Paradise Lost: el precio de la diferencia

Escrito por 26 mayo 2012

No hay mayor gusto a los 16 años que verse distinto y saberse diferente. Un placer secreto y casi inconsciente, que se obtiene con las miradas extrañadas del resto y los murmullos que brotan al pasar. Es la superioridad que produce la distinción: un triunfo íntimo, silencioso y solitario, que se comparte apenas con algún compañero de osadías y rarezas, pero que alcanza para saber y disfrutar que yo no soy como ellos ni ellos como yo.

La ropa oscura, la cara pálida y la música fuerte en los audífonos. La mirada fija en nada, en el cuaderno algún dibujo extraño y en la cabeza ideas que encontró en libros que sus compañeros no entienden. Echado en la cama, la cara contra la almohada, el sentimiento tiene dosis de rabia y pizcas de desolación al no ser comprendido por los demás. Pero en el fondo de su cuerpo hay una sonrisa triunfante: soy distinto y soy mejor.

Un escupo se enreda en el pelo al pasar cerca de un grupo de chicos vestidos a la moda. Si hay suerte, serán sólo algunas bromas y gritos. Nada a lo que no se esté acostumbrado: es el precio que se paga por la diferencia.

Pero cuando el pueblo es chico y las anormalidades son pocas, ese gusto adolescente por ser distinto y no igual se transforma rápidamente en el perfecto chivo expiatorio. ¿Quién rayó esa pared? El raro que se viste de negro. ¿Quién maltrató a ese perro? Los locos que escuchan heavy metal. ¿Quién mató a esos tres niños en el bosque?

Un tarde de primavera de 1993, en la pequeña ciudad de West Memphis, Arkansas, desaparecieron tres niños de ocho años. Se los había visto jugando por ahí al atardecer, los tres juntos, y luego nunca más. Al otro día —al mediodía— aparecieron todos juntos, muertos y mutilados, desparramados en un bosque, cerca de un río. A pesar de lo terrible del crimen —que incluyó mutilación genital y otras atrocidades— no quedó una sola pista: ni manchas de sangre ni huellas en el barro ni siquiera un pelo que se le haya caído al asesino.

El pueblo, situado en el cinturón bíblico —o Bible Belt, como se le conoce a la zona evangélica más conservadora de Estados Unidos—, exigía con vehemencia la aparición de los culpables. Que encontraran a los diabólicos asesinos y que fueran sentenciados a una muerte dolorosa en el nombre de Dios. La policía local, incapaz y exigida, sacó la respuesta más rápida y segura —aunque también la menos veraz—: los raros fueron.

Ellos, que escuchan a Metallica, se visten de negro y leen libros sobre religiones que niegan a nuestro Dios. Sí, los que andan solos, no tienen amigos y van poco al colegio. Que dicen y escriben cosas raras, que miran con miradas profundas y cuestionan nuestra forma de vida. Ellos, sí: ellos fueron.

Los raros eran tres: dos de ellos muy amigos y muy metaleros; el otro, un chico con deficiencias mentales, obligado por la policía a acusar al resto. El juicio es confuso e injusto, sin muchas pruebas y con muchas dudas, pero el veredicto es lógico: todos acusados de homicidio, los tres condenados a cadena perpetua.

Paradise Lost es el documental que sigue este proceso con una cercanía que impacta y asusta. ¿Seguro que es un documental y no una ficción? ¿Está esta gente siendo como es o están actuando? La cámara está en todos lados pero es como que no estuviera: los familiares, los abogados y la policía demuestran toda su humanidad y desesperación, toda su angustia y sus errores; una intimidad intensa que refleja muchas cosas, muy bien y al mismo tiempo. La locura e intolerancia del Estados Unidos más profundo, la injusticia de su sistema judicial, lo frágil que se vuelve todo ante la muerte, lo poco que se necesita para destruir tantas vidas.

No fueron bromas ni tampoco escupos. Ojalá hubiesen sido algunos golpes, incluso una paliza. Pero no: esta vez, el precio que pagaron estos jóvenes por la diferencia, fue mucho más grande.

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