El Vencedor
A veces pienso en los aventureros, qué significa en nuestra época ser uno de ellos. Pienso constantemente en los horizontes que aún nos quedan por cruzar y en cierta forma siempre llego a una conclusión en donde estos mismos logros de hace años son los que perseguimos hoy.
Isaac Newton descubre la ley de la gravedad y de pronto todo nuestro universo y los movimientos de los cuerpos tienen mucho más sentido y parece haber un orden no azaroso. Pero ahí está Mercurio, escapando de Newton y explicándose por medio de la teoría general de la relatividad de Einstein, diciéndonos que no en todas las situaciones la teoría del autor de Principia Mathematica se sostiene*. Pero hay algo que las conecta que nosotros desconocemos, entonces se busca la teoría unificada de la física, bandera levantada hace años ya por Stephen Hawking. Como en un campo de golf golpeamos la bola hacia un hoyo que no sabemos dónde está.
No obstante, hay otros horizontes más cercanos y profundos que la mayoría de las veces pasamos por alto y aún así describen la profunda angustia de superar una barrera, quizás la más importante de todas: vencerse a uno mismo. En The King of Kong: A fistful of quarters (2007) y Deep Water (2006) tenemos dos casos muy distintos de hombres muy similares, ambos empujando su propio destino hacia las profundidades de su propia persona en dónde peligrosamente se encuentran con la versión más desnuda de sí mismos y es en este punto de encuentro en dónde los personajes toman las decisiones más importantes de sus vidas y paradójicamente – a veces – las más alejadas de la realidad.
Steve Wiebe, un profesor de enseñanza media busca romper el récord establecido en los 80s por Billy Mitchell en Donkey Kong. No hablo del juego de Super NES, sino del real DK, el de los flippers (Arcade) en el que una persona normal – con suerte – llegaría a la tercera etapa. Steve tiene tanto potencial malgastado que constantemente se obliga a encontrar un sentido a su vida, es seco en todo lo que hace, pero al mismo tiempo es un fracasado. Cuando decide comprarse un arcade de DK e instalarlo en su garage no sólo se encuentra con sí mismo una vez más en una travesía por el éxito personal, sino también, tal como los exploradores, se enfrenta al status quo imperante; aquel que en algún momento fue parte de la vanguardia pero que vivió demasiado tiempo para verse convertido en el villano, citando a Harvey Dent.
Por su parte Don Crowhurst, no-tan-experimentado marino se lanza al atlántico en una travesía que incluso los más avezados dudaron en realizar. También como parte de la búsqueda de horizontes, Crowhurst tenía la necesidad de probarse a sí mismo y al mundo, que entre Sir Chichester y él la distancia radicaba en la decisión y la inteligencia. Esperaba tener el navío más avanzado tecnológicamente hablando, esperando imponer la precisión de sus aparatos por sobre la experiencia. Crowhurst tuvo que adaptarse sobre la marcha a una serie de sucesos que no esperaba los que finalmente, tal como a la mayoría de los exploradores, lo llevaron a enfrentarse con la línea principal sobre el horizonte, sí mismo. Si les cuento el resultado de la travesía sería un spoiler. Pero digamos que Newton no es de ayuda nuevamente, pues la locura es como la gravedad, sólo necesita un empujoncito.
*Breve historia del tiempo. Stephen Hawking, 1988.



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