ParaNorman: Maldición eterna a quien vea estas películas (o retrato de un cinéfilo preadolescente)
SEGUNDA PARTE
¿Acaso la cinefilia no es filmable?
Capaz. Tal como hay muchas cintas acerca de escritores en problemas o con problemas de cualquier orden, quizás sólo Barton Fink y, quizás, El resplandor y algunas otras cintas basadas en libros de Stephen King, captan lo que implica escribir. Porque escribir es, en rigor, algo no sólo aburrido y neurótico y solitario, es casi infilmable. La acción es toda interna; mientras más movimiento interno hay, menos sucede en el exterior. Una silla, un teclado. A lo más, en un buen día, puede haber muchos sonido de un alguien tipeando su teclado. Quizás por lo mismo es extremadamente difícil filmar la esencia de un cinéfilo. ¿Mostrarlo mirar una pantalla? Cuántas veces. ¿Pasarse en IMDB o, antes, en el libro de Leonard Maltin? Quizás una historia de cinefilia que pudiera resultar sería la de una amistad pero ahí el grado más intenso de la cinefilia ya ha disminuido porque –se sabe- la etapa más gloriosa y quizás patológica de la cinefilia se vive a solas. Y eso, claro, cuesta filmar.
Tarantino, acaso el cineasta más cinéfilo de todos, salpica de trivia y citas sus películas y Death Proof es acerca de gente que hace cine pero diría que no es una cinta cinéfila. Donde más hay cinefilia, quizás, es en Inglorious Bastards, pero tiene más que ver con tener un cine y proyectar películas y, claro, con nazis y guerra. Cinema Paradiso, una de las cintas que me parecen más repelentes y empalagosas (y que curiosamente tiende a ser fetichizada por cineastas que no saben de cine y no ven cine), no sólo es mal cine, es una cinta tramposa, que juega a la nostalgia y que desea celebrar al cine como templo donde la gente se junta y reúne a otros. Cinema Paradiso gusta mucho a gente que iba al cine como panorama; y acepto que quizás la odio más de lo que se merece. Pero una cosa es cierta: no es una película acerca de la cinefilia. Para nada.
Un filme que parece ser cinéfilo es Los soñadores de Bertolucci, acerca de un joven americano que se pasa en la célebre Cinetmateca parisina justo para mayo del 68, pero pronto conoce a una pareja de hermanos, que les gusta darse tinas juntos y tienen un lazo incestuoso en un departamento alucinante, y Michael Pitt termina por dejar de ver películas para convertirse en uno de los vértices del triángulo junto a los hermanos conformados por el nariciso Louis Garrel y la desinhibida Eva Green. La cinta se lubrica y se vuelve ardiente, pero todo la pasión cinéfila se disipa. La pasión en vivo, y por dos, al parecer es más poderosa que estar sentado solo en una butaca de un cine semi vacío.
Antes que apareciera ParaNorman se estrenó sin mucho ruido o aceptación un filme que siempre me ha gustado mucho y que es casi imposible de ver: la cinta, de 1980, se llama Willie and Phil y es de Paul Mazursky y parte en un cine-arte donde dos tipos, cada uno por su lado, están viendo una cinta de Truffaut: Jules et Jim. A la salida del cine, comentan la película y se hacen amigos. No amigos cinéfilos, pero amigos. Y al poco rato conocen una chica y se arma un triángulo que emula el de la cinta de Truffaut. Si bien el filme no es acerca de la personalidad o de aquello que hace palpitar a un cinéfilo, sí es una de las pocas cintas que deja claro como el cine puede alterar y modificar e incluso legitimar una experiencia: en este caso, una relación entre tres. Lo que le sucede tanto a Willie como a Phil es un sueño cinéfilo: vivir lo que vieron, llevar a cabo y concretar una película que los marcó. De ahí la famosa frase que, aún hoy, sigue significando inaudito o fuera de serie o fantástico: de película. Wille y Phil terminan viviendo una película y no cualquiera: le dan cuerpo y alma a su película favorita. Y eso es lo que le sucede a Norman en ParaNorman: llega a convertirse en héroe del tipo de películas de terror al que está adicto. Es, también, quizás lo que menos me interesó del filme. Hay algo sobrecargado con tanto monstruo y zombie y la aventura, necesariamente infantil, tiende a acercarse peligrosamente a las aventuras de Scooby Doo. Pero una cinta no es sólo su trama: es su tono, es su moral, es su personaje. Y es todo lo que no muestra, todo lo que abarca, todo lo que existió antes que la historia comenzara.
ParaNorman es una cinta llena de referencias pop y cinéfilas (de una cinefilia muy particular: la de los seguidores del terror, de las cintas B slasher, de la moral VHS) sino que es una de las pocas cintas donde el protagonista es absolutamente cinéfilo y su destino y su personalidad está marcado por su pasión. Si ParaNorman vuela y se alza como cinta con uno de los personaje más cinéfilos de la historia del cine es gracias a Norman y a pequeños momentos y detalles reveladores. La cinta no es cinéfila por la aventura que vive su protagonista sino por su héroe y por la manera como ese cine lo ha moldeado, salvado, apañado y, algo no menor, por la manera como ese cine lo ha hecho entender y vivir con el miedo.
Como personaje, Norman es un cinéfilo puro: tiene las orejas como las de Topo Gigio, unos ojos tristes que se han cansado tanto de ver demasiado como de llorar a escondidas; y unas mechas tiesas que se disparan verticalmente, casi como si hubiera gritado de susto, y ese susto nunca terminó por irse del todo. Su pelo claramente delata su estado mental y quizás es el mejor “peinado como metáfora” desde las enredadas mechas de River Phoenix en My Own Private Idaho. Y es que Norman no es normal. O mejor dicho: no es igual a todos. Es, por cierto, un cinéfilo que no para de ver cintas sangrientas de terror y gore y, algo no menor, ve y convive con los muertos. El chico, que intenta ser invisible en la sociedad (para que no lo molesten), y que desea ser tomado en cuenta por su padre que no lo ve, es capaz de ver lo invisible: los muertos. No todos los muertos, en rigor, sino aquellos que se fueron sin terminar algo, sin dejar algo cerrado y acabado. Norman es, como insisten sus compañeros del colegio que le hacen un constante bullying, un freak. Así es como le dicen, como rayan su locker: I´m a freak. O, para citar a Radiohead, I´m a creep. Creep da paso a creepy (repelente, baboso, inasible, inclasificable) que es el ingrediente clave para que una cinta de terror funcione: que lo creepy y lo freak dé paso al gore y al terror puro. Norman acepta este sobrenombre hiriente y lo asume, lo entiende. Entre otras cosas porque, de alguna manera, sabe que es cierto: el tiene la capacidad de ver a los muertos, cierto, pero lo que no es capaz de soportar es la monstruosidad de su pueblo chico y la idea de no sentirse seguro en casa. Sensible, vulnerable, flaco y escindido, este niño (y eso es lo que más impacta de esta cinta: que es un niño, no un adolescente) no se lleva bien con el mundo ni con los vivos ni con sí mismo pero a cambio debe lidiar con los muertos. Cuando conoce a un gordito que ha enterrado a un perro muerto le propone que sean amigos, Norman dice que prefiere estar solo. “Estemos solos juntos”, le responde el nuevo amigo que entiende que poco es mejor que nada.
ParaNorman es un gran título, además, pues es un juego con paranormal, la palabra utilizada para designar fenómenos inexplicables y conexiones con el más allá, pero que, a su vez, significa claramente otra cosa: más allá de lo normal. Raro. Freak. Dañado. En efecto, Norman, que es un cinéfilo preadolescente (es cosa de ver su pieza, sus zapatillas de levantarse, su colección de películas) y acaso un crítico de cine en ciernes, ve, habla y se conecta con los muertos. Al no tener amigos, su compañía es la tele y los vhs de películas B y su abuela muerta. Su pieza es un templo al gore de alguien que, de tan miedoso y frágil, ha optado por vivir rodeado de aquello que lo aterra para poder enfrentarlo o, quizás, para no olvidar lo que quizás le pasó.
La cinta rápidamente deja de concentrarse en Norman como un ser particular (notable la corta secuencia cuando se lava los dientes), que camina solo por las calles y mira a los muertos y quizás piensa que es mejor realmente ser invisible para los demás, para dar paso a la aventura: una maldición de una bruja, una invasión de zombies y quizás el mayor terror de todos: que los humanos se vuelvan los verdaderos monstruos, los que realmente son capaces de dañar y herir y aterrar.
Quizás estoy hilando fino. Sin duda. ParaNorman no es la mejor cinta en años, pero para ser una cinta animada supuestamente para niños (en rigor, de stop motion, que puede ser aún bello y en éste caso lo es), vaya que entiende algunas cosas no dichas que están en el aire y vaya que es capaz de sintonizar con Norman. Viéndola me acordé, claro, del primer Tim Burton, de cómo era capaz de acoger y entender a los freaks (ver El joven manos de tijeras) antes de transformarse no sólo en un software emo y rebuscado sino en un director que pareciera deleitarse y acaso incluso reírse o al menos explotar y no darle tregua a los freaks que antes quiso tanto (ver Sombras Tenebrosas).
El debut de Chris Butler, de la mano del más experto Sam Fell, está plagado tantos de zombies, sesos y referencias pop que se sienten muy personales. Butler claramente quiere y conecta con Norman. Es probable que el filme asuste a los niños pequeños (lo que está bien: ¿el cine acaso no es para aterrorizar? ¿eso no hizo Disney al principio?) y quizás es –sí, lo es- demasiado infantil para los mayores pero sin duda se alza como una de las pocas cintas donde se explora al cinéfilo como niño o, volviendo a Truffaut, a un niño que quizás quiere ser crítico. Dan ganas que Butler y Fell agarren a Norman y lo hagan crecer, tal como Doinel.
Porque, al final, el final feliz que plantea la cinta no lo es tanto. Norman sigue en ese pueblo, Norman sigue viendo películas, Norman sigue en esa casa, Norman va a crecer desbalanceado. ¿Es normal ver tantas películas y de ese tipo? La cinta no lo dice pero, por otro lado, lo grita: en qué se convertirá Norman. ¿Logrará llegar a ser director de cine? ¿Se calmará su cinefilia? ¿Aplacará sus monstruos y demonios? Si bien la cinta indaga en como el terror transforma a los débiles en malos, y sugiere que el miedo es parte esencial de todo ser humano, lo cierto que también deja ver que el vivir preso del pánico termina por maldecirte.
La cinta termina con la idea que es necesario perdonar a los que te dañaron o hirieron, que es clave no dejar que los malos te ganen, lo que quizás sea lo correcto, no es una mala idea, pero no por eso es algo fácil. El daño sigue, aunque tengas la experiencia de haber salvado al pueblo, de haber sido un héroe por un rato. Ahí está el pelo de Norman: sigue gritando, sigue asustado, desvalido, medio a la deriva, medio perdido. Por mucho que intente dominarlo, no hay caso: el pelo vuelve a dispararse. Hay fantasmas que nunca te dejarán solo.
Esta película la puedes ver donde siempre, acá.






1 comentario
Jim Morrison escribió alguna vez sobre el cine “El cine nace para compensar la ausencia de experiencias reales del hombre moderno”, yo pienso que el cinéfilo, ese hombre que se proyecta en la creación cinematográfica y muchas veces busca consuelo a sus dolencias existenciales en el cine,es una explorador dentro de un mundo (cine) desbordante de mitología capaz de elevarte de una realidad muchas veces doliente, por eso yo empatizo con el pequeño Norman, la diferencia en años con el son décadas ,pero una parte de su interpretación de la realidad como un ser perdido,es similar a la mía, a pesar de ser ya un adulto.
Saludos..