Hermosos Perdedores: Ocio

Escrito por 11 noviembre 2011

Hacer nada es difícil. Parece sencillo porque supone ningún esfuerzo: estar echado respirando algún aire, tragando alguna cosa, dormir, cagar. Algunos lo proyectan como un paraíso terrenal, una situación a la que aspirar. Qué rico, te dicen cuando uno les dice que nada, que no estoy haciendo nada, que leo libros, veo películas, juego al fútbol. Nada. Qué rico, te vuelven a decir, dando a entender que su vida ajetreada de reuniones y oficinas no era lo que planearon para su vida: que esa vida la tienen porque les da miedo, porque para enfrentar el caos del no hacer nada hay que tener huevos.

Trabajar instala una regularidad que para muchos se hace necesaria. Hablamos, está claro, de los que no trabajan para sobrevivir, de aquellos que lo hacen por elección. Trabajar —o llegar a una hora a una oficina a esperar que el tiempo pase lo más rápido posible— es más que hacerlo por la plata: es justificar la vida. Es tener una respuesta a la pregunta que primero te hace alguien que no te ha visto, es tener cierto estatus en la familia, es tener una razón para levantarse.

Ahí está la valentía de hacer nada: encontrar una razón para levantarse donde no la hay, una motivación donde no existe.

Hacer nada es tener los huevos para decirlo. No hago nada. Hacer nada es salir por salir y ver cómo es estar afuera sin nada que hacer, viendo lo rara que se ve la gente que sí hace cosas, y descubrir a los colegas de la nada: viejos que miran el tiempo pasar, vagos que disfrutan su vagancia en público, perros que se dedican a dormir. Hacer nada es saborear los días y su lentitud, mirar la hora para saber que no importa.

Ocio es una novela corta de Fabián Casas. No es una apología a la vagancia: es el retrato certero de un nadista, un hacedor de nada que se resfría en invierno por el frío y también en el verano por el calor, que escucha siempre los mismos discos, que lee pero no tanto y que escribe pero poco.

Ocio es el negativo a las largas novelas con las que crecimos, de adolescentes aventureros que iban por la vida hablando hasta por los codos, manteniendo la ilusión errante del viaje permanente. Ocio es lo que pasa cuando ese sueño kerouaquiano fracasa, y la juventud nos pilla incrédulos, silentes, fijos y desmovilizados. Ocio es el siglo veintiuno, la hiperactividad atrofiada: la respuesta a lo que no somos pero quieren que seamos.

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