El Juego de la Silla: de lo cómico a lo patético
La relación del cine argentino con la institución familiar se remonta a la conocida como época de oro; es decir, a la década de los años 30, etapa primigenia durante la cual el Séptimo Arte no se limitaba sólo entretener sino que -en manos de los moralizadores de turno- se atribuía el rol de educador, representando a la familia como la única e irreemplazable unidad sobre la que se asientan las bases de una sociedad.
Los vaivenes de la historia hicieron que esa suerte de uniformidad de opinión fuera modificándose según se requiriese en cada momento. Sin embargo, la industria cinematográfica argentina siempre apostó por reforzar los valores y tradiciones familiares, con la anuencia -por supuesto- de los gobiernos conservadores que se hicieron con el poder. Ejemplo de esto es el empeño de la última dictadura militar (1976-1983) en auspiciar un sinfín de películas que claramente rozaban la imbecilidad, pero que tragábamos aunque sólo fuera para justificar un vómito. Realizaciones olvidables que servían al régimen para enviar su mensaje y transmitir su idiología; una maniobra que ya había sido practicada por Eisenstein en la Rusia de los años 20.
De aquella amarillenta época a la actualidad nos separa un grato abismo; de no ser así, algún cinéfilo podría aún considerar que “Qué linda es mi familia”, de Enrique Carreras, representa para la historia del cine argentino algo más que una simple anécdota, e incluso podría hacer que algún despistado creyera que Palito Ortega es un actor (o quizás un cantante).
Con el retorno de la democracia, entre otras cosas también cambió la mirada que el cine había hecho en torno a las relaciones familiares. Se abrió ante los ojos de los espectadores un valioso universo de enfoques bien distintos y distantes a los que hasta el momento estaba acostumbrado. Y así llegamos (omitiendo por cuestiones de espacio a otras tantas inolvidables familias del cine argentino) a los Lujine, prototipo familiar imaginado por Ana Katz que en 2002 vió la luz en las salas de Buenos Aires bajo el nombre de “El Juego de la Silla”, una auténtica joya cinematográfica que el cine argentino parió en los últimos años.
La premisa es sencilla: Los Lujine van a pasar una jornada familiar porque Victor, el hijo pródigo -el mayor de tres hermanos- vuelve de Estados Unidos pero sólo por un día, tiempo que deberán aprovechar todos para expresarse mutuamente el afecto acumulado durante mucho tiempo. Este es el punto de partida desde donde Ana Katz desarrolla una comedia de situaciones que entrelaza lo cómico y lo patético y en la que la mirada minuciosa de lo cotidiano revela la cercanía que existe entre lo “normal” y lo “anormal”, la locura y la cordura.
Mediante una extraordinaria caracterización de cada personaje, reduciendo el tiempo a un sólo día y el espacio a la casa suburbana de los Lujine, Katz muestra cómo lo que en apariencia es normal, cotidiano y hasta divertido, puede resultar tremendamente patético visto desde ojos ajenos. La narración hace que los espectadores se identifiquen con los personajes y reconozcan las situaciones como propias, generando esa incomodidad que ocasiona siempre la exposición de las miserias.
Una puesta en escena hiperrealista transforma en cómicos los juegos y rituales familiares que los Lujine se toman con absoluta seriedad. Y esto marca la atmósfera densa que se va cargando con el paso de los minutos hasta dar la sensación de que algo va a explotar. Las primeras conversaciones -intrascendentes y repletas de frases hechas-, los abrazos y el ambiente festivo, devienen con las horas en desencuentros, discusiones y finalmente en decepción. El tiempo conduce hacia una nueva despedida y los juegos compartidos cobran un significado tremendamente relevante, especialmente el que da nombre a la película.
He visto “El Juego de la Silla” unas cuantas veces. Y seguramente la seguiré viendo cada vez que sea testigo de la intimidad de una familia ajena. Ana Katz ofrece esa posibilidad, la de convertirnos en observadores del patetismo ajeno para quizás así, reconocer el propio. Una oportunidad que en la vida real tal vez rechazaríamos.



0 comentarios