Valdivia 2012: El cierre
Ayer descubrimos un par de cosas. Una, que seis días de festival pueden ser muchos, vividos desde principio a fin. Despertarse con películas, acostarse hablando de ellas, y entremedio ver y volver a ver a la misma gente. Por muy perfecto que salga todo, es un ejercicio que se agota, y que ayer en la ceremonia de clausura se evidenciaba en las diluidas energías de los que estaban. Los ganadores no hablaban mucho, el público aplaudía poco, y a la salida todos como zombie tratando de descifrar la tarde.
Y lo segundo que descubrimos fue que el McDonald’s es el mejor refugio cuando la onda festivalera ya te termina de agobiar: puros valdivianos comiendo hamburguesas, ningún invasor cinéfilo buscando y saturando lo autóctono.
Tampoco descubrimos mucho. Se notaba que la ciudad también ya estaba un poco cansada de su festival. El domingo, ya con mucha gente ida y de vuelta, los locales tenían más mesas vacías y las meseras sonreían porque atendían sin prisa, y en los pastos de la costanera habían familias felices bajo un sol grande que no calentaba. Era Valdivia pasando la caña.
La mejor película chilena fue Donde vuelan los cóndores, aunque la mejor de las internacionales también salió de aquí: De jueves a domingo, de Dominga Sotomayor. El premio lo recibió Francisco Pérez-Bannen, leyendo de su teléfono un discurso que Sotomayor escribió en un avión rumbo a alguna parte. La premiación no tuvo mucho nervio ni misterio, y los que muestran más emoción son los estudiantes, ganando algunas lucas con sus cortometrajes, que los grandes largos que consiguen más plata y mejores premios.
El año pasado escribí que “Valdivia probablemente no es la ciudad más linda de Chile, pero el de Valdivia definitivamente sí es el mejor festival”. Confirmo la sentencia. El cine encuentra su mejor espacio en este lugar, que en su imperfección se hace adorable; en su clima impredecible, sorpresivo; y en su amistosa familiaridad se transforma en un imperdible de cada año. Aunque terminemos un poco cansados.



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