Manyas: abrazos anónimos

Escrito por 9 abril 2012

Estadio lleno, partido de Copa. El juego de ida se perdió injustamente, dos goles que no se merecía nadie, y esta noche hay que ganar. No sólo hay que meterla adentro un par de veces; además hay que evitar que los otros, un grande del Atlántico con tradición copera, no celebren ninguna.

La noche es fría, el estómago se aprieta, las manos sudan. La gente llega de a poca, se sienta, se para, fuma y se ríe con nervios. Come sin hambre, sólo por comer y masticar y botar por alguna parte la impaciencia y el miedo. Después salen los equipos, mucho grito y papelito, y mientras los minutos se hacen rápidos, de tanto cantar la voz va desapareciendo. Porque cantar es lo que queda: los jugadores juegan, el entrenador ordena, y a uno como hincha, si es que quiere participar del triunfo o consolarse en la derrota, lo que le queda es cantar. Es tanta la angustia, la impotencia de querer estar en la cancha y hacer algo por ganar, que lo que sale es un canto repetido por la boca, unos aplausos que acompañan o unas manos que llevan el ritmo empujando hacia arriba, como tratando de dar hasta lo que no se tiene, de entregarles esto que es tan mío, un cariño, una fidelidad tan mongólica que sólo se puede canalizar así: cantos, aplausos, manos que empujan el aire. Lo que se dice el aguante.

Hasta que llega ese momento ridículo del gol. Hay muchas maneras, unas más lindas que otras, pero estando ahí cualquiera sirve. Gol. Golazo, que se grita con las piernas, con los brazos y la cabeza, se abre la boca y la cara de mono lo expulsa como un vómito largo y espeso: golazo la conchatumadre.

Pero justo aquí, después del grito mongo y los puños que le pegan al cielo, viene lo que me encanta, lo que paga todos los precios y justifica las esperas, las micros llenas de ida y de vuelta, el tablón húmedo que congela el culo en la previa, el café caro que no calienta nada, la pelea eterna por entrar al baño y todos los partidos pasados y antepasados, los que fuiste solo y en los que no había nadie, los cero a cero y los perdidos, los clásicos humillados y las piedras de la contra: justo después del gol, el abrazo con el extraño. Mirar hacia el lado buscando cariño, alguien que te diga con una mirada que no está mal gritar un gol así, que es lo que tiene que ser. Y siempre lo encuentras. Un viejo, un adulto un pendejo; sé perfectamente que no tengo nada que ver con él, que nunca antes lo vi —y quizá si lo veré— y que mañana, a las once de la mañana, nuestras vidas volverán a ser completamente opuestas. Pero lo miro a los ojos y somos iguales, nuestra felicidad es la misma, nuestras vidas en ese momento son idénticas, y ese abrazo se hace justo y necesario. Y la paz, transformada en euforia con saltos y cantos más fuertes, es absoluta.

Después el partido sigue, los nervios se mantienen y la esperanza crece. Ellos se pierden goles, nosotros no hacemos ninguno, y la tensión se manifiesta en chillidos femeninos y puteadas masculinas. Hasta que llega el segundo gol, siempre un golazo, y la ceremonia se repite: grito visceral, abrazo anónimo, euforia total. Los viejos amargos que nunca cantan están ahora de pie con la garganta en la mano, los niños que nunca entienden nada ahora parecen comprenderlo, y detrás de un arco, cerca de la reja, lo que importa: un hombre —que parece tan hombre con sus tatuajes y su pinta de barrabrava— se acerca a su amigo y, sin decirle nada, apoya su cabeza en él y se larga a llorar.

Todo se justifica, todo tiene sentido.

Lo que pasa al final es lo de siempre: cuando quedan cinco minutos, gol de los otros. Y como lo hicieron de visita, vale doble, por lo que quedamos eliminados. En una hora y media, las emociones de toda una vida. Y el fútbol, que es más que un deporte popular.

Manyas es un film sobre los hinchas de Peñarol, el equipo más popular del Uruguay. Cómo son, qué son capaces de hacer, cuán locos han llegado a estar por su club. Es de Peñarol —el equipo que justamente eliminó al mío en esa noche de Copa— pero al final es del fútbol, y cómo lo que pasa en las tribunas también es parte de lo que pasa en la cancha.

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