La Mirada de Liv Ullman
¿No es cierto que las parejas que comparten toda una vida acaban por parecerse? ¿y tienen tanto en común, que piensan igual y tienen el mismo aspecto? pregunta Alma (Liv Ullman) al espectador en La Hora del Lobo dirigida por Ingmar Bergman. Esa mirada desnuda y honesta rompe con la cuarta pared e involucra al público en una historia sui generis, una oda a la imaginación, a lo oscuro por parte del director sueco que cambio para siempre la historia del cine.
La hora del lobo (1968) es una película claustrofóbica, personajes cadavéricos acechan a los protagonistas Johan Borg (Max Von Sydow) y Alma (Liv Ullman). Bergman hace un homenaje al teatro clásico, a los rostros de los actores dentro del cine. Los rasgos de Ullman y su mirada transmiten la soledad, la angustia de vivir con un artista atormentado por lobos esteparios, con fantasmas que invaden sus retratos y su relación. De todas las veces que Liv Ullman mira a una cámara en la filmografía de Bergman, la escena final de esta obra en particular me hace recordar la belleza del cine, de las musas clásicas que poco a poco se han ido extinguiendo.
Los momentos perturbadores, el sonido inquisidor de un reloj mientras los personajes esperan la hora del lobo: el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando las pesadillas son más reales acompasan los caprichos de este director por la forma, por los símbolos, la utilización de la luz y por otra de sus obsesiones presente en nueve de sus películas, la actriz noruega y su pareja, Liv Ullman.
Hay escenas que parecen pinturas, Jean Seberg en A bout de soufle de Godard con sombrero y cigarrillo, Liv Ullman en Persona y La hora del Lobo regalan imágenes perfectas. Ullman representa una belleza atormentada y establece un contacto íntimo con la audiencia.
Bergman y Ullman son una combinación necesaria en la historia del cine. Nunca nadie miro a la cámara como Liv Ullman.



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