Hermosos Perdedores: Caja negra
Hay libros que se llaman de una forma —su título y subtítulo, que connotan lo que leeremos— y que por supuesto no dejan de ser lo que son: libros. Un libro. La mayoría funciona así, con una frase que los resume o los hace atractivos, pero que no rompen la unión de significante y significado: a menos que un libro se llame Basura y sea realmente una basura, los títulos no suelen quitarle la denotación a los libros. Pero acá la cosa es distinta.
Caja negra, del chileno Álvaro Bisama, deja de ser un libro en cuanto uno lo abre y se transforma en su título: un lugar oscuro en el que da miedo meter la mano —pero la metemos igual. Dar vuelta sus páginas es ir tocando cosas sin ver, el tacto cuidadoso del que no sabe lo que está tomando. Leerlo es buscar debajo de una cama en desuso, en una pieza de una casa grande llena de historias que se olvidaron. Es estirar el brazo y no saber si hay arañas o algún diamante, monedas viejas, fotos valiosas o algo viscoso y asqueroso pero misterioso.
No es fácil: entrar y leerlo no es fácil, requiere de un interés hacia lo que parece que a nadie le interesaba: cine gore espacial y zombie chileno de los setentas, estrellas criollas de glam rock y un súper referente japonés de pop oscuro. Suicidios, cocaína y hoteles, y siempre todo sin el maquillaje de la normalidad, con la rareza secreta que el mundo esconde pero que acá es protagonista.
Las piezas van encajando, y el ritmo galopante de datos y más datos desquiciados que se van relacionando forma una imagen. La mano en la caja negra ve y sabe lo que está tocando. Probablemente no es agradable, pero extrañamente es placentero. Hay vidrios rotos y sangre, gente que se disfraza para encontrarse a sí misma y también cómics. Hay libros que son libros y otros pocos, como éste, que superan esos límites materiales para ser lo que dicen que son: algo oscuro, desolador y súper real —y en este caso: un retrato fragmentado de un pasado futurista que puede volver a suceder.
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