Valdivia 2012: Tres

Escrito por 7 octubre 2012

Hay algo muy raro en sentirse invadido en una ciudad que no te pertenece. Yo, un vil invasor, me sentí irrumpido cuando de pronto llegó tanta gente a Valdivia, dándole un ritmo que esta pequeña ciudad no es tan capaz de aguantar. No hay suficientes meseros en los bares ni tantas mesas en los restaurantes, y las colas fuera de las salas dan varias vueltas, quince minutos antes de que empiece la función.

Me encanta la gran ciudad, su loca velocidad, pero en pocos días también se aprende a apreciar el ritmo de Valdivia, donde sólo se corre por un techo cuando se larga a llover. Es fácil caer en esta dinámica y tomarse las cosas con más soda, sentarse en el pasto y mirar a los que están en la misma, un poco más allá.

Pero para los últimos días es sabido que llega el contingente más pesado al Festival. Los restoranes se ven llenos y ruidosos, gritos de conversaciones exageradas salen de las ventanas de los bares, y gente que aunque privadamente se detesta, se saluda con falsa efusividad cuando se encuentra en alguna esquina. Santiago tiene una artificialidad permanente, sobre todo en las relaciones sociales, y de tanto practicarla se hace común y hasta natural. Es parte del asunto. Pero cuando llega de pronto y con fuerza a un lugar tan opuesto, como lo es Valdivia, se hace muy evidente y muy triste.

Tres es la última película de Pablo Stoll, el director que ha sido la sensación de este año. A alguien podrán no gustarle mucho sus películas, pero su presencia y su actitud son tan espontáneas y despreocupadas, tan pacíficas y carentes de pretensión, que se hace imposible no admirarlo por eso. Ser un director de cine respetado y muy premiado, y andar por la vida con un abrigo y hablando despacio, negándose cualquier mérito, no es algo muy fácil de encontrar. Pero acá está y por eso todos lo aman y hablan de él.

La película no genera las opiniones unánimes que 25 Watts o Whisky, pero confirma un estilo y una forma de hacer cine muy propia y única, arriesgada y humilde en proporciones similares. Hay patetismo y absurdo, situaciones irreales y raras, y siempre basadas en el humor y la emoción. Igual me cuesta opinar con imparcialidad cuando, en el climax de uno de los personajes, la canción que suena es de una de mis bandas favoritas en la universidad. Es una patada en el corazón, ya no le puedo pedir nada más.

Después en la noche ya se notaba lo que decía: filas largas, bares llenos, mucho ruido. Habla, de todas formas, del éxito que está teniendo con los años el Festival: cada vez más son los que se toman el tiempo y la plata para venir y ver películas y pasarla bien. Viola, un film de Matías Piñeiro, llenó su sala veinte minutos antes de que empezara, siendo un trabajo experimental, más difícil que fácil, sin todavía un montón de premios que la levanten.

En La última frontera, el local oficial del Festival, donde todas las noches circulan directores, productores y otras figurillas, los meseros ponían caras severas. Chocaban con las sillas y las personas, mientras algunos alegaban por su mala onda. Al final, cuando ya ordenaban las mesas y Black Sabbath sonaba por los parlantes, uno de ellos no simuló su sonrisa al darse cuenta que esa era la última noche del FICV.

¡Váyanse! —grito, tan en broma como en serio—. ¡Y no vuelvan más! No, no, vuelvan nomás, cuando quieran. Pero a otro local, no a éste —dijo riendo, sabiendo que era un chiste pero también una verdad.

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