Valdivia 2012: Viola
En una mente entrenada para leer dobles intenciones y pretender entender cómo funciona la mente del otro, cada palabra es clave, cada entonación, gesto, mirada o tiempo. Cada movimiento es un potencial documento subjetivo, capaz de cambiar la realidad concreta, capaz de construir o destruirlo todo.
Después de ver Viola, de Matías Piñeiro, mi mente se desordenó: ¿es posible de pronto, que alguien retrate tan perfectamente lo que pasa dentro de mi cabeza? pensé. Salí confundida y feliz, yo creía ser la única en pasar horas descifrando los lenguajes y estrategias de la seducción. Pero el hecho de haberme identificado no sólo con una, sino con todas las mujeres de la película, me sorprendió.
El director mezcla elementos propios del lenguaje audiovisual, para reflexionar sobre otros lenguajes, como el del teatro o el lenguaje amoroso, y lo hace de una manera única. “Nunca vemos una obra de teatro en primer plano”, fueron las palabras de Matías al referirse al punto de vista que plantea al ubicar al espectador en la acción misma. Nos introduce en un espacio íntimo, y estamos obligados a permanecer ahí.
La reiteración del texto de Shakespeare nos permite poco a poco alejarnos del lenguaje verbal, y comenzar a reparar en la gesticulación, las miradas y lo que se dice con el cuerpo: en el lenguaje que subyace las palabras.
La forma que adopta la película, su estructura narrativa, el manejo del ritmo, la decisión tras lo que se muestra y lo que se puede ocultar, es coherente con lo que expresan sus situaciones, en las cuales el texto es una excusa para transmitir algo más. Se habla mucho, pero se dice más. Y todo ocurre dentro de la atmósfera atractiva, suave y sorpresiva, donde el arte de la seducción y la manipulación -los temas ejes de la película- , funcionan en concordancia con su tratamiento. Es el cómo se dicen las cosas, lo más importante. La película trabaja con lo que esconde una mirada aparentemente casual, con los juegos del lenguaje, de la mente, y con todo lo que está sujeto a la subjetividad. Y se refiere a códigos muy íntimos que, aunque pensemos que son propios, son en realidad comunes para quienes vivimos en el mundo occidental.
Al escuchar a Matías, y a Romina Paula, actriz en Viola, contestar las preguntas del público, me pareció reconocerlos a ambos en la película. Y en este sentido, fue como prolongar el sentimiento de la película, en una relación cara a cara con quienes la crearon, en un proyecto de desarrollo conjunto, donde plasmaron todas las ideas y sentimientos con una fidelidad extrema. Me refiero a que su manera de abordar las preguntas que les hacía el público, y la precisión y coherencia para entregar las respuestas, gozaba de la misma perspicacia y densidad que caracterizó la obra fílmica. Matías y Romina le ponían palabras a sus pensamientos como realizando una analogía y una transformación, en que se fusionaban imágenes e ideas de la misma forma que en su obra, a veces intrincada y hermética, y otras veces plena de un gran sentido integrador.



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