In Memoriam: Ulu Grosbard
Nadie elige cuando muere, pero las muertes ligadas al cine (siempre dicen que son de a tres) terminan, sobre todo de un tiempo a esta parte, no sólo transformadas en noticia tipo breaking news sino en twitteos. Y lo que se llama obituario, esa mezcla de cable más minibiografía, es –por así llamarlo- la última competencia: cuánto espacio te dieron los medios o, lo que puede ser más penoso, si te dieron algo de espacio, punto.
Poca prensa hubo en el mundo para Ulu Grosbard quién murió el fin de semana y cuyo deceso fue anunciado ayer. Pocos, en rigor, acusaron recibo o lamentaron su fin o recordaron sus pocas pero grandes películas. Es que pocos, injustamente, lo conocieron.
Yo sí. Sucede que Grosbard es el director de una de mis cintas favoritas: Libertad condicional o Straight Time de 1978, con Dustin Hoffman como un reo llamado Max Dembo que sale de la cárcel y al poco rato siente que ojalá nunca hubiera salido. Libertad condicional partió como el debut de Dustin Hoffman como director pero luego de filmar tres tomas, Hoffman se paralizó y, con todo su equipo esperando, llamó a su amigo y maestro Grosbard para que tomara la riendas. Grosbard desechó el guión, volvió al primer borrador de la adapatación de la novela semi-autobiográfica del presidiario Eddie Bunker y decidió filmar en las calles peligrosas de Los Angeles y rodeó a Hoffman de actores secundarios de la talla de Harry Dean Stanton, Kathy Bates, Gary Busey y M. Emmet Walsh. La cinta caló hondo en Tarantino y Perros de la calle no sólo le debe mucho a la cinta de Grosbard sino que Tarantino le da la gracias en los créditos (y casteó al viejo Eddie Bunker como Mr. Blue).
Como ese monumento de película la conozco tan bien, opté por ver otra de Grosbard, una cinta de 1981 pero que es tan setentera como Libertad condicional a pesar de estar ambientada a fines de los 40 en un Los Angeles de poca monta tal como el filme de Hoffman. Anoche vi –después de años- Confesiones verdaderas, un policial que es mucho más que eso, y me fascinó, me gustó más que las otras veces que la vi (acaso la entendí a cabalidad por primera vez). El filme, basada en la novlea de John Gregory Dunne, tiene un guión económico, callejero y emotivo del mismo Dunne y nada menos que de Joan Didion (madame Dunne), es la historia de dos hermanos, un policía con un pasado oscuro (Robert Duvall) y un sacerdote con un futuro promisorio (Robert De Niro). Viéndola eché de menos la capacidad que tenía Hollywood de filmar cintas inteligentes, sobrias pero entretenidas, centradas en personajes tan complejos como fallados, donde no hay finales felices y nada queda tan claro, nada es tan simple, todo es bastante más complejo.
Ulu Grosbard se fue en silencio. La verdad es que así vivió, así filmó (sus grandes aciertos fueron justamente filmar silencios, hombres en piezas, hombres pensando, gente tomando decisiones por sí solas). IMDB consignó la noticia pero por unos breves minutos antes de cambiarla por análisis de lo que podrá recaudar Hunger Games y el supuesto embarazo de Reese Witherspoon. El The New York Times acusó recibo y le dio el espacio que se merecía; la prensa chilena, como siempre, preocupada del último escándalo del reality, solo acusó recibo de la desaparición del guionista Tonino Guerra, autor de guiones para películas claves de grandes directores europeos (y de directores menos grandes como Miguel Littín).
No debería sorprendernos o, siquiera, molestarnos: una de las gracias de Grosbard, que tenía 83 años (nació en Bélgica el año 1929 en el seno de una familia judía que escapó a tiempo de la guerra), era su tono-menor, su “sentido piola”, su bajo perfil y su falta de ansiedad: un puñado de películas a lo largo de varias décadas y su nombre escondido bajo los créditos de los actores con los que trabajó y potenció con gran cuidado: Hoffman, De Niro, Duvall, Streep, Pfeiffer.
A pesar de ser un hombre de teatro (dos nominaciones al Tony), lo que aprendió en las tablas es aquello que aprendían los grandes: el poder de la palabra, el potencial de un actor, la poesía del naturalismo. Los filmes de Grosbard no tienen una pizca de teatralidad y antes de debutar como director, fue asistente en cintas claves que sin duda condicionaron su mirada: The Hustler de Rosen, Esplendor en la hierba de Kazan.
Me falta ver su segundo filme, una comedia urbana con uno de los mejores títulos de la historia del cine: Who Is Harry Kellerman and Why Is He Saying Those Terrible Things About Me?, pero un amigo me encontró el torrent y espero verlo pronto e incluirlo en la investigación que estoy haciendo de cine norteamericano de los 70. Kellerman es de 1971, con Dustin Hoffman y el gran actor de carácter Jack Warden, y debe ser muy Grosbard. Cuando llegaron los 80, y las reglas cambiaron, optó por filmar muy poco. Curiosamente, después de hacer cintas tan llenas de testosterona en los 70, sus tres últimos filmes (entre el 84 y el 99) se centraron en mujeres y todas, claro, fueron en tono menor y siguieron las mismas reglas: no juzgar, observar, dejar respirar, negarse al melodrama aunque el tema está ahí, gritando por subrayar. De sus tres cintas femeninas, las que más me gusta es su última: El lado profundo del mar con Michelle Pfeiffer como la madre de un niño que es secuestrado y, diez años más tarde, es devuelto. ¿Pero es el niño? ¿Importa? Lo que suena a telenovela, Grosbard lo transformó, claro, en un trozo de cine mayor. Pero, claro, nadie se dió cuenta, nadie lo premio (cero nominaciones), nunca fue considerado uno de los grandes.
Quizás porque lo era.
Quizás porque estaba tranquilo.
No filmaba para ganar, filmaba para explorar.
Filmaba para entender, entenderse; filmaba para que nos entendiéramos mejor.






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