Veranos pavos
Entrar gratis al cine era fácil. Y quizá aún lo sigue siendo. Llegábamos bien temprano un día de vacaciones, justo antes de la primera función, como a las diez, once de la mañana. El día anterior, por msn y a partir de la cartelera del diario, planeábamos la ruta: primero esta, esperamos quince minutos y nos vamos a esa, y para el final dejamos esta otra. Tres películas por el precio de una.
Como decía, hacerlo era muy fácil. La primera entrada se compraba, porque el multicine a esa hora de la mañana está vacío y es más fácil que te vigilen. Imagínense el primer lunes de febrero, el calor ya asomado a las once, las máquinas de popcorn recién enchufadas. Los tipos de gorrito acomodándose en sus puestos, las cajas sin fila, como si el mundo fuera un comercial de tarjetas de crédito, donde todo es una maravilla. Comprábamos el primer ticket para la primera película. Me acuerdo de un verano en que esa primera función fue Flores Rotas, de Jarmusch, con Bill Murray buscando a su hijo sobre una música afrocaribeña. Nos reíamos y la comentábamos en voz alta, con los pies sobre los respaldos de enfrente, sin nadie más en la sala.
Era la edad de leer a Cortázar, de escuchar a Lou Reed. La edad de creerse el más bacán sin salir de la casa, sin ver apenas a nadie, escribiendo raro para hacerse el interesante. Esa edad en que lo que se siente no se dice, y lo que se dice es apariencia, pura vanidad. No tomar gaseosas pero sí té verde, como si eso nos hiciera superior al resto, más puros y rebeldes. Cualquier cosa.
Después venía el primer desafío: colarse a la segunda película. Terminada la primera, y si el plan estaba bien armado, había que esperar un rato no muy largo para meterse a la siguiente. La espera era nerviosa, porque si te pilla uno de gorrito colándote, te manda con el guardia, y en Chile sabemos que los guardias privados son las personas más empoderadas del país. No los culpo, es una pega de mierda, y es tanta la humillación y rabia que produce la vida en Santiago que cualquier situación de poder y autoridad es aprovechada al máximo. La más mínima oportunidad para demostrar que sí valgo algo, que no soy sólo un pasajero ahogado en el metro ni un deudor obediente de tarjeta presto, cualquier chance y la tomo de una, y si hay que echar a alguien lo echamos, y si se resiste una patá también vale. Así que, para entrar, hay que saber hacerla.
Todo multicine tiene sus puntos ciegos, sus debilidades estructurales; una falla, como el escape termal de la Estrella de la Muerte. Al que íbamos nosotros, los baños estaban al lado de las salas, dentro de la zona de ticket-cortado. Entonces una vez dentro del baño, sólo había que salir con indiferencia, con cara de no pasa nada y entrar de una y sin mirar a la sala. Eso hacíamos: al cabro de gorrito le decíamos voy al baño, con una sonrisa, y sentados en el water calculábamos el inicio de los trailers. Después, paso firme derechito al asiento. Eso hice, por lo menos, para ver Match Point. Nos sentamos al fondo, sacamos el jugo de litro y medio de la mochila, y vimos esa película de Woody Allen que, a mis 17 ó 18 años que tenía, me hizo por primera vez querer escuchar ópera.
La tercera función es la más fácil. Se repite la técnica del baño, hay más gente y a esa hora los de gorrito ya no quieren más guerra. A veces nos metíamos a una película que estaba terminando, y nos quedábamos ahí todos los créditos y esperábamos hasta que empezara de nuevo. Otras las agarrábamos ya lanzadas, pero a esa altura nada importaba demasiado, el placer estaba mucho más en la aventura misma, la adrenalina de sentirse perseguidos, la emoción adolescente de hacer algo malo. Y el gusto de mirar al resto cómo pagaba su entrada, miraba su película y se iba, así sin más, desaprovechando ese mundo de películas gratis que estaba ahí, enfrente, llamando.
Eran esos veranos largos en la ciudad, de acostarse de día y carretear en la tarde. De chatear en las noches, bolsear las piscinas y caminar la ciudad vacía, creyéndose el personaje de alguna novela sementera, tratando de pensar cosas inteligentes para subir al fotolog. Veranos en donde ver tres películas en un día era la mejor forma de aprovechar el tiempo, de sentirse útil, y cuando las maldades más simples y bobas —las subversiones más ingenuas e inofensivas— te hacían sentir el loco más rebelde y realizado de la cuadra.



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