septiembre 19, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

Boyhood

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Había una duda instalada en los rincones cinéfilos. ¿Richard Linklater podría filmar una gran película que no fuera parte del mundo de Jesse y Céline, protagonistas de la trilogía Antes de…? Boyhood, su última realización, es la respuesta. Sí, pudo. Lo hizo. No es que hubiera dudas sobre su calidad como cineasta. Tiene unas cuantas cintas más que respetables, pero nada superaba a las realizaciones protagonizadas por Ethan Hawke y Julie Delpy. El tiempo dirá si Boyhood es superior a ellas, pero es claro que contiene algunos de los mejores y más emotivos momentos que Linklater ha entregado al cine. Estamos frente a una obra extraordinaria, sencilla, íntima y sentida.

 

La cinta es en muchos sentidos un salto al vacío. En primera instancia es un desafío descomunal de producción y compromiso: fue rodada en un lapso de doce años y en no más de treinta y nueve jornadas de filmación. La historia sigue a un niño un tanto retraído y para adentro (Mason Jr.) y a su familia. Sus padres están separados y él vive con su madre y con su hermana. Esos doce años de trabajo y vida se convierten en dos horas y cuarenta y seis minutos de película. Es larga para cualquier estándar y con esa duración fácilmente se podría caer en el prejuicio de imaginarla como una película de cine arte pedante y megalómana.
 

Nada de eso. Ciertamente no es una película masiva, algunos dirán que es lenta y que no pasa mucho. Lo que nos muestra es todo lo contrario a peleas, carreras de autos o grandes dramas. Lo que muestra es, quizá, una forma más humilde, sencilla y leal de pensar el sueño americano. No hacen falta grandes historias de superación de la pobreza, esfuerzos descomunales, traiciones galácticas ni codicia desmesurada. Su materia prima está en la vida, momentos cotidianos, sin mayor épica: una mirada, un cambio de casa, un cambio de escuela, un paseo, una fiesta, mucha conversación. Hay momentos en que los personajes sólo hablan. Está construida sobre la base de casi puro diálogo porque Linklater (también guionista) cree en las palabras. Una película donde la magia no está en los bosques o en los elfos (como le pregunta Mason Jr. a su padre en su primer momento de descreimiento) sino que en la realidad, en lo cotidiano, en el lenguaje.

 
Linklater una vez más demuestra que es depositario de un don que pocos cineastas poseen: en sus mejores momentos, cuando está contando una historia de amor o de cómo un niño se convierte en adulto hace que aflore nuestra memoria emotiva. Es imposible que no se comiencen a mezclar sus imágenes con nuestros recuerdos de alguna fiesta, la primera borrachera, la relación con los hermanos.

 

Boyhood es por sobre todo una película acerca del paso del tiempo. La historia de Mason Jr. y su familia nos habla de niños convirtiéndose en adultos (sí, en Norteamérica te vas de casa y ya eres adulto a los dieciocho años) y padres que envejecen. Los mejores momentos de la cinta muestran ese devenir a través de pequeños momentos, de conversaciones en las que se revela la vida. Un buen ejemplo es la escena donde la madre de Mason Jr. (Patricia Arquette) llora porque cree que su hijo no está nada triste por irse. Dice que es el peor día de su vida, que su vida se pasó rápido, se casó, tuvo hijos, se divorció, le enseñó a andar en bicicleta, se volvió a divorciar, consiguió una maestría y el trabajo que buscaba, mandó a sus hijos a la universidad: “¿Sabes qué sigue? It’s my fucking funeral!!”. Masón le pregunta: “¿No te estás saltando unos cuarenta años?”.

 

Los personajes crecen, cambian con el paso de los años, pero ¿lo hacen sustancialmente? Ya Ethan Hawke (que aquí es el padre) decía en Antes del atardecer que la personas cambiaban, pero siempre dentro unos márgenes que nos permitían seguir siendo nosotros mismos. Claramente, Mason Jr. y los suyos al final no son los mismos que al principio, pero él sigue expresando menos de lo que siente, sigue un tanto autista. Habrá tenido novia (grandes decisiones las de no mostrar el quiebre ni los primeros besos ni la primera relación sexual: el imperio de la elipsis) y amigos, pero a fin de cuentas no se siente muy a gusto en el mundo. Le repele más que atrae la hipertecnologización. No es extraño, entonces, que Boyhood también sea, en una parte, la historia de un artista; de un personaje que para sacarse todo lo que tiene dentro necesita un medio, y en este caso es la fotografía.

 

Si su referente más obvio en la propia filmografía de Linklater es la trilogía Antes de…, también levanta sólidos puentes con esa cinta traviesa y de culto que es Dazed and Confused (1993). En ambas, el centro está en jóvenes ad portas de ese cambio radical y decisivo que es la entrada a la madurez representado por la partida del hogar y la llegada a la universidad. Y no es casual que en ambas cintas algunas de las últimas escenas muestren a chicos conduciendo por la carreta en señal de un mundo por descubrir. Son los momentos de las grandes decisiones y las cintas parecieran decir que no importa qué ruta tomes, siempre y cuando seas sincero contigo mismo. Uno de los personajes de la cinta de 1993 confiesa que si en algún momento dice que esos fueron los mejores años de su vida le recuerden suicidarse. Algo similar hace la madre de Mason cuando les dice a sus hijos que no miren hacia atrás al dejar a su segundo marido o cuando, ya casi al final, confiesa que su vida ha sido una seguidilla de malas decisiones y que está dispuesta a comenzar de nuevo. Son jóvenes que se van y adultos en formación. Todos están medio desorientados, pero todos tratan de hacer lo mejor que pueden. Por ello la noción de presente es tan importante en los dos films, es “ahora” donde se juega todo.

 

Y, quizá, su espíritu está condensado en la escena final: palabras, seducción, miradas elusivas, sonrisas y Deep Blue de Arcade Fire sonando de fondo (Here/ In my place and time/ And here in my own skin/ I can finally begin…/ Tomorrow means nothing).

 

También es, en otra parte, una demostración de que la familia no está constituida sólo por padres e hijos, que no es definitiva y que a lo largo de tu vida muchas personas pueden formar parte de ella. Puedes tener un hogar con una mujer jefe de familia y ver a tu padre algún fin de semana y eso no significa que las cosas vayan a salir mal.
 
A veces tengo la mala inclinación de construir una imagen de la personalidad de los directores a partir de sus películas. A Cronenberg lo veo como un tipo perverso; Haneke se me antoja un pesado, latoso y pervertido; Woody Allen, un bipolar; Kubrick, un pedante; Scorsese, un atormentado. De Richard Linklater me he hecho la imagen de un buen tipo. Ningún miserable sería capaz de filmar con el cariño con el que están filmados estos personajes. Linklater narra y muestra la vida, y lo hace con el corazón.

 
Este proyecto tiene dimensiones gigantescas en cuanto a producción, pero a la vez tiene como resultado una mirada íntima, sencilla, casi un susurro; es una alternativa rara en estos tiempos. Es probable que no tenga la distribución que se merece y es probable que como el espectador promedio ya está moldeado con otro tipo de cosas tampoco tenga un gran impacto social. Mala cosa. Nadie debería perderse la posibilidad de ver esta película enorme.

 

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