Valdivia 2012: La ciudad y su festival

Escrito por 3 octubre 2012

Al sol, unas escolares en la plaza de Valdivia esperan que la tarde avance. Sentadas, se ríen despacio de algún chiste, conversan sin mirarse, como esperando que algo llegue y las sorprenda y las tome de los hombros y las saque de ese banco —y de esa plaza, de esa ciudad. Hay una calma generalizada que llega incluso a perturbar. Mucho silencio, pocos ruidos y un movimiento lento, apenas apurado por el frío. Es, a lo mejor, la calma que procede a cualquier tormenta, a cualquier incendio.

Bruno Bettati, director del Festival Internacional de Cine de Valdivia (FICV), inauguró su decimonovena versión recordando el horrible incendio que destruyó a la Galería Nass, en el centro de la ciudad, el viernes pasado. Una tragedia lamentable, que afectó a unos 600 trabajadores, pero que es sólo una anécdota en el largo listado de terremotos, fuegos, inundaciones y destrucción con el que está escrita la historia valdiviana. Una especie de condena a renacer eterna y permanentemente, que hoy vuelve a hacerse sentir.

Pero a pesar de las cenizas y la pena, esta nueva versión del FICV se anticipa aún mejor que la del año pasado, con más y mejores películas, interesantes actividades y un buen número de invitados. Aunque caminando por las calles, da la impresión de que el Festival todavía carece de algo. Una cosa que como santiaguino y extranjero no es fácil identificar, pero que se puede ver en la plaza, en las escolares sentadas y en los valdivianos comunes y corrientes: el Festival de Cine es de Valdivia pero no tanto de sus habitantes.

En la plaza siguen las escolares sentadas y me dicen que Valdivia es bonita pero fome, que es tranquila pero mucho. Y me dicen también que el Festival es bueno, pero que en los seis días que dura sus vidas valdivianas no cambian casi nada. Que a veces llueve, pero todo sigue igual.

Al lado, dos ciclistas de BMX, 17 y 18 años, lo resumen mejor: “Es como que pal día de la madre mi mamá no deja de ser mamá, y pal día del niño uno no deja de ser niño: pal Festival de Cine, Valdivia no deja de ser Valdivia”. Y antes, una señora teñida rubia, fumando un cigarro y mirando a nadie, me dijo que el FICV le gusta, pero que en todos sus años nunca ha podido ir. Que tanto trabajo y tantas cosas que hay que hacer en la vida no la dejan, me dijo, fumando un cigarro y mirando a nadie, sin prisa sentada en la plaza. Pero que le encantaría.

A las 6.30, en el Cine Club de la Universidad Austral, dos argentinos presentaban una película de zombies filmada en VHS: Plaga Zombie I. Aunque lo parezca, su exhibición no es tanto un acto por abrir el FICV a las rarezas y a lo nerd como uno de justicia: éste es un film de primera clase. Hecha en casa, sin presupuesto, entre amigos de diecisiete años, es una película gore que cumple con todos los requisitos: entretiene, asusta, da asco y mucha, mucha risa. Aunque fue editada en la misma cámara mientras se grababa, los directores Hernán Sáez y Pablo Parés logran sacar de las limitaciones una creatividad asombrosa, con planos y secuencias a la altura del mejor cine de Hollywood, pero con el valor de estar hechas en el patio de la casa, por puro amor a la sangre falsa chorreando por todos lados.

La función estuvo casi llena y lo mejor es que de universitarios, escolares e interesados valdivianos. Este festival, en muchos momentos, parece un paseo de curso de adultos capitalinos, que se mueven juntos de película en película y de carrete en carrete. Pero cuando en la programación aparecen cosas como esta —zombies argentinos en VHS, o alguna otra joya rescatada— el FICV pierde ese hermetismo que a veces lo impermeabiliza a sus propios coterráneos, y se abre a los verdaderos dueños del asunto: los esforzados, pacientes y condenados habitantes de Valdivia.

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