Mi ceremonia

Escrito por 10 julio 2012

Me pasa que las ceremonias que rodean a un acto me parecen mucho más importantes que el acto en sí. Seguramente es una maña anticuada y de un romanticismo muy barato, heredada de ninguna parte, pero es así: me gusta más el ritual de cocinar y sentarse a comer que el acto de comer mismo —y lo mismo me pasa con todo, en todo, ad infinitum.

Me gusta más la jugada previa que el gol, más viajar que llegar. De chico me fascinaba mucho armar el contexto, preparar el ambiente en el que se iba desarrollar el juego con los juguetes. Separar a los buenos de los malos, establecer los bandos, crear los fuertes, darle protagonismo a los monos favoritos. Pero jugar el juego, ensuciar eso tan lindo que eran los juguetes todos puestos en sus posiciones, bellísimos en sus poses, me parecía muy frustrante y se lo dejaba a mis hermanos chicos.

Las ceremonias. No las de premios ni las de homenaje; menos las de graduación. Al revés. Las que tienen que ver con los ritos de la cotidianeidad, esas actitudes y detalles que engrandecen lo más simple y vulgar. Lo de la mesa al desayuno, siempre con el diario a la derecha y el café a la izquierda, o lo de sentarse a ver una película, la que sea, siempre en el mismo sillón, la misma tele y el volumen invariable en 16.

Antes había sólo una forma. Para ver cine había que ir al cine, lo que transformaba el asunto en harto más que mirar una película. Probablemente, la película era lo menos importante de todo. Vestirse con la pinta adecuada, saber que te ibas a encontrar con él o con aquel, comprar el refresco, hacer la fila, elegir el asiento, El Mundo al Instante y sus noticias: todo un suculento ritual, que dejaba a la película como la excusa perfecta para embarcarse en él. Buena o mala, daba lo mismo mientras se pudiera hablar de ella en el café a la salida.

Hoy, sin ningún ánimo de nostalgia, la ceremonia cinematográfica mutó a una multiplicidad de variantes, todas ellas mucho más individualistas y casuales que pomposas y sociales. Ver una película, desde hace un buen tiempo, es un rito privado, más bien oscuro, casi siempre desvergonzado y últimamente bien encamado.

Mi ceremonia, hasta hace dos o tres años, era buscar un momento de absoluta soledad en la casa, clavarme en el sillón frente a la tele —a veces con un poco de helado— ponerla en el volumen 16 y darle. Solo. Sin nadie que comentara, que hiciera un ruido, que preguntara estupideces, que riera cuando no había. Me fascinaba. Y lo más importante, me sentía haciendo lo correcto —que es como una tranquilidad interna, una pequeña sonrisa en la cara también, pero más todavía esa falta de culpa por el tiempo perdido.

Veía dos, incluso tres películas por sesión. Nunca me sentí un cinéfilo —porque eso es algo que sólo un doctor puede diagnosticar— pero sí un intenso mirador de cine. Pero lo que más me gustaba, por lejos, era la ceremonia: yo solo, un sillón, la tele, el tiempo pasando por la ventana.

Pero las desventuras del crecimiento —estudios, trabajos, amores— fueron amenazando esta ceremonia hasta hacerle rozar la extinción. Y hoy, en mi vida, ver una película se parece mucho más a leer una entrada en un blog que a gozar esa gran experiencia de soledad.

Cuevana y los torrents le han hecho un gran favor al mundo y la humanidad, me encantan y nunca en vida podré hacer algo capaz de representar el agradecimiento que siento por ellos. Pero además cambiaron otra cosa. Cambiaron a la ceremonia. A mi ceremonia.

Hoy no encuentro la forma: si en mi escritorio, en la cama, en la mesa, sobre mis piernas o en el suelo. Ninguna me acomoda —y por eso mi promedio de visionado de films ha bajado con alarma— pero alguna tiene que haber para poder reanudar mi ceremonia, ahora desde la pantalla de mi computador.

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