septiembre 17, 2014

Artículo parte de las sección: Torrentes

A most wanted man

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Este tipo, mitad ruso, mitad checheno, llega a Hamburgo (Alemania) de forma ilegal a reclamar una herencia. Ese es su único objetivo. Sin embargo, al poco tiempo se da cuenta de que es perseguido por las inteligencias alemana y norteamericana. Él, Issa Karpov (Grigoriy Dobrygin), ferviente musulmán, se hace parte de la comunidad islámica de la ciudad buscando algo de protección. Allí conoce a Annabel Richter (Rachel McAdams), una abogada de izquierda defensora de los derechos civiles a quien contrata para impedir su deportación y salida del país. Para ello deberán enfrentarse a un viejo heredero bancario a punto de la quiebra total. Y he aquí entonces que se forma un controvertido triángulo personal justo en medio del impacto mundial por el atentado a las torres gemelas.

 

Desde la nación Alemana, Issa es perseguido por Günther Bachmann (Phillip Seymour Hoffman) un solitario agente secreto de conciencia intranquila muy bien interpretado por el fallecido actor. Por parte de la CIA, es también blanco de interés de la agente Martha Sullivan (Robin Wright), constituyéndose esta cacería en una constante pugna entre influencias políticas y geopolíticas de Washington y la Unión Europea. Así, bajo un nuevo orden global emergente y mediante una trama de misterio internacional, se forja una historia que presenta bajo el mismo valor la lucha contra el terrorismo islámico, la resaca postcomunista (similar a Lord of War de Andrew Niccol) y el lavado de dinero internacional.

 

Siendo este el proyecto cinematográfico más ambicioso de Corbijn (al parecer) y, como muchos coincidirán, definitivamente mejor que El Americano (2010), es también un filme que evidencia ciertas carencias en la forma de narrar del director. Uno que ha visto el trabajo de A. Fuguet (Se arrienda, Velódromo) y de la Sofía Coppola (Lost in Translation, Somewhere) lo sabe y lo aprecia. Sin embargo, tiene algo a su favor, tal vez mucho, diría yo. Y es que la película muestra una rigurosa estética fotográfica y un acabado casi perfecto de las atmósferas que crea. Lo que es, al menos, sorprendente si consideramos que es un filme de Corbijn. Siguiendo con eso, creo que la cinta muestra una elegancia poco frecuente que elude y extingue la acción para concentrarse en los rostros, las miradas y los detalles subjetivos de sus personajes. Lo cual se agradece.

 

Es necesario destacar, además, ese tono azul oscuro que acompaña una parte sustancial de la película y que permite –y pretende quizás– emular un lúgubre escenario teatral iluminado por focos de lente azul y cenitales sombríos. Así también son sublimes los pequeños detalles del entorno donde los personajes están casi obligados a sobresalir. Siempre bajo un tenue, pero escalofriante a la vez, sentido del suspenso y la ansiedad. Todo es solemne y sin apuros. Demasiado elegante para un tema como el que desarrolla la cinta y muy distinto a las típicas películas de espionaje y conflictos internacionales. Hay que hacer un guiño también a la música. Esta es sutil (extraño, ¿no?), lo que otorga un complemento adicional a la carente narrativa. De esta forma, en algunos pasajes, la música reemplaza al guion y los diálogos. Siendo momentos que se disfrutan y no pasan inadvertidos.

 
Ahora bien, el filme posee y proyecta un particular y bien logrado retrato de la actualidad geopolítica mundial, donde el dinero, el poder, la religión, la política, las armas y la muerte se confunden en un des-orden global tal vez sin precedentes en la historia. Y que, de una u otra manera, aunque no queramos, nos hace sentir que somos parte de un modelo de vida orientado a la destrucción y destinado a su autodestrucción. Y, aunque nos duela, estos son temas recurrentes en nuestra época que llenan y llenan diarios y noticieros mundiales. Hoy en día occidente no tiene un enemigo claro, no un país al menos. Hoy el enemigo son facciones como Isis o Al Qaeda, grupos humanos diversos sin nación que habitan distintos países aunados por la fe y la esperanza puestas en función de expulsar al enemigo de sus tierras santas, sagradas y milenarias.

 

La historia trata en gran medida sobre el Islam y, en particular, sobre un tipo de islamismo radical que camufla la violencia de sus actos entre las páginas del Corán y la fe de sus miembros. En la cinta se hace énfasis en la diferencia entre la religión y las sectas extremistas empeñadas en la jihad (guerra santa). Pero también muestra cómo ambos mundos pueden ser a veces mutuamente influyentes e interdependientes. Podemos ver incluso como el agente Günther Bachmann sugiere irónicamente que Issa es tal vez un hijo de Dios que ha venido a salvarnos. ¿Será acaso la voluntad de Dios una orden moral y emocional para asesinar personas? No lo sé. No lo creo, además. Pero sí estoy seguro de que este tipo de rival o enemigo –ese que muere en nombre de Dios y no por un país– es el más temible de todos.

 

Ahora bien, desde otro punto de vista, A most wanted man refleja cabalmente el nivel casi terrorífico que las agencias de inteligencia alcanzan en el despliegue de sus fuerzas cuando buscan un objetivo (target). Muestra hasta qué punto son capaces de llegar los agentes para obtener la información que necesitan. Uno se pregunta quién es quién en el terrorismo internacional. Llega uno a preguntarse quiénes son realmente los terroristas. Dicho esto, me quedo con las palabras de una analista internacional que hace poco leí, donde señalaba que occidente debía olvidarse de la imagen típica del terrorista fundamentalista de ascendencia árabe dispuesto a morir por Alá y su pueblo, y fijarse más bien en los neo-terroristas que no son otra cosa que mercenarios de todo el mundo pagados por la banca internacional y las grandes compañías.

 
Como siempre de la mano la política, la economía y la guerra…
 

 

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