Facing Ali: peleando contra el Más Grande

Escrito por 16 noviembre 2011

La historia —para bien o para mal— la construyen los hombres. Pero no todos —al revés: muy pocos. Tipos que hacen de diques, cambiando el curso de la humanidad en algún grado, echándose la historia al hombro, pasándose por el culo el pasado y definiendo el futuro a su antojo. El siglo veinte engendró de estos hombres como ningún otro siglo. Cantidad de ellos. Pero hay uno —más que ninguno— que genera un reconocimiento unánime, una valorización transversal. Uno solo, al que hasta sus enemigos le rinden homenaje: Muhammad Ali. El más grande.

«Soy tan rápido que anoche apagué la luz y me metí a la cama antes de que la pieza estuviera oscura».

¿Cómo fue que un negro como tantos otros negros, nacido en el estado de Kentucky en 1942, víctima y espectador del racismo y la segregación más dura y establecida, hijo de un pintor de carteles y de una empleada doméstica, se transformó en el atleta más grande de todos los tiempos? Eso no se responde en Facing Ali (disponible donde tú sabes), un documental sobre los que alguna vez enfrentaron al Campeón, pero lo mismo es una muy buena pregunta.

«No soy el más grande; soy más grande que el más grande. No solamente los noqueo: también elijo el round».

No puede haber mejor distinción que la hecha por los adversarios. Cuando son los oponentes quienes reconocen a Ali como el más grande de todos, como aquel que no sólo eran un enorme boxeador muy difícil de batir sino además la mejor persona, el que hizo del boxeo un deporte de trascendencia mundial y el que consiguió además sacar la voz por los afroamericanos y sus derechos, ahí es cuando queda todo dicho.

«Luché contra un cocodrilo, forcejé con una ballena; esposé a un rayo y encarcelé a un trueno; solamente la semana pasada maté a una roca, lesioné a una piedra, hospitalicé a un ladrillo. Soy tan malo que hago enfermar a la medicina».

Dirigido por Pete McCormack, Facing Ali no es simplemente un documental que celebra a Muhammad y sus proezas: es un profundo relato sobre cómo el boxeo cambió las vidas de quienes lo ejercieron, de las secuelas que pudo dejar físicamente pero también de las oportunidades que entregó a los peleadores. Un deporte que normalmente es visto como uno de brutos y animales, sin mucho arte más que el de pegar y que no te peguen, acá es puesto en el sitio que le corresponde: una disciplina de esfuerzo, entrenamiento constante, mucho coraje y más huevos.

«No, no me voy a ir a 10 mil millas de casa para ayudar a matar y quemar otro pobre país, simplemente para seguir con la dominación de los amos blancos sobre las personas morenas de este mundo. Este es el día en que todos estos males terminarán. Me advirtieron que tomar esta posición me va a costar millones de dólares. Pero lo dije una vez y lo diré de nuevo: el verdadero enemigo de mi pueblo está aquí. No deshonraré mi religión ni mi pueblo ni a mí mismo siendo un instrumento para esclavizar a aquellos que pelean por su propia justicia, libertad e igualdad. Si pensara que la guerra va a traer libertad e igualdad a 22 millones de mi gente, no me tendrían ni que haber seleccionado: me voy mañana a pelear. No tengo nada que perder defendiendo lo que creo. Iré a la cárcel, ¿y qué? Hemos estado en la cárcel 400 años».

George Foreman, aquel con el que Ali peleó la famosa pelea en Zaire, el Rumble in the Jungle, cuenta cómo fue que después de un combate vio la luz, escuchó a Jesús que le hablaba y se hizo pastor evangélico. Earnie Shavers, quizá el hombre con el golpe más duro de la historia, relata cómo dejó de ser un asesino a sueldo para transformarse en boxeador. Joe Frazier, recientemente muerto y el primero en ganarle a Ali alguna vez, cuenta lo poco preparado que estaba para recibir la fama, y que todo se le fue al carajo sin que se diera ni cuenta.

«Joe Frazier es tan feo que cuando llora, las lágrimas se le devuelven».

La historia la construyen los hombres: los hombres como Muhammad Ali. Alguna vez se llamó Cassius Clay Jr., pero ese era un nombre de esclavo y él se ganó la libertad en el ring. Se negó a ir a Vietnam y le quitaron el título mundial y su licencia para pelear: tres años exiliado del boxeo, entrenando solo como un paria. No se calló nunca la boca y dijo lo que había que decir y más: que era el mejor y el más bonito, que nunca hubo ni habrá nadie como él, que hablaba con dios todos los días, que flotaba como una mariposa y que picaba como una abeja. Pero mucho más que sacarle brillo a la estatua de Ali, el documental prende una luz en los viejos campeones olvidados, aquellos grandes que hicieron grande al Más Grande.

«Es difícil ser humilde cuando eres tan grande como yo».

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