Los detalles de Wes

Escrito por 28 septiembre 2012

“Los detalles son relevantes sólo en su contexto”, dijo Wes Anderson tomándose un té, indiferente durante una entrevista. La periodista le acababa de contar qué fue de Jacques Costeau, documentalista francés en quien se basó para hacer La vida acuática de Steve Zissou, el que inventó la cámara para filmar bajo el agua. Pero Anderson sorbetea su té sin sorprenderse un poco.

No le interesa, porque ese dato, así solo y huacho, para él no contiene nada. Es como enumerar, en separado, los hechos que conforman su biografía: nacido en Texas, hermano de dos hermanos, colegio privado, padres divorciados y un amor fugaz a los doce años. Un resumen que podría ser el de miles de niños americanos que hoy son adultos y completamente desconocidos, hijos de en su momento de familias disfuncionales, hoy padres de niños malcriados y dueños de mascotas sobreprotegidas.

Pero Wesley Wales Anderson, nacido en Houston, 1969, hijo de un publicista, y licenciado en filosofía en la Universidad de Texas, fue capaz de agarrar uno a uno sus hitos biográficos —tan comunes y corrientes, irrelevantes fuera de su contexto y transformarlos en historias extravagantes y redondas,— que dan vida a un mundo absolutamente propio y único, amado y criticado, copiado y, algunos ya se preguntan, ¿quizá un poco agotado?

Aunque ese no es el tema. Moonrise Kingdom, su última película, ha sido descrita, por un lado, como su obra maestra y el más alto punto de su filmografía. Por el otro, en cambio, como una exageración innecesaria, como una película con tantos condimentos wesandersonianos que terminó estropeando todo el sabor del plato. Independiente de las críticas, lo cierto es que el director logró, nuevamente, sacar de sus antecedentes un dato normal y ordinario, una sensación o vivencia que muchos tuvimos en nuestro momento —un detalle— y hacerlo una película.

Anderson estudió en el colegio St John’s, un establecimiento privado, lleno de actividades extracurriculares, del cual nunca consiguió sentirse integrado. Así es, por supuesto, como nace Rushmore. Y cuando estaba en la universidad, viviendo en los dormitorios de la facultad, simuló con otros compañeros un robo en su propio edificio para demostrarle al administrador que la seguridad en él era horrible. De ahí surge su primera película, Bottle Rocket. Y así hacia delante: su infancia con padres divorciados da el pie para crear a Los excéntricos Tenenbaums; la idolatría que sentía de niño por Costeau es el germen de La vida acuática; y la relación que tiene con sus dos hermanos inspiró a The Darjeeling Limited. Pequeños hitos, ni siquiera tan extremos, casi todos muy universales, que se convirtieron en películas totalmente frescas y novedosas.

Ahora, lo que encumbró a Wes Anderson como el director de culto y gurú generacional —e ícono del hipsterismo— que es hoy fue, sobre todo, el envoltorio de estas historias. Los colores, las ropas, la música, la tipografía y los accesorios potenciaron el ritmo y los diálogos afilados de estos personajes, que casi siempre son niños agrandados o grandes aniñados. Detalles, todos, que en su contexto cobran un protagonismo fundamental.

Para algunos, tanto amaneramiento en la puesta en escena distrae de lo central, o más bien rellena el vacío que pueden dejar estos personajes tan relamidos y exuberantes. Pero para otros, esta preocupación obsesiva en los detalles visuales (que va desde el vestuario y los ambientes hasta el diseño de la portada del catálogo que aparece cinco segundos en una sola escena) funcionan como la equilibrada contraparte de estas historias de disfuncionalidad, desadaptación y fracaso. Vidas extrañas en un entorno simétricamente perfecto.

Cuando le preguntan, Anderson responde que no es perfeccionista. Que en el set él se preocupa de capturar algo lo más espontáneo posible y que, luego, hay un largo proceso para trabajar sobre eso. Pero ese momento, justamente, es el que más le gusta. El trabajo posterior, y sentir que todo se va poniendo mejor y mejor y mejor mientras más mano sea capaz de meterle. Según él, no sabe si es perfeccionismo o si sólo es que le gusta trabajar así. Pero según cualquiera que sea capaz de darse cuenta, es una ingenuidad impostada, un papel que representa fuera de las salas de cine para que sus trabajos no pierdan ese encanto que parece tan fortuito, casi accidental.

Siempre de traje y muy bien combinado, pareciera que Wes Anderson también vive en una de sus películas. Así como Tim Burton es flaco, oscuro y chascón, Anderson proyecta una elegancia casual idéntica a la de sus personajes. Son detalles, diría alguno, que no tienen importancia. Pero él sabe, en cambio, sentado tomando el té, el pelo rubio detrás de las orejas y la corbata bien atada al cuello, que en el contexto del cine de autor, los detalles hacen toda la diferencia.

1 comentario

  • Alejandra - 8 octubre, 2012

    Moonrise Kingdom es LA película más tierna que he visto en mi vida. Simpática y, pese a lo plástica de su imagen, profunda.

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