de la ciudad.

 

Cuando llegué a la habitación, el tipo de la litera de al lado me preguntó qué había hecho, le conté que fui al cine a ver dos películas, una de ellas, la más larga del mundo. ¿Dos películas?, wow, dijo, y se rió, seguramente pensando, ¿who the fuck viene a San Francisco para ir al cine? Él ya estaba arropado, había empezado a beber desde temprano y mañana, decía, saldría con unas chicas que había conocido en un bar.

 

Al día siguiente, después del desayuno, tracé un recorrido para el día, le di una oportunidad al turismo ortodoxo de itinerarios y las cosas mejoraron, se pusieron buenas. Por la noche volví al cine.

 

Publicado originalmente en El Amante.

 

 

  • C.N.

    Sólo ví y nos fue impuesta, la introducción de Spring Breakers. Nos mirabamos las caras. Conteníamos la respiración. Se está burlando de nosotros? está mandando al diablo su nota oral? nos preguntábamos. Una chica de la clase había escogido trabajar sobre la música y las imágenes en esa película. Luego pasó la parte donde Alien toca y canta Everytime de la gran Britney. El profe, que es Grandioso, la mandó sí, allí mismo. Es que la chica se mandó a hablar 15 minutos sobre la estética de la introducción y de los ritmos repetitivos y casi nada de la segunda escena. “Pero la otra escena es mucho más interesante” le dijo él. “El principio repite los códigos sexistas y misóginos de los videos de raperos”. Realmente se puede hacer una reflexión utilizando exactamente el “lenguaje” de lo que se pretende (se pretende?) cuestionar? Luego,en la parte de Alien al piano, el profe: “Ahí existe una verdadera discordancia entre imagen y sonido, la dulce voz de Britney y la gente que sufre y la violencia extrema”. Yo anduve pensando en eso y creo que esa es la gracia de esa película, que plantea preguntas. No sé si Korine esté burlándose de esa juventud, creo que nos muestra el asunto y nos deja toda la libertad y responsabilidad del mundo para interpretarla. Y Britney que yo subestimaba, compuso la letra y música de Everytime.

ARTÍCULOS RELACIONADOS