Valdivia 2012: Uruguay, Valdivia y Bulgaria
Creo que la mejor cualidad de los festivales internacionales de cine es la sensación de ubicuidad que promueven. Aunque uno esté encerrado en una sala oscura y con gente desconocida, hay un efecto de estar en muchas partes muy distintas, en un lapso de tiempo también muy corto. Mirar dos o tres películas en un día y comprobar que Uruguay y Bulgaria se parecen más de lo que creía. Y pensar, al mismo tiempo, que aunque la globalización nos haga creer lo contrario, el mundo es un lugar inmenso y misterioso.
Ya es suficientemente rara la sensación de estar en Valdivia, prender la tele, y encontrarse con que todo es sobre Santiago. El matinal muestra la temperatura de Santiago, las noticias hablan del tráfico en Santiago, los avisos son sobre cosas que pasan en Santiago. Es como estar sin estar, condenándonos a seguir en la capital a pesar de las diez horas de bus que nos separan.
Con el cine es distinto, y sobre todo el de festival. Las posibilidades de encontrarse con algo completamente abstracto e indescifrable son muy altas, pero tampoco es difícil salir victorioso y ver una película sorpresiva y gratificante. Algo que te haga descubrir un poco más sobre el mundo pero que te haga dar cuenta que los humanos, por más raros que sean los idiomas que hablamos, somos más iguales que distintos.
Este año, el FICValdivia está haciendo un foco sobre el director uruguayo Pablo Stoll, autor de 25 Watts y Whisky, entre las más conocidas. Ambas tienen rótulo de neoclásico: la rompieron en los festivales europeos donde participaron, se transformaron en filmes de referencia para el cine latinoamericano y además levantaron la cinematografía uruguaya, que por esos años (fines del siglo XX y principios del XXI) estaba bastante muerta.
25 Watts es uno de esos milagros de la humanidad que merecen ser vistos, contemplados y analizados, una y otra vez, sin descanso. Es una maravilla que se la ve tan espontánea y natural, incluso inofensiva, que sin querer pero justificadamente se transforma en punta de lanza y referencia para una generación, un país y un continente. 25 Watts es sobre nada: amigos que hacen nada, que gozan de esa nada y se esfuerzan lo más que pueden para seguir haciendo nada. Pero esa nada es suficiente para levantar un mundo entero a su alrededor, lleno de lealtad, amor y toneladas de ingenio.
Luego hay películas como Sofia’s Last Ambulance, un film búlgaro que está en Competencia Internacional. También son tres personas, también muy relajadas, pero que manejan una de las pocas ambulancias operativas de Sofía, la capital de Bulgaria. Siempre llegan tarde, cuando el enfermo ya está muerto o cuando el derrame ya es irreversible, y es fácil empatizar con la frustración de sus caras: es gente que quiere pero no puede, que trata pero no lo consigue.
Tomando desayuno veía a Cangri y Dash llorar en el matinal por sus madres, a las que por su fama repentina habían dejado de lado. Andrés Caniulef, con su chaqueta rosada, les aconsejaba pasar más tiempo con ellas, regalarles un día. Después en la calle, varias cuadras estaban sin luz y los semáforos se habían apagado, provocando largos tacos. Llovía suave. En 25 Watts, las abuelas se sientan a ver Sábados Gigantes sin mucho volumen, y los cabros toman cerveza de la botella, parados en la esquina. En Sofía hay sólo doce ambulancias funcionando, mucho tráfico y pocos recursos. Algunos caminos son de tierra.
El mundo es uno solo, y acá está el cine para demostrarlo.




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Qué bello artículo