ParaNorman: Maldición eterna a quien vea estas películas (o retrato de un cinéfilo preadolescente)
PRIMERA PARTE
Dicen que ningún niño confiesa que, de grande, desea ser crítico de cine. ¿Será así? Quizás en los años 50, ¿pero hoy…? Esta sentencia la dijo, o dicen que la dijo una vez, Francois Truffaut a modo de chiste. Es cierto: los niños tienden a responder ante la ineludible pregunta con fantasías de bombero o policía o médico o, aunque ya parece algo pasado de moda, astronauta; nunca crítico. La supuesta broma/leyenda de Truffaut surge, creo, con tirarle un poco de veneno a los críticos que –a veces y con razón- bombardearon algunas de sus cintas más débiles. Truffaut, claro, lanzó esta supuesta talla porque sabía el engranaje mental de un crítico; a diferencia de la mayor parte de los cineastas, éste sí fue uno (y quizás uno de los grandes críticos de todos los tiempos) por lo que entendía que era más honesto y acaso divertido herirlos y molestarlos con una broma así que lanzando la típica retórica trasnochada que establece y potencia la idea que los críticos son seres dañados que supuran frustración al no poder dirigir, por lo que terminan destrozando aquello que no pueden hacer. O, lo que es peor, intentando arreglar lo que ellos hubieran hecho mejor de haberlos consultado en primer lugar.
El director de El niño salvaje tenía claro que un ser dañado, digamos, un chico lastimado y lleno de abandono, un niño que se siente huérfano aunque tenga a sus padres presentes, tenía futuro. Alguien digamos como Norman Babcock, el protagonista y alma de la cinta ParaNorman. Que un cinéfilo recalcitrante y compulsivo que se refugia en el cine (o un crítico tan lúcido como sarcástico e incluso belicoso) perfectamente puede transformarse un día en un director. No era intuición, era experiencia personal. El mejor ejemplo era él. ParaNorman quizás le hubiera gustado a Truffaut, ahora que lo pienso: mal que mal, buena parte de su obra se centró en personajes algo desvalidos o levemente al margen, y tendía a colocar a muchos niños y jóvenes al centro de sus narraciones. Lo otro que Truffaut tenía más que procesado es que si ese supuesto cinéfilo o crítico acarreaba algo de frustración, eso tampoco era tema: la frustración, como la venganza (“hagamos cine mejor que el de nuestros padre y enemigos” fue la consigna de la Nueva Ola), es capaz de gatillar los jugos creativos tanto o más que la más intensas de las infatuaciones o la obsesión -los fantasmas- más inquebrantables.
A estas alturas del nuevo siglo, la idea del crítico, o de aquel que critica (opina, bloguea, twitea) como un ser lleno de mala leche y frustración parece poco viable. Los hay, por cierto. Muchos de ellos son denigrados a la categoría de trolls. Pero lo cierto es que la gente ya no asocia a los críticos con el gordito calvo de la serie animada The Critic. Para nada; capaz que al revés. Criticar se ha vuelto punk, es agresivo, energético, acaso erótico. Criticar es opinar calmado; criticar es pelar con causa y argumento; criticar es protestar, sí, pero intentar corregir el mundo (tu visión del mundo, al menos) y separar la paja del trigo, a los buenos de los malos, los poser de los honestos. Los críticos pueden ser tildados de muchas cosas (intensos, arbitrarios, binarios, talibanes) pero frustrados ya no sirve. La excepción ya no es la regla y al democratizarse cibernéticamente la posibilidad de opinar/criticar la práctica o la vocación se ha vuelto más una opción (que parte con un hobbie y acaso una vocación) que un puesto al que se llegó luego que otras puertas se cerraran. Además, ahora que la posibilidad de filmar o de crear existe (al menos la idea de que es posible, que está al alcance de la mano, que se puede si se quiere aunque luego no lo vea nadie), el argumento ha perdido peso. El que no quiere crear es por otros motivos: desde timidez a no tener nada que decir a miedo a enfrentarse a la crítica. Esto, a la larga, puede frustrar, pero la frustración –ojo- es un mal aliado a la hora de crear (pésimo y casi al nivel de la represión, el bloqueo y la autocensura); si algo está claro ahora es que nada lo está, es que al opinar, al criticar, al escribir acerca de otros textos u obras, aquel que lo hace no está haciendo otra cosa que exponerse en público. Y eso no es poco porque, digan lo que digan, se presenten como se presenten, la gente ligada al cine (los cinéfilos y cinépatas, los críticos y los guionistas, los directores y actores y editores y hasta algunos productores) es gente tímida. Es gente que se siente cómoda estando a oscura, a solas, mirando el mundo más que estando inmerso en él.
Todo esto lo pensé a la salida de ParaNorman, luego de lanzar en ese inmenso basurero negro mis anteojos 3D. Y mientras me puse a caminar, me puse a pensar en la cara, y en los ojos, y en el pelo de Norman, el protagonista de esta cinta stop-motion del estudio indie Laika y capté que seguían conmigo y que ciertos fragmentos de esta tan entrañable como irregular, tan honesta como recargada, película infantil (¿sí? ¿es infantil o es una cinta hecha por adultos que recuerdan su etapa infantil?) me gatilló todo lo anterior: pensé en Truffaut, en su chiste acerca de los niños que no desean ser críticos, y pensé también que a veces echo de menos ser crítico y si es posible hacer cine y estar ligado al cine y seguir comentando y escribiendo de cine (supongo que sí; sí, por qué no, sí: al final alguien que filma no es más que un crítico con muchos discos duros llenos de torrents y una cámara con trípode) y en que, a veces, dan ganas de escribir (con espacio, con tiempo, con arbitrariedad) acerca de algo que uno vio porque me la recomendaron insistentemente como “la mejor cinta cinéfila en décadas”. Eso me hizo superar mi prejuicios de ver películas infantiles y tener que colocarme esos malditos anteojos 3D y aceptar ver una cinta doblada y sin las voces de gente tan notable como Casey Affleck y la veterana Elaine Strich. La vi en una función matinal, nadie en la sala, y mientras bajaba las innumerables escaleras automáticas, tabulé en lo curioso (¿curioso?, ¿sí?) que existan tan pocas películas ligadas a la cinefilia, a la idea de querer ser crítico, a la posibilidad de crecer y transformarse en director de cine. Pensé, claro, en Super8 como una gran excepción, y por qué las que hay son malas o extraviadas o están siempre muy cercanos a personajes francamente patológicos y tocados: Peeping Tom, por cierto, o La rosa púrpura del Cairo (¿el personaje de Mia Farrow es una cinéfila o una mujer sola sin horizontes?) y, sin duda, dos cintas difíciles de ver sobre distintos grados de demencia cinéfila: la festiva e irónica Film Geek, una cinta indie acerca de los video-clubs y de un geek que no ve otra salida que ver y ver y ver; y Fade to Black de Vernon Zimmerman, que en España se llamó Fundido a negro pero que yo vi hace siglos, en el cine Rex, como Confesiones de un sádico. El título sudamericano lo decía todo: un cinéfilo es, en el fondo, un ser no sólo disociado sino sicótico y asesino y su manera de vivir su cinefilia es imitando asesinatos clásicos del cine (como lanzar una anciana escalera abajo como lo hizo Richard Widmark en Kiss of Death) y engancharse con una chica extraviada que es una doble de Marilyn Monroe.
Vuelvo a Truffaut: en Los 400 golpes, Antoine Doinel, el niño-adolescente de 12 o 13 años siente que su vida se le viene abajo, que no tiene red, que nadie lo entiende o apoya; de hecho, eso es lo que le ocurre cuando termina encerrado en un reformatorio para delincuentes juveniles, lugar del cual huye para correr y correr y correr hasta alcanzar el mar, tal como lo hiciera, décadas después, el personaje de Rusty James en La ley de la calle de Coppola. En Los 400 Golpes, Doinel se refugia en los cines de los barrios parisinos en las funciones matinales para no ir al colegio; se cuela por puertas traseras y no paga y se roba fotos y afiches, tal como lo hiciera el propio Truffaut. El personaje de Doinel, que seguiría apareciendo en películas a medida que el actor Jean-Pierre Léaud iba creciendo, no terminó transformándose en un director de cine o en un crítico de cine o, siquiera, en un cinéfilo. Siempre me ha parecido curioso esto que Doinel dejara de ser cinéfilo. ¿Se puede dejar de serlo? Sobre todo pensando en lo importante –en lo necesario- que era el cine para el personaje al comienzo de la saga y en años tan claves de su formación. Quizás Truffaut le pareció, y con razón, que su alter-ego fuera exactamente igual a él sería entre empalagoso, exhibicionista y reiterativo y quiso darle un una camino que fuera más cercano que idéntico; que Doinel fuera autobiográfico en su esencia, pero no necesariamente en su profesión. Tomó la decisión correcta. Por eso quizás cuando La noche americana, su cinta acerca de cómo se hace una película, casteó a Léaud como un actor y a sí mismo como un director. La razón que Doinel se alejara del cine hace sentido si se piensa que la mayoría de la gente no es tan cinépata u obsesionada con el cine por mucho que vaya al cine o vea muchas películas a la semana. Ver mucho no implica amar mucho, como tampoco significa saber mucho o querer mucho o sentir que es una parte clave de tu existencia. La mayor parte de la gente ve cine para entretenerse; el cinéfilo ve películas para entenderse e intentar comunicarse con el mundo. En eso, el cine ha sido más digno que la literatura donde la cantidad de libros acerca de escritores que escribieron, escriben, van a escribir o ya no pueden conforman una torre que supera la del Costanera Center. De hecho, hay más escritores que directores como protagonistas. Y si bien hay filmes notables acerca de Hollywood (Sunset Boulevard) o cómo se hizo una película (el llamado síndrome del making of, entre ellos la gran Ed Wood), muchas de estas cintas terminan pareciendo chistes para amigos.
¿Acaso la cinefilia no es filmable?
CONTINUARÁ…
Esta película la puedes ver donde siempre, acá.






0 comentarios