Red, White & Blue. La soledad de la venganza
La venganza es esencial en el cine.
Vale, quizás no esencial, pero sí un ingrediente que ha estado siempre. Un ingrediente atractivo. Un ingrediente peligroso.
La venganza es un género en sí mismo. Kill Bill es una larga historia de venganza. Straw Dogs del incomparable Sam Peckinpah (olvidemos el remake, por favor) es venganza como sólo Sam sabía hacerla. Charles Bronson y su interminable saga de El vengador anónimo es la venganza una y otra y otra y otra vez. Y otra vez.
Pero la venganza por sí sola no vale de nada si no hay algo por lo que realmente valga la pena vengarse. O dicho de otro modo, si en la historia matan o hacen algo a un personaje que no ha generado interés alguno, la venganza tendrá un sabor gratuito. Y eso está mal. Vengarse jamás debe ser gratuito. Debe tener un peso sólido absoluto y el espectador, más allá de lo que dicte la moral, la ley, los amigos imaginarios que se tengan dependiendo de la religión que se profese, debe querer que el momento de la retribución llegue.
Red, White & Blue es una historia de venganza.
Brutal. Extrema. Difícil.
Y la retribución está ganada.
Como buen cine, eso sí, es mucho más que sólo venganza. Esto no es explotación de los ’70. No es La Última Casa a la Izquierda, de Wes Craven. Esta es una historia de soledad, de errores que se pagan caros, de horrores que están a la vuelta de la esquina, de infancias destruidas, de amor en tiempos donde éste ya no existe.
Dirigida por el inglés Simon Rumley, RW&B nos presenta a tres personajes y sus vidas anodinas, grises y sin esperanzas. Érica (una estupenda Amanda Fuller) es una chica promiscua que pasa sus noches con cualquier hombre que conozca. Sus reglas son que no se queda a dormir, no se enamora y no usa condón. Nate (un salvaje Noah Taylor) es un ex militar que vive en la misma pensión claustrofóbica que Érica y trabaja en una suerte de Homecenter-Sodimac, pero de más mala muerte que éstos. Franki (Mark Senter, una revelación) es un músico wannabe que vive con su madre enferma de cáncer, a quien cuida con esmero cuando no está de juerga o ensayando con sus compañeros de banda.
Vidas grises, seres que nunca deberían haber cruzado camino, destinos inciertos pero no distintos al del común de las personas. Todos somos parte de un mismo carnaval de criaturas que nos acercamos a nuestros destinos. Estos destinos, aunque no se quiera aceptar, en su mayoría inútiles, olvidables y prescindibles.
La historia de RW&W es simple. Érica conoce a Franki. Érica conoce a Nate. Nate se interesa por Érica. Érica, aunque no quiera aceptarlo, se interesa por Nate. Surge algo que no es amor exactamente, pero que podría pensarse que es. Más bien surge preocupación, intriga por el otro, carencia, desenfado, desgarros por el pasado, pesimismo por el presente y olvido por un futuro incierto. Surge vida. Surge una relación atípica, a pesar de ser imposible de definir una relación típica. Nada ni nadie nos enseña ni nos muestra qué es una relación típica o buena. Sólo investigando podemos descubrirlo. Y las investigaciones son riesgosas. Las personas son riesgosas. Las relaciones son riesgosas. Eso que se piensa que es amor, es riesgoso. Siempre se tiene la mejor mano para perder.
Simon Rumley ha creado en esta, su quinta obra, una experiencia que nos transporta a lo más primigenio del ser humano. Todos somos animales y los instintos siempre están. Todos hemos combatido, batallado y perdido. ¿No perdemos siempre al final? Todos tenemos cicatrices. Algunos las llevamos grabadas en nuestros cuerpos, algunos las llevamos en nuestras mentes. Algunos las llevamos en ambos. Los personajes que pueblan RW&W están destinados a perder. A fallar. A tratar de olvidar lo inolvidable.
Dotado de un instinto especial para el montaje, el director va construyendo su obra de manera singular. Con una música que es poco más que un simple piano, a ratos disonante y terrorífico, va dejando caer las piezas para un tragedia de proporciones épicas, shakesperianas. Tragedias en las que todos los involucrados perderán y les será imposible olvidar o perdonar o transigir. El horror hará su aparición y no dejará más que detritos, desechos de personas y sentimientos de dolor. Los errores se pagarán caro y la única salida será la soledad y esperar que todo se olvide. Aun cuando sabemos que eso es imposible.



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