Tomás: nuestro Man on Wire

Escrito por 26 agosto 2012

Al ver a Tomás González competir en los Juegos Olímpicos por una medalla, lo tercero que pensé de él es que estaba loco. No clínica, pero sí socialmente: un chileno que quiso ser gimnasta olímpico y pelear por una medalla es, para cualquiera de nosotros, un demente. Y no tanto por la gimnasia ni por las olimpiadas, sino porque es alguien que tiene un sueño y va a darlo todo por cumplirlo. Eso, en Chile, un país donde los sueños son casi siempre aplastados por la realidad, es locura de máxima pureza.

Pero lo primero que pensé fue que González estaba ahí por pura voluntad. No como esos chinos o rusos que parecen estar cumpliendo como soldados una misión de estado, sino que con la alegría de saber que todo lo que estaba viviendo era su sueño haciéndose realidad. Cuánta admiración me causa esa capacidad que ha tenido de determinar su propio destino, conociendo lo fácil que es caer en la inercia de los caminos establecidos. No es difícil soñar con ser un gran futbolista o un ingeniero lleno de plata —y tampoco hay nada de malo en ello—, porque aunque requiere de un gran esfuerzo, las sendas están marcadas, las herramientas están ahí y los obstáculos no son tan grandes. Y por eso mi segundo pensamiento fue el siguiente: qué injusto que nuestra felicidad momentánea y colectiva se produzca por el trabajo solitario, fuera de cualquier planificación pública, de un joven que por fin está consiguiendo lo que siempre soñó. Como país tenemos muy poco que ver con todo lo que consiguió González estos días, y el único sentimiento que debería surgir de nosotros es un agradecimiento por seguir representando a Chile, a pesar de todo.

Independiente de mis pensamientos, que como se ve no son muy interesantes, lo que me pasó es que de a poco fui relacionando la desmetalizada proeza de González con la aventura que fantásticamente se relata en el documental Man on Wire, dirigido por James Marsh. Philippe Petit, el personaje de esta película, era un funámbulo —o un hombre que camina por la cuerda floja— francés que se obsesionó con las hoy extintas Torres Gemelas, cuando un día leyó en un diario parisino que las iban a construir. Él andaba por la vida cruzando cables entre edificios y caminando sobre ellos, pero cuando supo del World Trade Center, que entonces sería la construcción más alta del mundo, su sueño y su obsesión se condensó en pasar entre esas dos enormes y horrorosas torres.

¿Será que Tomás González, tomando once después del colegio, en una tarde de invierno sentado frente a la tele, habrá visto a algún hombre hacer un salto imposible y luego, por hacer ese salto imposible, a ese mismo hombre elevado a la mayor de las glorias al ser premiado con una medalla? ¿Será que González, al mirar la gimnasia olímpica por primera vez, habrá sabido que, en esos pocos segundos que dura un salto en los Juegos, se condensarían todos sus sueños y obsesiones de su vida?

Probablemente no.

Pero a Petit, según él, eso fue lo que le pasó. Supo de las Torres Gemelas e inmediatamente cruzarlas se transformó en su misión de vida. Le dedicó casi siete años de trabajo, estudio y práctica. Para cualquiera no sólo era una misión imposible, sino además un acto de locura. ¿Pero puede un loco dedicarle tanto tiempo y dedicación, tanta disciplina y esfuerzo, a una causa cualquiera? Un loco es más bien un ser inestable e impredecible, de poca constancia y posiblemente muy desequilibrado. Petit, que quería cruzar por un cable a 450 metros de altura la distancia que había entre una Torre Gemela y la otra, podía ser cualquier cosa menos alguien con falta de equilibrio. Un loco no logra infiltrar 200 kilos de cable al edificio más grande del mundo, ni menos instalarlo de un lado a otro para después caminar sobre él, y saber que así su vida, literalmente, estaba llegando a su punto más alto.

Tomás González es nuestro Petit, nuestro Man on Wire. Digo nuestro sólo porque es chileno y nos resulta de ejemplo, ya que sus logros no nos pertenecen en lo más mínimo. En algún momento se le cruzó la obsesión, el sueño —la locura— de saltar sobre un caballete en unas Olimpiadas y recibir una medalla por eso. Una ilusión que lo tuvo años y años entrenando, en malas y buenas condiciones, con y sin apoyo, pero siempre con la certeza de que, tarde o temprano, esa obsesión, ese sueño —esa locura— se haría realidad.

Mi tercer pensamiento fue que Tomás estaba loco, pero ahora el cuarto es que él simplemente —y aunque suene muy chulo— es un soñador. Uno que se tomó sus sueños muy en serio.

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