Cine y DD.HH. San Sebastián 2012: Vuelo Especial
Premio Amnistía Internacional 2012 del X Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián
El vuelo va a retrasarse porque uno de los pasajeros acaba de morir de un paro cardíaco; algo que podría considerarse apenas una trágica anécdota si no fuera porque el fallecido está amordazado y atado de pies y manos. De este suceso real nace “Vuelo Especial” (Vol Spécial, 2011), documental dirigido por Fernand Melgar que acaba de alzarse con el premio Amnistía Internacional en el X Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián, Euskadi, certámen que finalizó el pasado 27 de abril y en el que se proyectaron veinte largometrajes y veintiún cortos de temáticas diversas.
Pero antes de reseñar esta película es imprescindible señalar que la valoración de las realizaciones que pudieron verse en este festival, está estrictamente ligada al mensaje de las mismas, al compromiso de la denuncia; relegando a planos secundarios lo concerniente a esas otras cualidades artísticas que también caracterizan al buen cine. Aclarado esto diré entonces que “Vuelo Especial” relata con crudeza el día a día de los detenidos de un Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), en Suiza; emplazamientos cuyo objetivo es retener a los mal llamanos “inmigrantes ilegales” hasta ser deportados a sus respectivos países.
Melgar, que como hijo de exiliados andaluces experimentó en carne propia ser un “clandestino”, introduce su cámara en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Franbois, Ginebra, institución modélica si se las compara con las de España en las que en apenas tres meses se han producido tres suicidios. Pero Franbois es diferente. En este centro hay comida abundante, las celdas son individuales, el patio amplio y los guardias amables. Sin embargo es una cárcel en la que los presos, aunque la ley diga lo contrario, no son delincuentes, sino inmigrantes sin papeles, algunos de los cuales llevan años trabajando en Suiza y pagando impuestos. En este encarcelamiento que se extiende hasta dos años, estos hombres esperan ser devueltos a sus respectivos países en lo que las autoridades carcelarias denominan vuelo especial, un viaje al que la mayoría de los inmigrantes se resiste por diversas razones; una de ellas -seguramente la más certera de todas las razones- es que son forzados a separarse de sus familias, una atróz violación de los derechos humanos que se comete diariamente en muchos países de la Comunidad Europea.
Quizás el mérito principal de este estremecedor documento radique en que Melgar no utiliza voces en off, imágenes de archivo ni otros artilugios que puedan condicionar las conclusiones del espectador. Lo que la cámara muestra es lo que la realidad es. Cada uno de los protagonistas tiene nombre y apellido y una historia personal dramática que la cámara registra con detalle. No hay más dinámica narrativa que la espontaneidad de esas voces doblegadas por una ley injusta. Y es precisamente en el diálogo que surge entre detenidos y carceleros (víctimas y verdugos) cuando la vulnerabilidad de estos seres a los que la etiqueta identifica como “ilegales” queda al descubierto. La dignidad humana tambalea ante la cámara de Melgar a la que tampoco se le escapan los entresijos burocráticos de una Europa decadente y seudofascista.
“Los Centros de Internamiento son limbos atemporales en donde se legitima la ilegalidad de los estados en contra del inmigrante. El tiempo queda congelado de rejas hacia adentro, excepto para los afectados y sus familias. Todos estos hombres están detenidos por un sistema que es más grande que la voluntad de cada uno. Y los guadias que allí trabajan intentan hacer humano lo que es inhumano”, explicó Fernad Melgar, cuyo compromiso con los protagonistas de esta tragedia hecha documental, aún continúa.
Melgar sabe de sobra lo que significa ser un extranjero ilegal en Europa. Su familia emigró a Suiza en los años setenta en busca de trabajo. Él y su hermana llegaron dos años más tarde, a escondidas porque las leyes del país no permitían la reagrupación familiar; de modo que cada vez que alguien llamaba a la puerta de su casa debían ocultarse debajo de la cama.
Decía en el primer párrafo que el vuelo iba a retrazarse porque uno de los pasajeros acababa de morir de un paro cardíaco. Se llamaba Osamuyia Akpitaye, era un inmigrante nigeriano que se negaba a ser devuelto a su país, que durante su traslado al aeropuerto de Zúrich explicaba a los policías que no podía irse porque tenía una mujer y un hijo pequeño. Pero las palabras de Osamuyia se las llevaba el viento. Los policías que lo trasladaban, hartos ya de tanto reclamo de justicia, decidieron callarlo a fuerza de mordaza, una práctica habitual durante las deportaciones. Y entonces Osamuyia ya no pudo reclamar la dignidad que Europa le negó hasta las últimas consecuencias. Tan brutalmente fue amordazado que ni siquiera pudo respirar y murió de un paro cardíaco.
El cine no es sólo mero entretenimiento, es además una herramienta de denuncia gracias a la cual en ocasiones la realidad, incluso la más cruel de ellas, se nos presenta sin maquillajes. “Como documentalista tengo la responsabilidad de testificar mi tiempo y denunciar las injusticias de esta época. Ese es el aporte que puedo hacer desde mi oficio, para que esta clase de barbaridades no queden en el olvido”, explicó el director de esta película valiosa, valiente y necesaria.




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