Mejor no Fumes: Habitación con vista
Para todos los que viven lejos del mar, tener vista al Oceáno (o incluso a un lago o un río) es algo privilegiado; algo de unos pocos, una ventaja y un lujo que es escaso y que supuestamente mejora tu vida, te la hace más intensa, más poética.
En otros países, partiendo por Chile, pero Brasil y Río es un buen ejemplo, acceder a una vista gloriosa no implica necesariamente dinero; tiene que ver con la geografía, la historia y, no pocas veces, la precariedad y la escasez. Quizás ese sea uno de los misterios de Valparaíso, una de las razones que nos seduce. Tanto que, hay que constatarlo, se podría decir que Valparaíso sufre de sobrexposición y, lo que es peor, de rozar muchas veces en el cliché y la pincelada gruesa y el folclor para la exportación. El puerto principal ha sido tan usado como abusado en nuestro imaginario y, más allá de los trabajos canónicos de Aldo Francia (que era un local), la ciudad sufre y se diluye cuando se la filma (sobre todo cuando son comerciales).
El hecho que casi todos tienen vista le da un ingrediente extra a esta ciudad construída sobre cerro, sin duda, pero para nada le garantiza a aquellos que ven desde sus ventanas el puerto, los barcos y todo el Pacífico una cierta tranquilidad o un buen pasar o más oportunidades que el resto de los mortales. De ahí la famosa novela de E.M. Forster, Una habitación con vista, acerca de dos inglesas, una sobrina y su tía, que han visto tiempos mejores pero que aún así se arrancan a pasar un verano a Florencia. La pensión que llegan es oscura y la habitación que les dan no tiene vista al río Arno, lo que provoca una gran decepción es la joven protagonista. La novela se llevó al cine hace ya su tiempo por la dupla Merchant-Ivory con una joven y pre gótica Helena Bonham Carter como la involvidable ingenua pero con-ganas-de-aprender Lucy Honeychurch. En la novela, y su adaptación cinematográfica, poseer o estar en una habitación con vista se vuelve un deseo, una ansia, pero más que nada, una meta y una metáfora: tener un lugar propio (una habitación propia, como diría Virginia Woolf, empoderando a las mujeres a encontrar su lugar como algo más que un apéndice de un hombre) y, en el caso masculino, tener una habitación o un departamento propio, con o sin vista.
Esa es una de las tantas gracias de Mejor no fumes, el debut cinematográfico (digital, garage, regional) del cineasta (porteño, claro), Daniel Peralta y que debutará en Cinepata.com luego de llevar un año y tanto viajando, presentándose en festivales en todas partes y que, más por opción, entendió que su pequeño y delicado film estaría más resguardado y protegido debutando acá y no en unas salas frías y en horarios malos.
El que tiene departamento con una impresionante vista al Valparaíso (arrendado, al parecer, pero quizás propio, con una hipoteca moderada y un pie bajo quizás apoyado por sus padres) es Paulo Arancibia (Tomás Verdejo corriendo el serio riesgo de transformarse en un ícono generacional). Paulo es un veinteañero que anda en trolleys, baja cerros con sus audífonos retro y no tiene otra cosa que su habitación con vista, la cual –y aquí viene lo bueno, aquí viene la razón por la cual la película mejora y se separa del resto de cintas veinteañeras parecidas- es que no capta lo que tiene: Paulo no mira hacia fuera, no utiliza o se aprovecha de su vista. Entre otras cosas porque no ve y no quiere ver. Paulo está dando palos de ciego, está encontrándose, usa su habitación más para esconderse que para mirar hacia fuera y gozar. Paulo no es un turista; Daniel Peralta tampoco lo es y se nota.
La cinta es simple, quizás más que su protagonista, que es casi un hispter pero sin la autoconciencia. Quizás es un hipster del puerto, que toma té en vez de espressos y usa cadenas que delatan un pasado artesa o hippie y tiene un afiche del Liguria en su cocina. Su ropa, su departamento con vista, es su mundo y ese mundo está muy bien retratado y Tomás Verdejo, conocido más por sus trabajos en la tele, aquí hace lo que los buenos actores de cine hacen: nada pero de una manera sólida. Sostiene la pantalla, la historia y termina devorándose la película pues no sólo es su historia, es su vida. Peralta quiere a Paulo y a Verdejo y el actor –se nota- se siente cómodo y abierto, en confianza, cobijado, dispuesto a que el espectador ingrese a su intimidad.
Paulo, que usa poleras cuando está solo y camisas cuando trabaja, es –al parecer- un periodista o algo así pero que no se siente uno de los protagonistas de Todos los hombres del presidente sino, más bien, es del tipo de persona que no vive para trabajar sino trabaja para vivir a su manera. Su identidad no es el periodismo. Su identidad es que no tiene demasiada; tampoco tiene lo que muchos llamarían vida. Tiene quizás una no-vida. Paulo tiene unos amigos pero no conecta mucho con ellos. Sus padres viven no tan lejos pero el lazo no es muy fuerte: notable es la llamada telefónica con ellos. Paulo es un ser solitario, algo melancólico, pero no desvastado; aún no tiene claro como estar solo no más y de eso va la película. Su vida ha dependido bastante de estar en una relación con una guapa chica que lo deja. No por otro sino, lo que quizás es peor, por otro país, otros sueños, otras oportunidades. Ella tiene otros deseos para sí misma y tiene todo el derecho.
-Tu no me quieres.
-Si te quiero- le dice ella.
-Pero no lo suficiente- le responde Pablo, sentenciándose, en una cama baja con un afiche de los cuatro Beatles mirándolos semidesnudos con sus poleras viejas (las poleras viejas terminan siendo algo no menor en la narración; incluso la cinta pudo llamarse así: Poleras viejas).
El conflicto de Paulo es que le gusta la música triste, que no lo pasa mal con sus discos, que deambula por librerías, que para él ir a un supermercado escuchando su música que le gusta o andar en trolley no es sinónimo de fracaso o estancamiento sino que se parece mucho a lo que quiere como su vida sea. Secar su ropa, sus poleras, en secadoras compartidas en una sótano blanco pasa a ser un momento de belleza y felicidad y no es de fracaso, sórdidez o patetismo. Quiere estar con otra chica pero ¿habrá una que desea estar con él?
El problema es que Paulo aún no capta que ese departamento con vista es su lugar. Y quizás porque el personaje está sacado de porteños siglo 21, y sin duda porque Peralta es de Valparaíso y lo filma y lo arma no como un turista embobado sino como alguien que sabe lo que está hablando, que es honesto, que es piola.
Mejor no fumes –creo lo dije, pero lo digo de nuevo- es el tipo de películas que, poco a poco, dejan de ser un filme pare transformarse en una persona, en un amigo, en alguien que uno cree conocer de todo la vida. Es el tipo de cine regional que no se siente regional sino, todo lo contrario, parece y es francamente universal.
Mejor No Fumes abre el primer ciclo de cine que organiza Cinépata en conjunto con la Biblioteca Nicanor Parra de la UDP. Mañana, Jueves 3 de mayo, a las 18.30 la exhibiremos. Es gratis, más info acá.





6 comentarios
Me parece una muy interesante pelicula, me pregunto de que forma puedo verla (Soy de concepcíon), ¿Estara publicada Online?
Asistí hoy a la biblioteca y me encantó. Se agradece la iniciativa de Cinépata y la UDP !
Gracias por ir! Hay funciones todos los jueves de mayo, 18.30. El año del tigre, Zoológico, Joven y Alocada y Educación Física. Es gratis!
Hola Alberto
te he conocido en la ocasion de la presentacion del libro Missing a la libreria Trebisonda. Donde puedo contactarte por e- mail?
un caro saludo,
Maria Grazia
Yo no creo que fuera para tanto. But that’s me. Es más, me pareció bastante pobre como película. SIN EMBARGO vi cosas rescatables. Sobre todo porque pasé una etapa importante de mi vida en Valparaíso, y en algun tiempo estuve en los zapatos de Paulo. Por eso tal vez esperaba mejores diálogos, una luz al final de ese insoportable túnel en que se encuentra el protagonista. En fin. A ratos me aburrí pero se agradece el haber podido verla gratis.
Se puede ver online?
Gracias, de antemano.