Valdivia 2012: La ciudad y su festival
Al sol, unas escolares en la plaza de Valdivia esperan que la tarde avance. Sentadas, se ríen despacio de algún chiste, conversan sin mirarse, como esperando que algo llegue y las sorprenda y las tome de los hombros y las saque de ese banco —y de esa plaza, de esa ciudad. Hay una calma generalizada que llega incluso a perturbar. Mucho silencio, pocos ruidos y un movimiento lento, apenas apurado por el frío. Es, a lo mejor, la calma que procede a cualquier tormenta, a cualquier incendio.
Bruno Bettati, director del Festival Internacional de Cine de Valdivia (FICV), inauguró su decimonovena versión recordando el horrible incendio que destruyó a la Galería Nass, en el centro de la ciudad, el viernes pasado. Una tragedia lamentable, que afectó a unos 600 trabajadores, pero que es sólo una anécdota en el largo listado de terremotos, fuegos, inundaciones y destrucción con el que está escrita la historia valdiviana. Una especie de condena a renacer eterna y permanentemente, que hoy vuelve a hacerse sentir.
Pero a pesar de las cenizas y la pena, esta nueva versión del FICV se anticipa aún mejor que la del año pasado, con más y mejores películas, interesantes actividades y un buen número de invitados. Aunque caminando por las calles, da la impresión de que el Festival todavía carece de algo. Una cosa que como santiaguino y extranjero no es fácil identificar, pero que se puede ver en la plaza, en las escolares sentadas y en los valdivianos comunes y corrientes: el Festival de Cine es de Valdivia pero no tanto de sus habitantes.
En la plaza siguen las escolares sentadas y me dicen que Valdivia es bonita pero fome, que es tranquila pero mucho. Y me dicen también que el Festival es bueno, pero que en los seis días que dura sus vidas valdivianas no cambian casi nada. Que a veces llueve, pero todo sigue igual.
Al lado, dos ciclistas de BMX, 17 y 18 años, lo resumen mejor: “Es como que pal día de la madre mi mamá no deja de ser mamá, y pal día del niño uno no deja de ser niño: pal Festival de Cine, Valdivia no deja de ser Valdivia”. Y antes, una señora teñida rubia, fumando un cigarro y mirando a nadie, me dijo que el FICV le gusta, pero que en todos sus años nunca ha podido ir. Que tanto trabajo y tantas cosas que hay que hacer en la vida no la dejan, me dijo, fumando un cigarro y mirando a nadie, sin prisa sentada en la plaza. Pero que le encantaría.
A las 6.30, en el Cine Club de la Universidad Austral, dos argentinos presentaban una película de zombies filmada en VHS: Plaga Zombie I. Aunque lo parezca, su exhibición no es tanto un acto por abrir el FICV a las rarezas y a lo nerd como uno de justicia: éste es un film de primera clase. Hecha en casa, sin presupuesto, entre amigos de diecisiete años, es una película gore que cumple con todos los requisitos: entretiene, asusta, da asco y mucha, mucha risa. Aunque fue editada en la misma cámara mientras se grababa, los directores Hernán Sáez y Pablo Parés logran sacar de las limitaciones una creatividad asombrosa, con planos y secuencias a la altura del mejor cine de Hollywood, pero con el valor de estar hechas en el patio de la casa, por puro amor a la sangre falsa chorreando por todos lados.
La función estuvo casi llena y lo mejor es que de universitarios, escolares e interesados valdivianos. Este festival, en muchos momentos, parece un paseo de curso de adultos capitalinos, que se mueven juntos de película en película y de carrete en carrete. Pero cuando en la programación aparecen cosas como esta —zombies argentinos en VHS, o alguna otra joya rescatada— el FICV pierde ese hermetismo que a veces lo impermeabiliza a sus propios coterráneos, y se abre a los verdaderos dueños del asunto: los esforzados, pacientes y condenados habitantes de Valdivia.



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