El despertar de Chihiro

Escrito por 21 octubre 2012

De mi niñez no recuerdo mucho, ya que todo antes de los siete años está dentro de una espesa neblina, pero si hay una sensación que no puedo olvidar es la frustración de despertar de un gran sueño, y darme cuenta que nunca fue realidad.

Mirar alrededor y ver que mi pieza seguía siendo mi pieza, mi ropa todavía era mi ropa, y mis padres mis padres y mi vida la misma. Abrir los ojos y tener que ir al colegio en vez de seguir en esos montes verdes de pasto con los que siempre soñaba. Montes donde corría mucho, donde habían animales y un cielo con pocas nubes. Habían también amigos, algún ídolo de infancia al que podía tocar y hablarle y a lo mejor una aventura que incluyera nervios, miedo, angustia y excitación.

A veces era difícil definir si lo que me acababa de pasar era un sueño o una pesadilla. Despertaba cansado, con una extraña e intensa mezcla de fascinación y espanto, pero con la completa certeza de que eso que había vivido era mejor que mi realidad de niño que me tocaba vivir.

Mi infancia no fue terrible ni trágica, no me faltó nada y mis padres hicieron un trabajo espléndido en mi crianza y la de mis hermanos. Pero hay algo en nacer y crecer en una ciudad grande y ajetreada que elimina rápidamente las emociones e ilusiones de la vida cotidiana. No sé si era yo o éramos todos, pero tengo el recuerdo de estar tempranamente convencido de que afuera, a mi alrededor, no había mucho por descubrir, tampoco nada en lo que creer. Por más que intentaron impedirlo, muy temprano supe que el Viejo Pascuero (Papá Noel o Santa Claus) no existía, y los misterios y fascinaciones de ser católico fueron destruidos por la imbecilidad de los mismos profesores de Religión. No había ninguna magia en ninguna parte, apenas en los juegos que inventábamos con mis hermanos y en los pequeños libros que empezaba a leer.

Por eso era tan terrible ese momento, ya fuera en la mitad de la noche o en la primera mañana, cuando de golpe —y casi siempre durante el climax— volvía a estar en mi cama, después de haber visitado fabulosos lugares que al rato difícilmente podía recordar.

El final de El viaje de Chihiro, la obra maestra del animador japonés Hayao Miyazaki, me hizo volver a esa sensación que no sentía hace tanto tiempo. Ver cómo ella, una niña de papás aburridos y materialistas, se metía de pronto en un mundo hostil, agresivo, muy intenso y totalmente extraño, y podía no solamente adaptarse sino además transformarse en heroína y encontrar el amor. Dicho a la rápida suena como la lista de clichés de cualquier película infantil, pero es todo lo contrario. Miyazaki logra materializar, con una historia alucinante y compleja, a todos los mejores sueños de todos los niños de todo el mundo, puestos juntos ahí, en un solo lugar.

Chihiro, una niña de diez años, ingresa a una dimensión intensa y extraña de la cual desea salir. Pero en ella, donde abundan monstruos extraños, espíritus y personas que no son humanos, rápidamente conoce el trabajo, la lealtad, la maldad y el amor. Así que el motivo de toda su aventura, recuperar a sus padres y volver a su mundo normal, se hace al final la idea más absurda que nadie pudo haber tenido nunca. Volver a la desilusión de ese mundo —nuestro mundo— donde todo parece ya dicho y hecho, y donde las ambiciones se basan en un mejor auto o en mayores cantidades de comida, tiene que haber sido igual a cuando yo despertaba del sueño, ese gran sueño, y sentía la frustración de saber que nunca fue realidad.

3 comentarios

  • the italian way - 21 octubre, 2012

    EXCELENTE!!!

  • the belgian way - 23 octubre, 2012

    No pudiste haber descrito mejor el universo de Miyazaki

  • Rocio - 26 octubre, 2012

    Es una de las peliculas mas bellas que he visto, te devuelve a la infancia y te recuerda la magia de los momentos simples que nos hacian tan felices.

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