Léolo: 20 años no es nada

Escrito por 10 febrero 2012

La primera vez que la vi tuve la sospecha de que todo lo que anteriormente había visto eran simples pasatiempos audiovisuales; malos, regulares, malísimos e incluso geniales. “Porque sueño, yo no lo estoy”, me repetía en silencio una y otra vez, sin dejar de pensar en lo que acababa de ver. La primera vez que la vi supe que debería volver a verla. Y hoy, a meses de cumplirse el vigésimo aniversario de su estreno, la película que vi aquella primera vez continúa siendo imprescindible para entender qué significa la riqueza cinematográfica, y quizás también para aclarar -o aclararme a mi mismo- el significado del calificativo “de culto”; distinción instaurada por devotos incondicionales que, en el caso puntual de Leòlo, durante casi una década buscaron desesperadamente la forma de volver a verla, ya que no existían ediciones en DVD y las versiones en VHS apenas eran un puñado. Sin embargo, y paralelamente a esta escasa casi nula difusión, la película estaba siendo analizada desde la sociología y el psicoanálisis, se escribían ensayos que resaltaban el impacto de su discurso narrativo; y el nombre de su director, Jean Claude Lauzon, pasaba de boca en boca como si una gran voluntad invisible pretendiera que su película no quedara sepultada en el olvido.

Así fue hasta que en 1997 el director canadiense que había dado a luz a Leólo estrelló su avioneta en los bosques del norte de Québec. Fue su muerte y no Leólo lo que primero llegó a la Argentina. Apenas un artículo en el diario del domingo daba cuenta del suceso especificando que el fallecido, “Jean Claude Lauzon, de 44 años, era el director de Leólo, segunda -y última- película de su carrera, nominada a la Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes en 1992”.

Poco tiempo después de la muerte de Lauzon, la vi por primera vez; me introduje de lleno en ese ambiente sucio y perturbador en el que Leólo sueña con ser otro “Los que no creen más que su propia verdad me llaman Leo Luzeau, a partir de este sueño elijo que me llamen Leólo Luzonne”, dice este niño malhumorado para reinventarse y evitar la locura congénita que golpea a cada integrante de su familia, para huir del ghetto francocanadiense hacia esa Sicilia idealizada en donde aguarda la hermosísima Bianca. Y fui entrando muy de a poco, con la misma lentitud con que la cámara de Lauzon se mueve entre las sombras de esa casona de las afueras de Montreal, con paso minucioso y un canto gregoriano que más tarde alternará con el rugido de Tom Waits entonando “Cold, cold ground”. Conjunción reveladora de eso otro que también identifica a este film: fusión de excelsa manifestación cultural y expresión popular, poesía de alto vuelo y arte callejero.

Y me fui amoldando a la atmósfera insoportable y a los ambientes sórdidos a los que Leólo no se amolda. Y esa densidad, sostenida por una fotografía exquisita, es la esencia de esta simple y complejísima historia: La lucha de un niño por sobreponerse a su realidad a través de la escritura. Porque escribir es para Leólo el acto vital que lo conduce al mundo al que verdaderamente cree pertenecer y al que intenta llegar siguiendo los consejos del Domador de Versos, misterioso y amigable hombre que pasa sus días hurgando en la basura en busca de cartas y fotografías, y que lo introduce en en su primer lectura, “L´avalée des avalés”, de Rejean Ducharme.

La literatura viceral de Leolo es el antídoto contra la locura, la vía de escape hacia esa otra realidad que hace suya. “Porque sueño, yo no lo estoy”, se repite a lo largo de la película, negando de esta manera su realidad inmediata. Y así como escribir, leer también es un asunto vital. “Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor; que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar, que me recuerde la urgencia de actuar”. Leer, escribir, soñar con Bianca. “Porque sueño, yo no lo estoy”, insiste, mientras convierte la palabra en un valioso objeto, en la materia prima con la que construye su nueva realidad.

La mirada de Leólo es nuestra mirada. Lauzón nos transforma en el pequeño protagonista para que sus sueños de fuga sean también los nuestros, para que todo lo que le repugna nos repugne y para frustrar -seguramente- nuestras respectivas huidas. Y ya inmersos en su mundo somos voyeurs de su despertar sexual, colaboramos en el fallido intento de asesinar a su abuelo, nos sambullimos en los gigantezcos y sudorosos senos de su madre en un cálido abrazo, nos enternece ese hermano tan musculoso como retardado, amamos a Bianca, despertamos en Sicilia.

La voz en off que narra la mirada de Leólo es un enigma a resolver. Ignoramos quién y por qué nos cuenta esta historia en la que la desesperación, lo escatológico y el humor impiden cualquier encasillamiento de género. Bianca seguirá tan lejos como Sicilia en un final conmovedor que como un cachetazo frío nos sumerge junto a Leólo en una bañera repleta de hielo. “Porque me asusta amar, ya no sueño”. Y entonces miraremos ya sin ver, sin soñar, sin ni siquiera estar. Y el rugir de Waits secundará los planos oscuros de una inmejorable despedida.

Si veinte años no es nada, como dice el tango, menos aún lo son para esta gran película que parece perfeccionarse cada vez que la vuelvo a ver.

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