septiembre 4, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

Calvary

Escrito por

Etiquetas: , , , ,

 

Hacia el Gólgota

 

It’s easy to see without looking too far,

That not much is really sacred

 

Idear y filmar una película centrada en un sacerdote –uno que no ha cometido crimen ni delito, ni anda por ahí luchando contra seres demoniacos– no debe ser nada fácil. No es una idea que me entusiasme a escribir unas líneas, una con la cual yo empatice. Los riesgos de caer en mensajitos edificantes, dulzones y moralistas, o en el proselitismo ateo y simplón, están a cada paso. Pero la fuerza del guión, los recovecos y complejidades del personaje interpretado por Brendan Gleeson y la presencia cinematográfica de este actorazo tantas veces desaprovechado –aparece prácticamente en todas las escenas y nunca nos cansamos–, sostienen sin tambaleos el peso y la tensión provocada por los temas que mueven a Calvary. En el filme se palpita una búsqueda del significado del perdón, la culpa y el arrepentimiento, más una sensación general y subyacente acerca del vacío que en el último tiempo ha dejado la deslegitimación de las autoridades e instituciones de diversa índole –eclesiásticas, políticas o económicas– y cómo ese vacío ha modificado la forma en que nos relacionamos, junto con la pérdida de sentido que eso puede suponer.

 

Apenas comienza la película vemos la figura de Gleeson, con su barba blanca y anaranjada, pensativo, sentado bajo la tenue luz del confesionario, esperando. La cámara se queda fija en él, mientras escuchamos que alguien entra del otro lado. La cámara sigue fija, la conversación avanza. El rostro de Gleeson va desde la calma a la sorpresa, desde la preocupación y el desconsuelo, a una auténtica y profunda compasión: con la cámara aún fija, del otro lado un hombre le cuenta gráficamente cómo de niño fue abusado por un cura, reiteradamente durante cinco años. Con el dolor de saber que las palabras sobran, que por más que quiera no hay mucho que pueda decir para ayudarle, el personaje de Gleeson (el Padre James) se lamenta –se lamenta de verdad– por no ser capaz de cumplir con su función de socorro. Pero el hombre del otro lado no quiere socorro, él ha venido a otra cosa. Tras un razonamiento algo retorcido, esta persona viene a avisarle a James que dentro de una semana lo va a matar, en una suerte de venganza fabricada para resarcir el menoscabo sufrido: ¿qué propósito tiene matar a un cura malo?, dice él, la gracia está en matar a uno bueno. Eso sí que es un golpe grande, argumenta, ahí sí que se compensa la balanza.

 

Con una premisa de este tipo –todavía no corren ni cinco minutos del metraje– uno puede creer que todo lo que viene consistirá en saber quién prorrumpió la amenaza y planea ejecutarla, con giros inesperados y pistas falsas… pero no puede estar más lejos de eso. Esto no es un thriller. James está suficientemente seguro de quién fue el visitante. Este es un pueblo chico y, aunque ni él ni nosotros le hayamos visto la cara, reconoce su voz y sus formas. Por lo demás, el hecho pronto deja de importarnos, a medida de que vamos descubriendo a James, un personaje dañado, con un pasado poco convencional que dejó muchas cicatrices y heridas que aún no terminan de sanar. Un tipo con asuntos pendientes, pero con esperanzas en las que aún cree y se aferra. A fin de cuentas, un hombre nada más, con sus problemas e inquietudes, con el cual invariablemente vamos a empatizar. Y de nuevo: lograr que uno empatice con el protagonista cuando este es un sacerdote, no es nada fácil.

 

Vestido a la antigua, con una sotana negra que en su enorme cuerpo más parece un uniforme militar que uno religioso, James camina con paso firme por algún rincón de Irlanda, con un aire melancólico, como añorando otras épocas, otros ideales. Así, mientras lo acompañamos en sus labores como clérigo, pero sobre todo como persona, como miembro de una comunidad, vamos conociendo a los diversos pobladores de esta villa costera, cual más cínico y descreído que el siguiente. Si bien varios de ellos pueden parecer estereotipados, cada uno funciona como la pieza de una alegoría de algo más grande, construyendo los diálogos e imágenes que cimentan una contemplación desprejuiciada y sin miramientos, que medita sobre la reconfiguración conceptual de estamentos que cada vez resisten menos al escrutinio público. También en Irlanda, la misa ha terminado . Pero la película nos hace partícipes de esa contemplación sin imponer o forzar una agenda, menos aun una evangelizadora. Simplemente nos sugiere, seriamente, que volvamos a preguntarnos algunas cosas. Si queremos, claro.

 

Esta es la segunda película del director John Michael McDonagh (hermano de Martin, de In Bruges y Seven Psychopaths), y la segunda vez que trabaja con Brendan Gleeson. Su sorpresivo y refrescante debut en 2011, con la comedia negra The Guard, conquistó a gran parte de la crítica y sobre todo a la audiencia. Ahora, los que esperan encontrar en Calvary los mismos elementos que disfrutamos de The Guard, quizás se lleven una decepción, pues el filme transita por una frecuencia muy distante. Si bien a veces las líneas se cruzan y las dosis de agudo humor persisten, estas no predominan sino que están ahí –no para hacernos reír– sino para reforzar el inquebrantable fatalismo de la película, con un protagonista que llegará hasta las últimas consecuencias para hacer valer sus principios cuando todo parece haberse banalizado.

 

ARTÍCULOS RELACIONADOS