Sonatine

Escrito por 21 septiembre 2012

Sabemos por repetición lo que significa una película de gangsters y las situaciones que inevitablemente, con sutiles variaciones, tendremos que tragar, como una comida entera a base de papa. Papas mayo, papas a la huancaína y buñuelos de papa, por favor. Por eso una vez que este tipo, en la primera escena, se muestra insensato y grosero frente al Yakuza al que aún no le paga el préstamo que le debe, la línea de producción se detiene y bajamos al subterráneo a mirar los circuitos humeantes que chillan de fatiga. Estos primeros minutos se extienden y merodeamos el primer tercio de la película entre fallos, pérdidas, disputas internas, y la moralidad propia del género, pero acompañados, por sobre todo, por la sensación crepuscular de un reloj que aminora la marcha y se va trabando entre las líneas.

Murakawa (Takeshi Kitano) confiesa que se quiere retirar, y cuando uno quiere algo no es extraño que el entorno solo se vaya armando para, eventualmente, completar tus más concurridos deseos, como una versión (no tan retorcida) de Anais en À ma soeur! De esta forma es que, cansado de los enfrentamientos, termina en la playa con su grupo, en una cabaña frente al mar que bien podría ser el hogar de retiro de un hombre que ha vivido a contracorriente, y que es donde sucederán los momentos más íntimos y originales del film, como cuando Murakawa se acerca a Ryoji (Masanobu Katsumura) y Ken (Susumu Terajima) que jugaban a lo Guillermo Tell, para dar, quizás, una especie de moraleja práctica o un cierre personal sobre lo que ha sido su vida hasta ese momento, una rueda vertiginosa y sin cuidados, regida por el azar y esa especie de temerosa indiferencia que bien puede ser confundida por coraje, y así la chica que salva por casualidad luego de tener esa noche una pesadilla sobre el encuentro en la playa, bien puede ser una señal de redención. Luego, entre otras cosas, los vemos imitando a escala real un juego con monitos de papel que simulan a los luchadores de sumo, como queriéndonos decir que están cansados de las proyecciones y que el mar es el mejor testigo para compensar la desatención a la vida. Llegando al final de estas vacaciones improvisadas pero en extremo simbólicas, Katagiri (Ren Ohsugi) le grita al dueño de un almacén por el vuelto que se comió el teléfono público, lo hace de la misma forma en que lo vimos despotricar en varias escenas del mundo Yakuza, pero acá está tan fuera de contexto que la sorpresa de antes se convierte en risa, como un grupo de vacas pastando frente al Costanera Center, y que puede ser a la vez un recordatorio de lo ridículas e innecesarias que son las morales y costumbres de un Yakuza empedernido.

El paraíso duró poco. Sólo Adán, Eva y sus hijos alcanzaron a conocerlo, cuenta la historia, como si la primera familia americana se hubiera ahogado en sus ambiciones, reduciendo el sueño americano al aullido de unas almas nocturnas y bandidas que desembocan en mito popular. De la misma forma, como nacida de una costilla del paraíso, las vacaciones son un par de corchetes dentro del que crece un cuento breve, o quizás unas comillas que citamos el resto del año, como un poema de Benedetti. Siempre un escape, algo que en algún momento termina para emprender retorno. Irreversible e inevitable. Al adolescente lo esperan los padres, al universitario los estudios y al profesional su trabajo, esto si nos ponemos ortodoxos, claro, porque está también ese pequeño segmento que se espera a sí mismo; ese porcentaje que parte en cero y sigue en coma, pero que en realidad, deteniéndonos, no se espera a sí mismo, porque la espera suena a regalo navideño o a comida servida después del trabajo, lo que sucede es lo contrario: es búsqueda; es persecución; un golpeteo en la sien para repetirte que la presión no está allá sino aquí, y el aquí está siempre contigo. Son tus fantasmas que no saben de peajes ni reglas de tránsito, tampoco de leyes físicas, y menos están al tanto de qué tan rápido se desplaza la luz o el sonido. La velocidad del fantasma es la misma que la tuya, camines o andes en metro. Por eso, el final del segundo tercio; del segmento playero, más que ser la excusa para dar pie a la venganza clásica, es en realidad un mensaje, y observando que quien llega bien puede pasar por un mensajero (por su sombrero y el cooler que cuelga del hombro), el disparo se convierte entonces en el anuncio del cartero y el golpe de la carta con el suelo. Los fantasmas, muchas veces, se contradicen con los conscientes y redentores deseos.

Hora de volver.

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