VHS: Alas de Libertad
Recuerdo que una de las primeras películas que vi en VHS y que me dejó para dentro, mal y angustiado fue El expreso de medianoche. Cuando la arrendé no sabía bien de qué iba. Un “drama de la vida real” era poco lo que me decía. Cuando la terminé de ver, estaba con una sensación amarga en todo mi ser. Era pendejo, impresionable y juraba que todo lo que había pasado en la historia era real. No mucho después me leí el libro y caché que algo raro había en la adaptación….
Quizás tenía como 13 o 14 cuando la vi. Me fijé en el director: Alan Parker. No había IMDB en la época por lo que el acceso a la información y filmografías era más bien limitado, en especial si eras de región. Pero me quedé intrigado. Y como era (¿soy?) un poco obsesivo, quería saber qué más había dirigido este caballero. Mi fuente de información más confiable en la época, eran los friks que atendían en los videoclubs. Friks que eran más o menos parecidos a mi, solo que mayores. Pero en su mayoría sin vida, cinéfilos y con temas sin resolver en sus vidas. La cosa es que fui al video club Hollywood. Ahí atendía “el flaco” Adolfo, un ser que junto a un perro verde y a un pescado con hombros, el flaco sería el raro. Conversábamos harto cada vez que iba. Él me recomendaba, yo muchas veces lo seguía, pero otras tantas no. Es que muchas veces se iba en la volada o su gusto no era de mi gusto. La cosa es que le dije “¿qué más ha hecho Alan Parker?”, casi como Scotty Pelk (Film Geek) me respondió de inmediato: “¡The Wall!”. Ah, el mismo, pensé. También pensé “que raro el tipo para sus películas ¿The Wall y Expreso de medianoche?”. “¿Alguna otra?” le pregunté. “Alas de libertad, fue la respuesta del flaco, ¿La viste?”. “No. ¿buena?”. “Hueon, si no te gusta, no me pagas el arriendo”. Obvio que la llevé.
A los diez minutos de haber apretado Play, ya estaba enganchado. A los diez minutos ya me daba cuenta que en pantalla había algo que me gustaba, y que yo no tenía. Amistad a toda prueba. Una suerte de hermano que te acompañaba en tus locuras. La posibilidad de hacer locuras, perseguir tus sueños. Birdy (Matthew Modine) quería volar, amaba a los pájaros, no le importaba lo que el resto opinara. Tenía una conexión real. Por su lado, el bueno de Al Columbato (Nicolas Cage) lo acompañaba, trataba de entenderlo, lo ayudaba en todo lo que podía.
Años luz de lo que tenía yo en esa época, y si para algo sirve la ficción es para ayudarnos con las carencias que tenemos. Para hacernos sentir que no somos los únicos.
Recuerdo que Birdy la seguí con atención. Era una historia a horcajadas entre el pasado, cuando ambos personajes eran solo unos chicos haciendo cosas de chicos, y el presente, ambos traumatizados y marcados por la guerra de Vietnam por la que habían pasado. Pero Birdy había tomado la peor parte. Estaba desconectado con la realidad. Disociado de manera absoluta. Al, que estaba desfigurado y con la cara llena de vendajes producto de una granada que le había estallado cerca, trataba de traerlo de vuelta a la realidad, le recordaba sus días de juventud, los buenos tiempos, los días de locura y rebeldía.
Sin duda que Birdy – o Alas de libertad como se titulaba en español – me gustó más que Expreso de medianoche. Había algo en ella que me conectaba de verdad y no que me choqueaba, como había sido el caso de la supuesta historia real de Billy Hayes. Sentí que acá no había shock, sino una historia más humana y real que el supuesto drama humano y real. Seguí cada momento de la película de manera absoluta. Sufrí cuando Perta, su canario, moría estrellado contra la ventana. Sufrí cuando ambos amigos se distanciaban y volé junto a Birdy cuando al fin lo lograba en un sueño (?). Toda la película me hacía sentir cosas, me identificaba y sí, también pensaban que solo en nuestros sueños conseguiríamos de verdad lo que queríamos (muchas veces, aun lo sigo pensando). Hubiera sido mi película favorita y perfecta si no hubiera sido por esos 8 segundos finales que nunca logré entender. ¿Cuál había sido el motivo para terminar una gran historia así? Sentía, y siento, que Birdy merecía un mejor final. Sentí en el momento que me habían metido el dedo en la boca. Que era una falta de respeto. ¿Acabar la historia con un chiste? ¡Por favor! Todo había estado tan bien, por qué echarlo a perder al final. Pero Alan Parker lo había hecho. Quizás ahí empecé a entender que los directores que pensaba que eran buenos, no lo eran tantos. Que quizás por eso había dirigido The Wall, Expreso de medianoche y Birdy: porque en el fondo, él no tenía muy clara las cosas. No tenía un mundo real.
Independiente a lo anterior, Birdy se transformó en una de mis favoritas por mucho tiempo. Evitaba ver el final mismo, pero todo lo anterior lo devoraba con ansias. Cuando fui a devolverla, El Flaco no me dijo nada. Yo tampoco a él. Simplemente le pasé la película de vuelta y le pagué el arriendo.




0 comentarios