septiembre 1, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

Cae la noche en Bucarest

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Corneliu Porumboiu es un espolón de la mediática explosión del cine rumano acontecida hace ya casi una década. Tal como en los filmes de sus compatriotas –Mungiu, Puiu, Jude, Cristian Nemescu–, usa el estudio de la miseria como puerta de entrada a su propio país: la cultura, la sociedad civil, las reverberaciones del socialismo en la historia reciente y, conectando este conjunto de referencias, la lengua rumana, de origen latino, motivo a la vez de arraigo y parálisis.

 

Cae la noche en Bucarest parte reflexionando acerca del cine. Paul (Bogdan Dumitrache) dirige una película modesta que se encuentra en sus últimas semanas de rodaje, y en una noche le habla a Alina (Diana Avramut), su actriz principal, acerca del avance de la tecnología digital sobre el celuloide, panorama que él deplora porque va contra su noción de los límites. Límites de tiempo, dice él, aunque también podría ser economía general. Los principios de Paul, en principio, son sostenidos por Porumboiu en su filme: 17 planos, la mayoría fijos y unos pocos móviles, diálogos escuetos, pocos escenarios (un departamento, un hotel, un auto) y dos papeles centrales (realizador y actriz).

 

Poco a poco, y sin énfasis, Porumboiu devela las flaquezas de Paul y Alina. El primero es un cineasta irresoluto, su poética es presuntuosa, su guión no cuadra y lleva un romance fallido con Alina, actriz menos ilustrada que él, y que volvió de Francia tras fracasar. Por su parte, Magda (Mihaela Sirbu), la productora del proyecto, quien conmina a Paul a hacerse una endoscopía para comprobar una úlcera y cobrar así el dinero de un seguro, no es menos miserable. Es evidente que son personajes angustiosamente corrientes, aunque también hondamente dañados.

 

Porumboiu no se apura, y así construye su discurso: ladrillo tras ladrillo, primero el de la ficción y sus elucubraciones, y luego el de la realidad y sus experiencias, que viene a refutar al anterior sin tesis ni pedagogía. Y en ciertos instantes a punta de carne, sexo o secreciones.

 

Hay en este cine tanto o más compromiso político que en el muchos realizadores que se apoyan en herramientas como el didactismo y la retórica, o que buscan poesía visual donde solo existe alienación. Y esto ocurre porque la moral de Porumboiu está por encima de esos polos: es un desencanto visceral (¿metabólico?) y altamente controlado de la Rumania post-Ceaucescu, ejecutado de manera tan descarnada como elegante en sus trabajos anteriores, 12:08: al este de Bucarest y Policía, adjetivo. Ambas se concentraban no en la teoría, sino en la praxis de la enajenación: cómo vivían un jubilado, un profesor o un policía, cuando los espejismos del idioma y la ley controlaban sus vidas.

 

En esa misma línea, pero abordando una dimensión estructural del lenguaje, Cae la noche… trata del estilo, es decir, la congruencia entre contenido y forma, donde la imagen no debe ser el fin, sino el medio para comunicar una visión de mundo. Porumboiu visibiliza esta idea cuando, tras ensayar y discutir una escena que aspira a la metáfora, Paul y Alina la representan exactamente durante su rutina, pero sin necesidad de subtexto. Allí provoca el roce entre el narrador contradictorio (Paul) y el narrador coherente (Porumboiu), que acusa no solo la ilusión del cine, sino la de su Bucarest personal, sus ciudadanos y sus conductas.

 

Balanceando contención y delirio, realismo y absurdo, Cae la noche… funciona como la declaración de principios fílmicos de Porombuiu o, dicho de otro modo, como el marco teórico para entender toda su obra. La obra lúcida de un rumano moralista y burlón.

 

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